La ira es un estado emocional que puede variar desde la leve irritación hasta la violencia desatada. Su función básica e instintiva está encaminada a responder agresivamente ante posibles amenazas. Al igual que otras emociones viene acompañada de cambios fisiológicos y biológicos, tales como el aumento del ritmo cardíaco y la presión arterial, así como un aumento en los niveles de adrenalina y noradrenalina. Pero la ira, entendida como un comportamiento de carácter adictivo al que se recurre ante cualquier contingencia, pone de manifiesto la incapacidad del individuo para relacionarse y resolver los conflictos de un modo adecuado y acorde con las circunstancias. Es un tipo de respuesta que esconde el miedo ante la imposibilidad de expresar sentimientos y necesidades que, con frecuencia, quedaron bloqueados durante la infancia, fruto de un aprendizaje erróneo.

El origen de la ira

El entorno familiar, asociado a un aprendizaje estricto donde no tienen cabida las muestras de amor, afecto y ternura, es uno de los desencadenantes más habituales de los comportamientos presididos por la ira. En este entorno son comunes los estallidos de ira por parte de la figura paterna, así como la inhibición de la figura materna. En este escenario el niño interioriza que el único modo de expresión permitido es aquel que se basa en la ira, quedando atrofiadas otras manifestaciones características del ser humano.

En el polo opuesto, pero con igual resultado, está el niño consentido al que se le conceden todos los deseos y caprichos. Esta situación da lugar a que el niño, además de convertirse en un pequeño tirano, desarrolle una escasa tolerancia a la frustración, por lo que las rabietas –que en el futuro se convertirán en ira– pasan a ser un recurso para lograr lo que se desea en todo momento.

Personalidad del iracundo

La persona cuyo comportamiento está regido por la ira, no es capaz de conectar con sus verdaderas emociones y sentimientos, y mucho menos aún es capaz de expresarlas, si no es a través de la ira.

Dan por sentado que los demás deben reconocer en todo momento sus necesidades y actuar en consecuencia, lo que no suele ocurrir. Ahí se inicia un ciclo donde la frustración da paso a la ira.

La incapacidad para comprender las situaciones, sobre todo de índole emocional, convierten al iracundo en una persona poco asertiva y vulnerable que trata de compensar esta carencia mediante la ira. Esta actitud le distancia de la situación, proporcionándole un posterior estado de tranquilidad y seguridad.

Síntomas y rasgos asociados a la ira

Existen rasgos comunes que identifican al individuo cuyo comportamiento se basa en la ira:

  • Inseguridad.
  • Baja autoestima.
  • Inmadurez emocional.
  • Escasa tolerancia a la frustración.
  • Soberbia.
  • Egocentrismo.
  • Impaciencia.
Estos rasgos, inevitablemente, comportan una serie de secuelas que afectan tanto a la propia persona como a su entorno:

  • Relaciones superficiales o basadas en el dominio.
  • Necesidad de obediencia.
  • Culpabilidad y remordimiento.
  • Soledad.
  • Falta de empatía.
  • Creencia de estar siempre en posesión de la verdad.
Hay otro tipo de consecuencias para la salud que afectan a la persona iracunda. Entre las más comunes se encuentran las que siguen:

  • Hipertensión.
  • Dolores de cabeza.
  • Depresión.
  • Problemas en el sistema gastrointestinal.
  • Estreñimiento o diarrea.
  • Problemas respiratorios.
  • Glaucoma.

Consecuencias de la ira

La ira crea en el entorno un ambiente de temor. Por lo general son los familiares y amigos quienes tratan de anticiparse a los signos que alertan sobre un posible estallido de ira.

Las consecuencias, entonces, afectan a su entorno más cercano, pero también pueden perjudicar seriamente otras relaciones sociales y, particularmente, el ámbito laboral.

La ira conlleva, en los casos más extremos, la pérdida de control, lo cual puede llegar a degenerar en accidentes o acciones violentas que después pueden tener graves repercusiones.

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