Strategic Forecasting Inc. (Stratfor) es una agencia privada de inteligencia y seguridad que ha cobrado gran notoriedad durante los últimos años debido a que ha venido brindando eficientemente sus servicios a múltiples empresas y gobiernos, entre ellos al de Estados Unidos, incluso en el manejo de conflictos armados de gran escala. Sus análisis de inteligencia han rivalizado en calidad y certeza con las agencias de los países más poderosos, pero especialmente con la propia central de inteligencia norteamericana (CIA), razón por la cual fue considerada por la prestigiosa revista Barron´s como la CIA en la sombra (The Shadow CIA).

Ejemplos como el de Stratfor son cada vez más comunes en el mundo de los negocios. La inteligencia privada ha proliferado durante los últimos años impulsada por la necesidad creciente de empresas de alcance global por conocer determinados aspectos que, si bien escapan al core business de la compañía, si podrían afectar sus operaciones. La relación con el entorno (entendido éste como aquellos stakeholders o partícipes directa e indirectamente en el desarrollo empresarial), así como las amenazas políticas, sociales y de seguridad, cobran relevancia cada vez con mayor intensidad, por lo que deben ser monitoreadas y analizadas permanentemente, de manera que el gerente o el tomador de decisiones esté dotado de las herramientas para minimizar los riesgos y, ulteriormente, disminuir las pérdidas.

Servicios de inteligencia durante la Guerra Fría

Pero, ¿cómo surgen y logran tener relevancia hoy en día? En las pasadas décadas las agencias de inteligencia públicas fueron fuertemente cuestionadas debido a que su accionar se vio empañado no solo por prácticas ilegales sino, fundamentalmente, por manejos éticamente discutidos, los cuales pusieron en tela de juicio su legitimidad dentro de ordenamientos jurídicos que, en la mayoría de los casos, amparaban cierta ambigüedad tanto en la atribución de sus facultades y mandatos, como en el desarrollo y la ejecución de los mismos.

La estructura de dichas organizaciones luego de la segunda guerra mundial cobró una relevancia bastante más grande de la que se esperaba y un cierto poder propio, exento de controles políticos y judiciales, el cual siguió aumentando en un escenario de Guerra Fría que acentuó su desmedido crecimiento. Posteriormente, con la caída del muro de Berlín y el fracaso del comunismo muchas de ellas sufrieron procesos de reestructuración orientados a lograr su adecuación a nuevos y necesarios estándares democráticos de control político y judicial, que limitaron su descomunal soberanía anterior.

Sin embargo, los ataques del 11 de septiembre abrieron un nuevo escenario de conflicto global. El terrorismo trasnacional, los brotes de insurgencia y subversión en muchas partes del mundo y la escalada de disputas con orígenes culturales, políticos y religiosos cobraron un significado mayor y sobrepasaron los esfuerzos gubernamentales por controlarlos y combatirlos, y ese exceso ha gestado, casi por necesidad, el desarrollo de agencias de inteligencia privadas que han coadyuvado al manejo y prevención de tales conflictos.

Estigmas desacreditan su labor

Pero, no obstante su importancia, muchas de ellas no han estado exentas de cuestionamientos y prejuicios, la mayoría derivados de los límites legales y éticos que deben acompañar sus actividades. A principios de año, Wikileaks, la empresa de Julian Assange, publicó más de cinco millones de correos electrónicos de Stratfor en los que se revelaba el uso de “redes de informadores, estructuras para el pago de sobornos, técnicas de lavado de dinero y el uso de métodos psicológicos”.

Ante ello, cabe señalar que el reto para las agencias privadas de inteligencia no está en evitar que lleven a cabo actos ilícitos –como interceptaciones a las comunicaciones, por ejemplo–. Frente a estas prácticas sus autores terminan, tarde o temprano, siendo denunciados y encarcelados. El reto está en lograr legitimar una actividad que, no obstante su necesidad e importancia, aún encuentra serios reparos en relación a determinados hábitos o procedimientos que pueden ser considerados anti éticos, los cuales, lamentablemente, han estigmatizado su labor. Superado ello, qué duda cabe, podrá reconocerse y valorarse su función.