Con unos actores en estado de gracia y un guión rico en detalles, el realizador londinense Steve McQueen se da a conocer al gran público gracias a su segunda película. Se estrena en España el 17 de febrero.

Argumento de Shame

Brandon (Michael Fassbender) es un yuppie neoyorquino cuya vida está centrada solo en una cosa: el sexo. Sus días se sumergen en una rutina llena de videochats eróticos, relaciones con prostitutas, masturbaciones...y lágrimas. Brandon es un adicto (palabra que en ningún momento se menciona en la película) y nada hace para evitarlo.

Todo toma un rumbo incómodo para el protagonista cuando recibe la visita de su hermana Sissy (Carey Mulligan), el "macguffin" de la historia, una difícil y a la vez cándida cantante que hará que Brandon se enfrente a sus miedos, su pasado y su futuro.

Más allá del pene de Fassbender

Aparte de ese ya famoso plano del (destacable) miembro del actor de Malditos Bastardos, Shame es una película interesante de principio a fin. Hay que decir que Steve McQueen acierta al no esconder el cuerpo de Fassbender...o, en realidad, ningún otro cuerpo. El instante de Brandon orinando (casi creado por un John Waters sin punto de ironía), inusual en la historia del cine hollywoodiense, invita al público a participar de una propuesta honesta, enfocada en la cotidianidad, en el día a día de todos nosotros, y con la que es fácil sentirse identificado.

La naturalidad con la que los dos hermanos muestran sus cuerpos desnudos el uno al otro no deja de ser impactante, y las tortuosas conversaciones entre los dos dejan ver que el uso del sexo y la torpe comunicación con el resto de seres humanos funcionan como catarsis de la deteriorada mente de Brandon. Quiere escapar de algo, tal vez de un pasado que sale a relucir con la aparición de Sissy.

Sustancia y estilo en Shame

Aquí no hay moralejas, ni moralinas (por fortuna), tan solo la exposición de unas actitudes y contrariedades de las que cada cual debe sacar sus propias conclusiones. McQueen sirve de guía, eso sí, creando una partitura visual saturada de estilo (a veces un tanto aburrido, como toda la escena de la Mulligan cantando New York, New York) y frescura.

El británico no le hace ascos a largos planos secuencias, como ya se pudo comprobar en su primer film, Hunger (2008). Aquí se recrea, o más bien hace que sus actores lo hagan, en la brillante e hiper realista escena del restaurante. Un largo momento coherente que ejerce de estudio sobre la forma de actuar de Brandon en una cita seria, en la que el afecto sustituye a la frialdad de la cópula.

Adicción al sexo...y más.

Curiosamente, los personajes que rodean la vida de Brandon llegan incluso a tener más problemas que el mismo protagonista. Desde Sissy, que no duda en tener una noche loca con el jefe y amigo del protagonista, David, pasando por la inmoralidad de este último (con fachada de tintes rectos y sensatos) hasta llegar a la mujer del metro con anillo de matrimonio en el dedo que siempre incita/excita a Brandon con la mirada para tener una aventura sexual. De hecho, él parece tener las ideas más claras que cualquiera de ellos, sus principios con respecto a las relaciones de pareja expuestos en la secuencia del restaurante hablan por sí solos. Shame trata de los síntomas de la adicción al sexo, sin mitificaciones ni frivolidades, pero también de los prejuicios y de la hipocresía.