El consumo es una actual y global predisposición humana que suele incrementarse en las fiestas de Navidad. De ahí la importancia de conocer la naturaleza de esta celebración religiosa a fin de que prevalezcan más los sentimientos de compasión, amor y confraternidad que conforme a su origen deberían serle inherentes, más que hasta ostentosas celebraciones en las que poco o nada se tienen en cuenta sus motivaciones primigenias.

¿Qué es la Navidad? Su historia y contraste actual

Emociones como el amor, la solidaridad, la compasión o el perdón, inherentes o atribuidas al personaje que con su muerte dio precisamente origen a esta festividad, Jesucristo, parecen quedar relegadas en medio de las actuales actitudes consumistas en las que compras y celebraciones en muchas ocasiones desmesuradas, acompañan generalmente la celebración de esta festividad religiosa tradicional.

En la que no solo cristianos -quienes se suponen deberían únicamente celebrarla, al ser los que conforme a la tradición creen mayormente en ella- se entremezclan, sino también personas de otros credos religiosos e incluso ateos o agnósticos de diversos países, convirtiéndola de este modo en una fiesta más entre las tantas que existen a lo largo del año.

La crisis económica y la Navidad

Por otro lado, los ciertos indicios de recuperación económica que desde distintos lugares y disímiles medios y entes vienen dándose, habrían bastado para que la cierta sobriedad que hasta el año pasado acompañaba la conmemoración de esta fiesta desapareciera, y vuelva por tanto la pomposa forma en que hasta antes de la misma predominaba en la casi totalidad de lugares y países que la rememoran.

Y como simple ejemplo de ello, en muchos lugares se sabe que ya no serán bombillas de luz ahorradoras de energía las que cuelguen de las calles y los árboles de las ciudades a fin de que adquieran el aspecto que la ocasión amerita.

La celebración inconsecuente de la Navidad

Con lo que queda una vez más la duda de que si la actual crisis económica y financiera que parece empezar a sucumbir, con todos sus efectos conocidos y todavía por conocer, ha dejado alguna lección coadyuvadora en el sentido que corresponde a la celebración de la Navidad.

Sentido en el cual cabe recordar los escándalos que hace más de siete años salpicaron y derribaron a muchas grandes empresas de no solo los Estados Unidos de Norte América (Enron, Global Crossing, Adelphia, WorldCom), y que supuso el final de la prestigiosa firma de auditoria Arthur & Andersen. Respecto a lo que el catedrático en la Escuela de Empresa de Harvard y asesor contable de Merrill Lynch, David Hawkin, afirmó:

“'La gente aprenderá a ser más exigente con su forma de invertir', (…). ‘Pero ésta no será la última vez que vamos a pasar por esto. La gente se olvidará, y volverá a ocurrir lo mismo'”.

Y lo que está ocurriendo parece, en efecto, ser prueba fehaciente de ello.

La esperanza

Sin embargo, como algo latente e inherente a cada persona, queda la esperanza para hacer que poco a poco esta celebración adquiera la naturaleza que le corresponde, y logre ser un digno y merecido recuerdo y homenaje al personaje que con su comportamiento no solo la dio origen, si no que dejó diversos ejemplos de amor, solidaridad, compasión o perdón a la humanidad en su conjunto, que en momentos como el actual resultan importantes.