El cielo de primavera es realmente muy oscuro. Hace tres meses a la misma hora del día, la mitad austral del cielo estaba adornada por siete estrellas brillantísimas. Ahora solamente llaman la atención tres estrellas de primera magnitud que lucen solitarias en el fondo de las pocas, y no brillantes, estrellas primaverales.

Leo o el León

En la conocida constelación zodiacal de Leo (o El León) sin mucha dificultad se adivina la silueta de la crin y del cuerpo del rey de la selva. La estrella principal de esta constelación es Régulo.

Virgo y Boyero

Cerca de Leo se observan dos estrellas brillantes. Aquella que está más alta y es más luminosa, es la estrella anaranjada Arturo, la más brillante de todas las estrellas primaverales y la principal de la constelación del Boyero. Mas abajo, y a la derecha de Arturo, está la azulada Espiga, que encabeza la constelación de la Virgen. El León, el Boyero y la Virgen son las constelaciones principales de primavera.

Otras constelaciones primaverales

A la derecha del León está la constelación del Cangrejo o Cáncer y encima del León la pequeñísima, y poco notable, constelación del León Menor. Al Oeste del Boyero se ven las constelaciones de los Lebreles y de la Cabellera de Berenice, y a la derecha y más abajo de la Virgen, un cuadrángulo irregular de estrellas de casi igual brillo constituye la constelación del Cuervo. En la larga constelación de la Hidra es relativamente fácil encontrar la brillante estrella alfa de 2da. magnitud. En cambio la copa y el sextante, comprendidas entre el León y La Hidra, son de tan poco brillo que es imposible fijar sus contornos. A la izquierda y más abajo de Espiga se ven dos estrellas de 2,8 y 2,6 magnitud. Estas son Alfa y Beta Libra respectivamente.

Leyendas y origen de estas constelaciones

El origen de los nombres de algunas constelaciones primaverales es muy curioso. Por ejemplo, en la constelación del León está grabado para siempre aquel feroz León de Nemea, la victoria sobre el cual constituye una de las doce hazañas del mitológico Hércules.

A propósito, en esta región también se pueden encontrar otras víctimas de la fuerza de Hércules: La Hidra de Lerna. En la pelea con este monstruo de nueve cabezas, Hércules dio prueba de mucha ingeniosidad y, a pesar de la ayuda por parte del Cangrejo, que también se encuentra inmortalizado en el cielo primaveral, al fin y al cabo, la victoria fue del héroe.

La historia mitológica del Boyero señala que este es el joven Arcas convertido en constelación por Zeus para proteger eternamente a su madre, la ninfa Calisto (Osa Mayor), en el cielo. Por eso su estrella principal, Arturo, significa guardián en griego. No está muy claro el origen de la constelación de Virgo. Según una de las variantes más antiguas esta es Ceres, la diosa de la cosecha. En las cartas celestes antiguas, la virgen tiene en las manos una espiga madura, señalada con la estrella de igual nombre.

Sobre la constelación de la Cabellera de Berenice se dice que el faraón egipcio Ptolomeo, Siglo III a.n.e, tenía una hermosa esposa, Berenice, sobre todo eran preciosos sus cabellos que le llegaban por debajo de la cintura. Cuando Ptolomeo marchó a la guerra, su esposa juró a los dioses sacrificar sus cabellos, si guardaban a su querido esposo sano y salvo. Felizmente Ptolomeo regresó pronto a casa, pero al ver a su esposa sin su hermosa cabellera quedó consternado. Los dioses decidieron entonces llevar los cabellos al cielo para que brillaran eternamente.

La constelación de Libra también es una de las más antiguas, pero su origen no está del todo claro. Sobre las constelaciones del Cuervo, Copa e Hidra, se supone que el Cuervo sea aquel que mandó Apolo con una copa de agua para efectuar un rito religioso. El Cuervo no cumplió el ruego de Apolo, por lo que junto con la Copa, como castigo, fue colocado para siempre sobre la espalda de la Hidra.

Las tres constelaciones restantes (Leo Menor, Los Lebreles y el Sextante) son de origen muy reciente. Estas fueron introducidas en el siglo XVII por el Astrónomo Hevelius.