Un reciente artículo publicado por Daron Acemoglu y James A. Robinson, profesores de economía y ciencia política en MIT y Harvard, respectivamente, además de autores del celebrado libro “Why Nations Fail: The origins of power, prosperity and poverty”, explicaba los motivos por los cuales determinados líderes políticos buscaban entorpecer el desarrollo económico y la consiguiente prosperidad de sus pueblos. En él, narran la historia de una villa del oeste de Nepal que llevó a cabo, a inicios de los años 80, un emprendimiento privado que le redituaría importantes ingresos económicos a la comunidad.

Los pobladores de la citada villa, cuentan los autores, habían comprado e instalado un molino de agua hecho en Suiza con el cual hicieron funcionar una prensa que producía aceite de calidad. Sin embargo, en 1984 un funcionario del gobierno nepalés reportó que dicha comunidad, al haber llevado a cabo el mencionado proyecto, estaba “usurpando las labores del Rey”, y la élite gobernante ordenó que fuese cerrado. Felizmente, la oposición de sus pobladores, quienes lograron emboscar y desarmar a las fuerzas policiales que habían sido enviadas para destruir el molino, impidió tal despropósito.

Perdedores políticos

Pero ¿por qué el gobierno nepalés se oponía al molino? La respuesta que formularon no es difícil de entender y podría ser perfectamente aplicada al Perú: la monarquía estaba atemorizada por la posibilidad de convertirse en lo que los autores denominaron “perdedores políticos” y, a cambio de mantener los niveles de estabilidad que les producía el estatus quo, buscaron sacrificar el desarrollo económico de la villa.

Lo que sucede en Cajamarca y más recientemente en Espinar, donde las autoridades políticas –contrariamente a lo que se esperaría– se han convertido en los principales promotores del subdesarrollo, constituye otro claro ejemplo del fenómeno expuesto. Líderes regionales como Gregorio Santos y Oscar Mollohuanca pertenecen a esa recua de pequeños reyezuelos incapaces de promover riqueza porque entienden que, al hacerlo, estarían ellos mismos boicoteando su propia estabilidad. Dentro de su lógica, y al verse imposibilitados de enviar a la fuerza pública para destruir los molinos de la minería, soliviantar a las masas como mecanismo de legitimación resulta siendo un ejercicio no solo válido, sino fundamental en sus intensiones de afirmación de poder, no interesa si en el camino la manipulación y la mentira emergen como relatos únicos y efectivos; en este caso, en torno a la supuesta defensa del medio ambiente.

Progreso como factor de cambios

La ecuación es muy sencilla. Existe en el progreso económico un elemento generador de cambios políticos y sociales que tiende a erosionar la supremacía política de quienes ostentan poder. Cuando una población se hace más rica, ya sea por acción de su propio esfuerzo emprendedor o por la incorporación de trabajo productivo derivado de nuevas inversiones, empieza a exigir eficiencia a sus autoridades. Evidentemente, su crecimiento no puede andar solo, debe estar acompañado de instituciones inclusivas que estén en capacidad de proveerle infraestructura y servicios mínimamente funcionales. No obstante, si las autoridades se ven incapaces –por ineficiencia o desinterés–, de acompañar tal crecimiento, prescindir de él se convierte en una opción. Que no extrañe, entonces, que Espinares y Congas sean pan de cada día durante los próximos años.