Todos hemos pasado por la molesta experiencia de tener a alguien arriba de nosotros que abusa de su posición para hacernos la vida imposible por el simple hecho de tener la oportunidad y de que, al ser subordinados, nos hallamos sin posibilidades de hacer algo al respecto. Quiero matar a mi jefe analiza este contexto y merodea en la situación hipotética de qué sucedería si alguien intentara mandar a su superior a "mejor vida" para trabajar en paz y tranquilidad.

La fórmula

Uno de los subgéneros de la comedia más explotados es el de amigos. En Quiero matar a mi jefe, la estructura narrativa recuerda muy en particular a la de ¿Qué pasó ayer? que consiste en tres amigos: el galán, el serio y el escandaloso con barba poblada resolviendo un problema de forma detectivesca mientras se meten en terribles líos.

Como es de esperarse, el conflicto se presta mucho para abordar clichés como el momento chistoso cuando uno de los protagonistas se droga, los amigos caminando en cámara lenta hacia el espectador (parodiando el otro cliché de personajes heróicos y rudos caminando de la misma manera) o el eventual involucramiento de la mafia y la policía.

La mayoría de las situaciones son muy inverosímiles y al azar. Los protagonistas se meten en problemas no por su entorno, sino por su idiotez, por lo que uno no puede sentir pena por ellos, sino la sensación de que se lo merecen. Asimismo, los problemas se solucionan como por arte de magia y de la manera más increíblemente conveniente que podría suceder. Ni siquiera es mérito de los protagonistas, sino de lo que les va sucediendo sobre la marcha.

Algunos de los diálogos que pretenden sacar risas son irrelevantes al no ayudar a que la historia se mueva. Para colmo, no logran su cometido.

Los jefes y los empleados

El que mejor se desenvuelve de los protagonistas es Jason Bateman, pues resulta muy agradable y chistoso sin llegar a exagerar a diferencia de Jason Sudeikis y Charlie Day, cuyo estilo de comedia recuerda al de Will Ferrell o Jim Carrey, en el que se la pasan haciendo muecas forzadas y gritando todo el tiempo resultando falsos y molestos por momentos.

Los tres jefes hacen su mejor esfuerzo por ser memorables aunque el guión los restringe en su intento, especialmente a Colin Farrell, cuyo personaje fue un intento de lo que hizo Tom Cruise como Len Grossman en Una guerra de película y a Jennifer Aniston, quien, como en todas sus películas, está para lucir su figura y meter la mayoría de los chistes sexuales de la película. Además, su personaje no resulta tan importante para el desarrollo de la trama. De hecho, su parte de la historia levita extrañamente entre el acoso laboral y la fantasía erótica. En vez de lograr un antagonismo balanceado entre los tres jefes, casi todo el peso del conflicto cae en Kevin Spacey, el más malvado de todos.

Veredicto

Quiero matar a mi jefe es una opción decente para pasar un rato donde no hay nada mejor que hacer. Sin embargo, los momentos que arrancan risas no son tantos como pudieron haber sido. Tenía una premisa muy prometedora que se queda a la mitad del camino. Si las situaciones mostradas fueran más aterrizadas a la cotidianidad del mundo laboral y se alejara de lo literalmente increíble, hubiera sido una comedia mucho más lograda. Es por ello que no es tan identificable ni chistosa, ya que lo que más da risa es lo que nos es familiar, al menos en una comedia como esta, cuyo núcleo es una circunstancia normal para todos. Simplemente entretiene, pero no pasa de ahí.