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Una pareja madura con marido enfermo de crisis de identidad y mujer devota de su pareja. Su hija, temerosa ante su futuro y casi resignada ante la postura de su marido ante la vida. Una joven a punto de casarse y el dueño de una galería que, ante sus problemas conyugales, coquetea con quien tiene a mano.
Este es el hilo argumental de la última obra de Woody Allen. Como en buena parte de su obra, el autor recurre al humor para contar una historia pesimista, una visión negativa ante la vida. Desde su butaca, como si de un pintor se tratara, el director esboza el paisaje del mundo de la pareja en la sociedad actual. Para ello, toma varios ejemplos, con el nexo común que es la familia.
La familia como metáfora social
Un matrimonio que se separa por que el marido no logra asumir la edad que tiene. Un ataque de ego que le lleva a disfrazar con un coche deportivo, gimnasios y 'buena' compañía el paso de los años sin tener en cuenta que hay cosas que no hay forma de taparlas. Olvida que lo que antes era ímpetu y derroche de vitalidad, con los años se ha de transformar en experiencia y demostrando que si el cuerpo ha envejecido, el cerebro lo ha hecho aún más.
Por otro lado, su hija - Naomi Watts- y su matrimonio. Mujer frustrada por motivos tan actuales como el deseo de ser madre, la falta de éxito laboral y un marido que utiliza su vocación literaria para ocultar sus pocas ganas de trabajar. Este, es un individuo superficial cuya actitud ante la vida se ve en escenas como aquella en la que desea a la vecina cuando la observa desde la ventana de la misma manera que cuando está con esta, ve a su mujer desvestirse desde la casa de en frente.
Encuentros y desencuentros, terceras personas como la chica de la ventana - Freida Pinto - o el jefe de N.Watts -Antonio Banderas, con sus problemas respectivos. Un supuesto relato de problemas de pareja se convierte en una sucesión de anécdotas que manifiestan una superficialidad en la sociedad moderna. La pérdida de valores, el egoísmo y, sobre todo la falta de compromiso con uno mismo haciendo partícipe, o incluso culpable, al otro de los problemas particulares.
Allen o cómo mejorar con 70 años. Su mejor crítico
Allen utiliza el montaje para dotar a su relato de dinamismo y sale victorioso del intento. Sin el agobiante ritmo de diálogo presente en alguna de sus obras - Misterioso asesinato en Manhattan - y sin solapar de forma embarullada las tramas paralelas - léase Scoop -, el espectador se hace partícipe de la frescura del Allen de sus mejores tiempos. Allen es consciente de posibles problemas de obras anteriores y trata de solventarlos.
Ese dinamismo se rompe en la última parte. Esas situaciones resultan frescas y consistentes hasta que el director estira demasiado las historias y le da un giro innecesario a cada una. El espectador tiene la sensación de que aquello que tiene en pantalla lo ha visto un rato antes y, pese a que en algún caso se supone, no termina de saber cómo termina cada trama (el guión no presenta a ninguna de ellas como sujeta a la interpretación del espectador, como en origen). Esto perjudica la visión global de la película y que una obra brillante se quede en una buena película.
¿Dirección de actores o problemas de guión?
Allen se muestra, como en buena parte de su obra, irregular en la dirección de actores. De algunos como Gemma Jones, Naomi Watts o Antonio Banderas obtiene un buen registro. Este último en uno de sus papeles más destacados en Hollywood, limita su repertorio habitual de gestos a los imprescindibles. Hay otros, como Anthony Hopkins y Freida Pinto. Ella, revelación de la oscarizada Slumdog Millonaire, se encuentra con un papel bien perfilado pero mal concretado. El amor platónico de su vecino que, al tomar mayor relevancia en la historia, acaba siendo un relleno.
Anthony Hopkins, tras darse conocer al publico con su magnifico Hannibal Lecter -tras muchos años de destacada carrera en películas menos comerciales-, ha ido encauzando su carrera a objetos más comerciales. Lejos quedan sus magníficos papeles en Lo que queda de día o Regreso a Howards End, por citar alguno, para terminar siendo el padre del Zorro o del Hombre Lobo. Quizá la cada vez más evidente falta de imaginación de los guionistas sea la explicación de ello.
En definitiva, buena película de Allen que, como cada año, obsequia a su público con una buena historia. Como decía un afamado critico, sea mejor o peor la película, el neoyorquino siempre aporta algo nuevo. Ya esta en su fase final su última película en la que hasta Carla Bruni, la mujer de Sarkozy, tiene un pequeño papel. A ver qué nos depara.
