La superación y el crecimiento personal pueden estar modeladas por las circunstancias vitales por las que atraviesa el individuo, pero lo estará, sobre todo, por las respuestas y los recursos que se van a emplear para hacerles frente. Ante un mismo hecho, una persona puede actuar de un modo positivo, como si fuera un reto o una oportunidad para superarse, o puede hacer todo lo contrario; verlo con pesimismo y negatividad y creyendo que no se puede hacer nada para modificar un destino que va, inexorablemente, en su contra. El crecimiento personal es una actitud basada en el autoconocimiento y en el desarrollo de las aptitudes que permitirán una vida plena y feliz.

La felicidad no es un camino fácil. De ser así, todos seríamos felices. Como decía Voltaire "Buscamos la felicidad, pero sin saber dónde, como los borrachos buscan su casa, sabiendo que tienen una".

El camino de la adversidad

El dolor y el sufrimiento forman parte del bagaje de todo ser humano. La vida no es un lecho de rosas ni tampoco un mar de lágrimas. También es cierto que hay personas que llegan a este mundo con ventaja. No se puede hablar del mismo dolor y sufrimiento para alguien que ha nacido en Suecia que para otro que haya nacido en Etiopía, por poner un ejemplo. Sin embargo, más allá de las circunstancias personales, lo que marcará el destino de cada cual será la forma y los recursos a la hora de hacer frente a las adversidades que hallaremos en ese tránsito que llamamos vida. "Quien no ha afrontado la adversidad no conoce su propia fuerza" dijo Benjamin Johnson. Superar las adversidades nos pone a prueba y permite conocernos.

Victimismo: la respuesta del vampiro emocional

Muchas personas, ante las adversidades, utilizan recursos partiendo desde la negatividad. Su estrategia consiste en situarse en un papel de víctima como modo de llamar la atención. No obstante, existen diferentes tipos y maneras de ejercer el victimismo. Hay quien sobredimensiona todo lo que ocurre a su alrededor, transformándolo en una especie de tragedia griega. Una simple gripe se puede convertir en una enfermedad casi mortal cuando se escucha en boca de la víctima. Suelen ser personas con baja autoestima que buscan el reconocimiento y la atención presentándose a sí mismas como víctimas de todo lo que les ocurre, casi siempre desde una óptica negativa.

Otro grupo de víctimas se caracteriza por vivir permanentemente en el autoengaño y atrapadas por un estado donde todo es negativo. El origen de su comportamiento suele proceder de hechos traumáticos no superados, como los malos tratos o el abuso sexual, y que han convertido en una deuda que el mundo tiene para con ellos. Un último grupo estaría compuesto por las víctimas perversas y manipuladoras. En este caso el victimismo no es más que una herramienta que utilizan para conseguir sus objetivos, sin importarles el daño que puedan estar causando a terceras personas. Se caracterizan por un egoísmo sin límites y una total falta de empatía.

Resiliencia: la respuesta del superviviente

Hay personas que parecen tenerlo todo en contra, y sin embargo consiguen levantarse una y otra vez, saliendo fortalecidos. Es lo que llamamos resiliencia; la capacidad para superar las adversidades, viendo siempre en cada circunstancia una oportunidad para crecer. En este caso, el dolor y el sufrimiento no se observan desde la perspectiva victimista ni desde la inacción, sino todo lo contrario.

La adversidad se convierte en un acicate que activa un mecanismo de lucha. Son los supervivientes. La felicidad, después de todo, es una actitud. No se alcanza acumulando objetos materiales ni esperando que otra persona nos la proporcione, sino que parte del interior. No es un estado inerte, sino que está asociado a la lucha, al compromiso con la honestidad y el autoconocimiento y a la necesidad de dar siempre lo mejor de uno mismo. El superviviente se mueve desde la óptica positivista y aunque el dolor y el sufrimiento puedan afectarle igual que al resto de los mortales, su actitud no es la de quedarse anclado ni atrapado por ellos, sino utilizarlos como un trampolín para alcanzar una plenitud que, en el caso de la víctima, casi nunca se da.

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