En el interior de una cárcel mexicana los instintos sexuales terminan por atrofiarse, por desviarse. Los reos que sólo consumían la marihuana y el alcohol ahora se “alimentan” de cocaína o heroína. Los olores y vapores fétidos se enredan con las enfermedades, y éstas con la muerte. La higiene parece olvidada; el calor no cede un paso y el dormir es ponerse a merced de los demás.

Algunos están mal de sus facultades mentales, hablan solos o se comen su excremento. Otros planean los “trabajos” que ejecutarán en la calle sus compinches; a veces familiares propios. Realizan delitos como robos, extorsiones, motines, evasiones y secuestros virtuales. Ahí se educan para perfeccionar costumbres y cometer los delitos con mayor precisión. Hablan de los errores que no se deben cometer y aconsejan cómo investigar a su próxima víctima para acorralarla.

Sobrepoblación

El hacinamiento es típico. En las celdas, que llegan a medir 3.5 por 4.5 metros cuadrados, conviven, en muchos casos, más de cuarenta hombres. Por ejemplo, en el centro de reclusión varonil de Puente Grande, Jalisco, hay lugar para 2 mil 186 reclusos, pero en la actualidad conviven alrededor de 5 mil 500 presos. Esa cantidad de personas albergadas en un lugar tan pequeño despierta a la perversidad.

El estudio Los mitos de la prisión preventiva en México, hecho por la Open Society Initiative (OSI) en 2004, reveló que, de 1994 a 2004, la población carcelaria México se duplicó al pasar de 86 mil a 192 mil reclusos, y sigue creciendo sin que la inseguridad ni la delincuencia hayan disminuido.

Desde esas cavernas se han graduado algunos de los secuestradores más peligrosos, como Daniel Arizmendi, “El Mochaorejas”, o Andrés Caletri López.

Casi la mitad de los internos no están sentenciados, y quienes por errores de la justicia caen en las cárceles, empiezan a delinquir ahí. Otros esperan escuchar el “usted disculpe… está libre”, luego de que no se les encontraron las pruebas necesarias para sentenciarlos después de dos o tres años perdidos.

Instintos

Según el Instructivo de Visita de la Dirección General de Reclusorios y Centros de Readaptación Social del Distrito Federal, los reclusos tienen derecho a visitas íntimas que tienen como objetivo contribuir con los tratamientos para la readaptación social de la comunidad penitenciaria.

Y para cumplir con ese derecho o necesidad los reos contratan prostitutas.

En los días de visita, las sexoservidoras no pasan por los “rigurosos” controles de seguridad como lo hacen los familiares de los internos. Ellas tienen una encomienda especial y los guardias ya lo saben; se les otorga su “pase” (previo pago) para ingresar sin complicaciones.

Para entonces, adentro ya están improvisadas unas cabañas hechas con lonas o cobijas. No importa que la temperatura del sol se mezcle con la del encuentro. Sólo hay un objetivo.

Y en el peor de los casos, los internos se hacen pareja de alguno de sus compañeros; se abrazan, se besan y fornican.

Privilegios

La corrupción continúa. Todo se hace en complicidad. Por cualquier cosa se cobra, desde un vaso de agua hasta el papel higiénico; por un permiso para ir al baño, o la renta de celulares, y en caso de que algún interno no pague es sancionado con una paliza y amenazas que alcanzan a su familia.

Las clases sociales se trasladan a la vida dentro de los reclusorios. Mientras que unos, los que no tienen dinero para pagar una celda individual viven en la completa miseria, con mugre por todos lados, otros, los “adinerados” y poderosos gozan de televisión, celular, radio, buena comida, hornos de microondas, armarios, bebidas embriagantes, armas, drogas y sexo.

En casos especiales pueden tener una celda de lujo categoría tres estrellas. Llegan a contar con peces y aves en cautiverio; gimnasios, A veces los mismos custodios fungen como vigilantes de los eventos que se realizan dentro del reclusorio.

Guerra interna

En esos lugares siempre está latente la posibilidad de estallar un motín donde seguramente habrá golpes, balazos, gritos, explosiones, heridos, muertos; desconcierto y zozobra. Todo se conjuga.

Por ejemplo, si a algún interno no le parece una repentina revisión a su celda puede hacer estallar una pelea donde bastan unos segundos para que el número de involucrados en la refriega se incremente de tal manera que los custodios se vean rebasados y tengan que ser apoyados por autoridades federales o, en su defecto, por el mismo ejército.

Y aunque el saldo suele ser costoso, luego de un tiempo, se reestructuran las células que ejercían un autogobierno al interior de los centros, y la compra de favores a las autoridades, que va desde los custodios hasta los mismos directivos, continúa. El acuerdo es el pago frecuente en el tiempo acordado. Es un "secreto a voces".

Cualquiera puede ingresar como reo a las cárceles de México y no saber si se saldrá de ellas, porque en esos lugares prevalece la ley del más fuerte.