Sandra es una provocación a los sentidos. Alta, trigueña, cabello negro y largo, ojos de sensualidad asiática, labios entreabiertos, senos grandes de caída natural, vientre de reina y un torso que se mueve con ritmo musical: una ‘hembra’, como diría un colombiano común, pero una mina de oro para un proxeneta: es la nueva prostituta colombiana.

A sus 15 años se vio desnuda al espejo y se dijo a sí misma: “qué tienen ésas que yo no tenga”, refiriéndose a las nuevas prostitutas colombianas, más conocidas como ‘prepagos’, que desde mediados de los años 90 se ha convertido en la profesión clandestina que más dinero genera junto con la venta de drogas, y la actividad a la que muchas niñas hermosas aspiran para gozar los lujos que dan prestigio en la sociedad colombiana.

A los 18 años conoció a una mujer elegante en un bar de la zona rosa de Bogotá. Un mes después de estar gozando de los costosos placeres citadinos junto a su nueva amiga, Sandra ya estaba involucrada en el negocio de la prostitución como parte de un selecto grupo de jóvenes 'acompañantes' colombianas que brinda toda clase de deleites sexuales a clientes nacionales y turistas extranjeros.

Asco y miedo de la prostitución

La primera vez fue extraño y casi me desmayo del miedo, no sabía si gozar de verdad o fingir”. Eso fue hace cinco años, y le pagaron trescientos mil pesos, unos ciento cincuenta dólares estadounidenses. Su servicio de dos horas costaba 600 mil pesos, la otra mitad era para la proxeneta. “Lo haría dos veces al día y en un mes me ganaría unos dieciocho millones de pesos”.

Sandra recibió entrenamiento sobre las artes amatorias más rebuscadas, como dominar el asco ante hombres grotescos, hacer el amor con un asesino en una cárcel, usar los juguetes sexuales , ceder ante la más peligrosa petición de los narcotraficantes y atender sin reparos los gustos más perversos de importantes personajes de la vida nacional, como senadores, ministros y personajes de la televisión.

Sexo de lujo

Al principio era como aprender a actuar, porque nos volvemos actrices que representamos un rol de acuerdo con el personaje que tenemos al frente…”. Sandra veía películas de todo tipo para copiar algunos trucos de la actuación, y en un par de años se había convertido en una experta en el arte de dominar el placer a su antojo.

Su plan era trabajar tres años, ahorrar dinero y llevar una vida normal como la de sus padres, una acomodada familia bogotana que le ha dado todos sus gustos y aún le paga sus estudios de Derecho en una prestigiosa universidad colombiana. “Me veía en un futuro con un esposo amoroso y unos hijos por los que vale la pena vivir…”.

Sandra se dio cuenta al poco tiempo que ser una prostituta de lujo la había cambiado por completo. También supo que estaba atrapada en un dilema. Por un lado, estaba la tentación de ganarse hasta un millón de pesos diarios, unos 30 mil dólares estadounidenses al mes; y de otra parte, entendió que era una esclava sexual de su organización. Ahora sabía demasiado de la tenebrosa alianza entre prostitución y narcotráfico de la que hacía parte. Había caído en una red de la que no es posible escapar.  

Drogas, misa y olvido de una prostituta

Ella optó por no luchar contra lo que no podía cambiar. Recurrió a las drogas y a la misa católica para sobrellevar la realidad de su nueva vida. Cuando asumió que no podía liberarse de sus captores, intentó olvidar su pesadilla con drogas y excesos en su actividad sexual, hasta convertirse en la preferida de los buscadores de los placeres más retorcidos y que ella complacía a sus anchas y sin reparos

Las huellas están en su cuerpo. Señala encima de sus ropas discretas sus horribles recuerdos. “Me ha tocado hacer las cosas más feas de este mundo para complacer a esos viejos depravados, a los narcos con sus negocios de muerte”. Para soportar las más humillantes insinuaciones y los placeres más extremos, Sandra altera su realidad con un cóctel de cocaína, marihuana y éxtasis. Así se da fuerzas y una falsa alegría que después da paso a una sensación de asco que la hace vomitar. También traga los vapores del popper, una excitante sexual inmediato que le anestesia las peores vejaciones 

Los clientes de Sandra son millonarios, pues pertenece a las ‘escorts class’, las prostitutas más costosas de Colombia, aunque no le pagan tanto como a las actrices y presentadoras de la televisión que, según ella, reciben hasta 50 millones de pesos en un fin de semana, unos 25 mil dólares estadounidenses, además de recibir regalos como mansiones, autos y costosos caballos de paso, entre otros.

Sandra confiesa que decidió contar su historia porque le hace sentir mejor. En apariencia se ve feliz, y está a punto de graduarse de Abogada, tiene novio y dinero en el banco, pero lo que no revela es lo que jamás pensó que sucedería. Creyó que su trabajo sexual era como actuar en una película y con el tiempo aprendería a separar la realidad de la ficción.

Al final terminó creyéndose su propio engaño y cuando quiso revertir la trama de su falso rol, ya era tarde. No era una actriz, porque nunca había actuado. Su trabajo era real y le había dejado huellas en su mente que no sabe como borrar. Sabe que es una prostituta y nada más.