“El teatro es el espejo de la vida”, dice Hamlet en voz de Mike Amigorena y texto de Juan Carlos Gené. La trampa, por supuesto, no radica en las palabras “teatro”, ni “vida”, sino en “espejo” ¿Qué significa exactamente “espejo”? ¿Cuántos sentidos, cuántas lecturas pueden desprenderse de esa palabra? El arte del mil seiscientos tenía distintos objetivos que el arte actual. Las obras corrían en el formato que fuese y llevaban, aparte de emociones y desafíos, simple información: así es el mundo más allá de tal y cual ciudad, así se vive allá afuera. Tenía, por decirlo de alguna manera, una misión "especular". Claro, no había tele.

Juan Carlos Gené, uno de los dramaturgos más prestigiosos de Argentina, presenta su Hamlet, versión 2011. El viejo maestro, rechazando los avances tecnológicos y creativos de siglos de espectáculo, entrega a la nutrida oferta teatral porteña una obra limpiada, pelada, donde lo que cuenta y resalta es el texto y la declamación de los actores: teatro como podría haberse hecho, salvando las obvias diferencias, en el Siglo XVI.

Hamlet, según Gené: atemporal, fiel al original

Conceptualmente, la metáfora es acertada: Hamlet es una obra atemporal, que no precisa de shocks impactantes para tener vigencia. Es atemporal por su perfecto resumen humano: ambición, traición y venganza. Así fue quinientos años atrás, así es hoy día y así será dentro de dos siglos. ¿A que no?

La historia la sabemos todos. El rey de Dinamarca ha sido asesinado por su hermano. El dolorido príncipe Hamlet comenzará la venganza. Pero, asqueado por la demostración de la ilimitada corrupción humana, su venganza no tardará en extenderse al resto de la raza. Hamlet se refugiará en la locura para cuestionar hasta el último comportamiento de los hombres.

Una obra tradicionalista

Ahora bien ¿qué ha pasado en estos últimos quinientos años con el teatro? Y más importante aún, ¿qué ha pasado con el espectador? Gené desecha alteraciones formales (la narración es clásica), escenográficas (elegante pero mínima), musicales (más que música incidental, la puesta cuenta con apenas unos sonidos incidentales) y de iluminación (básica).

¿Es acaso una extrema vanidad la que ha llevado a Gené a tomar estas decisiones? ¿O tan sólo se trata de un excesivo respeto que despierta el texto original? La obra se convierte, entonces, en dos horas de puro recitado. Por el ritmo monótono a la que son sometidas, las brillantes definiciones del texto no alcanzan, por momentos, para mantener la atención del Espectador Siglo XXI, tan acostumbrado al ritmo vertiginoso.

Mike Amigorena se luce en Hamlet

Distinta es la situación en lo que refiere a interpretación. Sin la competencia de los otros elementos teatrales, la versión entrega el ámbito ideal para lucirse a los actores. Mike Amigorena, con su entonación profunda y su mirada perturbada, se convierte en el Hamlet adecuado. Su dolor y su supuesta locura se translucen con naturalidad a través de sus palabras. Lo mismo ocurre con la gastada voz de Edward Nutkiewicz, en los zapatos del rey Claudio. La “alocada” Esmeralda Mitre, en las ropas de Ofelia, y Luisa Kuliok, tras el suntuoso ropaje de la reina Gertudris, también cumplen con holgura sus papeles. Pero es la jocosa aparición de Horacio Peña como Polonio la que otorga los pocos momentos de desenfado en la obra, entre tanta solemnidad.

Todos ellos desarrollan con intensidad las líneas escogidas por Gené. El criterio de elección en frases y monólogos del texto original (hay, incluso, diálogos textuales) es el gran acierto del dramaturgo, líneas que rescatan la vigencia del Hamlet de siglos atrás. La gran falla, en cambio, es el uso del "vos", que, entre tanta gramática castellana y lenguaje lírico, pondrá los pelos de punta a más de uno.

Hamlet, aquella maravilla de William Shakespeare

Shakespeare escribía para las masas. Amores imposibles. Asesinatos. El tiempo le dio a su popular Hamlet un lugar de erudición que es imposible saber si conformaría al inglés. Gené respeta ese dictado moderno. A cambio, su obra pone bien arriba las increíbles líneas del original. Esta decisión extremará las opiniones: habrá quienes amen la versión, habrá quienes la desprecien.

El Hamlet de Gené genera el ámbito perfecto para reflexionar. Palabra a palabra. Gesto a gesto. Y resulta ideal para conocedores de la obra, ideal para allegados al teatro, quienes disfrutan de aspectos técnicos de interpretación y libro. Pero quizá no resulte tan ideal para aquellos que quieran iniciarse en Shakespeare. Porque Hamlet es un espejo de Hamlet. Según una acepción clasica, los espejos reflejan con fidelidad. Pero se pierden el pulso de lo propio.

(La obra se presenta en el Teatro Presidente Alvear, Complejo Teatral de Buenos Aires, Corrientes 1659, Capital Federal - Buenos Aires. Funciones: de miércoles a sábados 21:00, domingos 20:00. Venta de entradas en los teatros del Complejo Teatral de Buenos Aires y en la web del teatro)