El Juez Dredd, el personaje de cómic creado por John Wagner y Carlos Ezquerra para la mítica revista británica 2000 AD, vuelve al cine. Lo hace con Karl Urban bajo el casco del protagonista y con un aspecto mucho más cercano al de las viñetas que el del filme protagonizado por Sylvester Stallone hace casi dos décadas. Dredd, que así se titula la película, es un auténtico producto de serie B, violento y descarado, entretenido desde el primer hasta el último minuto de su metraje.

‘Dredd’ y ‘Juez Dredd’

Juez Dredd, la película que rodó Danny Cannon en 1995 con Sylvester Stallone y Diane Lane como protagonistas, no gustó a casi nadie. Al margen de un diseño demasiado limpio para un futuro tan apocalíptico, sólo se podía ver algo de la esencia del personaje en los primeros diez minutos del filme, en los que se escenificaba una de las conocidas guerras de bloques del cómic. Pero ahí acababa todo. Stallone se quitaba el casco, algo que el personaje no hace casi nunca en las viñetas, y no se lo volvía a poner hasta el epílogo. El guión, un desastre. Y el secundario cómico habitual arruinaba la película.

Que aquella fuera un fracaso de crítica y público, apenas cubrió costes, retrasó la posibilidad de que hubiera nuevas entregas. Pasado ya un tiempo, y sin el recuerdo de aquella, es buen momento para una visión nueva. Dredd es, de hecho, una mirada completamente diferente al mundo de los jueces de Mega City 1 que la que ofrecieron Cannon y Stallone y no hay ningún elemento de conexión entre ambas películas, más allá de la licencia en la que se basan. Esa deseada distancia no está mal como tarjeta de presentación del nuevo filme.

Una película de serie B

Dredd es una película de serie B que luce orgullosa esa distinción. No es una cinta de ciencia ficción lujosa que base toda su efectividad en lujosos escenarios o un deslumbrante diseño de producción. El único detalle que invita a pensar en el futuro es la motocicleta de los jueces, que convive con vehículos que pueden verse ahora mismo en las calles. Y el principal toque de ciencia ficción está en el escenario, un gigantesco entorno urbano en el que sobresalen unas torres en las que pueden vivir unas 75.000 personas. Tanto da que sean tomas digitales o fondos pintados a la antigua usanza, el toque de serie B no se pierde.

El hecho de no ser una superproducción hollywoodiense da una libertad inusual en este tipo de productos, necesaria para rodar una película del Juez Dredd. El respeto al cómic original exige un nivel de violencia que la corrección que ha invadido el cine norteamericano de palomitas ya no se permite. Es una violencia omnipresente, pero divertida por exagerada, nunca molesta o repulsiva. La violencia es inherente a Dredd y a su mundo, y la película asume ese encargo desde la primera persecución hasta el clímax final con naturalidad y acierto.

La esencia del Juez Dredd

Esa fidelidad al cómic, aun con las evidentes limitaciones presupuestarias, es su gran acierto. Dredd nunca se quita el casco. Su lenguaje es seco y directo, su actitud pausada y amenazadora. Su mundo es salvaje y descarnado. Los bloques son inabarcables. Y la película, en esa línea, cumple con todo aquello que promete. Un héroe más cercano al antihéroe que al superhéroe a pesar de su procedencia de cómic, muchos disparos, violencia con un toque leve de comicidad y una historia sencilla, resultona y entretenida.

Tras una persecución a tres delincuentes, a Dredd le asignan una novata a la que tendrá que evaluar. Cassandra Anderson es una joven aspirante a juez cuyas habilidades psíquicas le dan la posibilidad de vestir el uniforme aunque no haya superado los exámenes previos. Encerrados en un bloque dominado por Ma-Ma, una antigua prostituta convertida en una importante jefa criminal que distribuye una nueva droga que ralentiza las funciones del cerebro, y sin un solo aliado dentro de ese bloque, Dredd y Anderson tendrán que luchar por sus vidas.

El reparto: Karl Urban, Olivia Thirlby y Lena Headey

Además de su desenfadado toque de serie B, lo mejor que tiene Dredd es su reparto, reconocible pero sin grandes estrellas. Karl Urban, conocido por las dos últimas entregas de El Señor de los Anillos, es un Dredd soberbio. Entiende a la perfección que lo que marca al personaje es su seco y violento movimiento corporal y encuentra el tono de voz adecuado para retratar al Juez. Olivia Thirlby (Juno) y Lena Headey (300) cumplen igualmente, aunque el papel de la primera es más agradecido, a diferencia de lo que suele ser habitual en un tipo de cine en el que los villanos suelen tener cierta supremacía.

El guión es sencillo y correcto, a pesar de algún que otro giro mal explicado sobre los poderes psíquicos de Anderson, y visualmente es una película consciente de sus posibilidades. A Pete Travis, responsable de Omagh o En el punto de mira, se le nota cómodo experimentando con el 3D, aunque vista la película en 2D hay planos demasiado forzados sin razón argumental. Y se le intuye disfrutando con esa malsana comicidad violenta inherente a los cuantiosos cadáveres que van dejando a su paso Dredd y Anderson en su lucha por escapar del bloque.

‘Dredd’ aprueba con nota

El aficionado al cómic suele ser quisquilloso cuando se adapta un personaje al cine. Es evidente que no es fácil lograr un salto que satisfaga a todos o que cumpla con todos y cada uno de los detalles que ofrece el cómic. Dredd es un trabajo fiel al original, que aprueba con nota porque no pretende ser más que lo que es. Deudora de la serie B de los años 80 (incluso en una música que recuerda mucho a la que John Carpenter usa para sus propios filmes), es una película salvajemente divertida y lógicamente violenta, breve (95 minutos) porque su historia no necesita más, y muy entretenida.