John Perkins se define a sí mismo como un EHM (Economic Hit Men) en el prefacio del libro, término traducido al español como “gánster económico”: un profesional que estafa millones de dólares a países de todo el mundo. Según él, su trabajo consiste (consistía) en “canalizar el dinero del Banco Mundial, de la Agencia Internacional para el Desarrollo (USAID) y de otras organizaciones internacionales de 'ayuda' hacia las arcas de las grandes corporaciones y los bolsillos del puñado de familias ricas que controlan los recursos naturales del planeta”.

Al servicio de los poderosos

Perkins cuenta que fue reclutado por algunas de las grandes empresas de su país (Estados Unidos) dedicadas al desarrollo de infraestructuras en el tercer mundo, con el fin de realizar en este operaciones ventajosas sin importar los perjuicios ocasionados a su población.

Y asegura que para conseguir sus objetivos dichas empresas se valen de “dictámenes financieros fraudulentos, las elecciones amañadas, los sobornos, las extorsiones, las trampas sexuales y el asesinato”.

Los EHM estimulan a las élites de esos países para que entren a formar parte de la red que promociona los intereses norteamericanos. Cuando lo consiguen, comienzan a llegar los créditos, pero de tal manera que no puedan ser devueltos.

Entonces quedan atrapados en la telaraña del endeudamiento, lo cual garantiza su lealtad a dichos intereses. A cambio, estas élites realizan determinadas obras de infraestructura que consolidan su posición política y económica. Siempre y cuando, naturalmente, dichas obras sean indefectiblemente encargadas a las grandes empresas y compañías norteamericanas para las que aquellos trabajan, que se hacen inmensamente ricas.

Luchando en Asia contra el comunismo

A finales de los años 60 fue destinado al sudeste asiático, concretamente a Indonesia, un país que debía ser salvado de “las garras del comunismo”, el gran mal que se extendía por el mundo y que había provocado la guerra del Vietnam.

Con gran pericia elaboró un trabajo en el que “demostraba” que aquél empobrecido y atrasado país iba a crecer económicamente el triple de lo previsto. En consecuencia, logró que los organismos financieros citados le proporcionasen créditos fabulosos para dotarlo de las infraestructuras necesarias (red eléctrica, red vial, transporte, etc.).

El país quedó endeudado y con la mayor parte de la gente aún sumida en la pobreza. Pero, según cuenta, las empresas americanas para las que obtuvo los contratos (y que le pagaban), así como los grupos y las personas nativos que participaron en el proyecto se enriquecieron inmensamente.

Modernizando Arabia Saudí

A raíz de la subida del precio del petróleo en 1973 por la guerra árabe-israelí, Arabia Saudita se llenó de petrodólares. Su monarquía quería permanecer fiel a las estructuras medievales propias del fundamentalismo islámico que profesaba, pero beneficiándose de los ventajas materiales del siglo XX.

Pronto hicieron su aparición los EHM norteamericanos con sus carteras llenas de proyectos modernizadores que harían de la casa de Saud, rígida y despótica, la dinastía más poderosa de todo Oriente Medio.

Esta vez se trataba de crear complejos petroquímicos, polígonos industriales y dotaciones de armamento con los que dicha monarquía reforzaría su posición dentro y fuera de su país.

El suministro, la construcción y el mantenimiento de todo ello corría, por supuesto, a cuenta de los estadounidenses, y los árabes les pagarían con los intereses de la deuda pública norteamericana que aquellos les habían persuadido a comprar.

¡Un ciclo completo en que el dinero iba y volvía de nuevo a las arcas de las empresas y el gobierno de los EE UU!

Una fe perniciosa

Perkins acaba su recorrido por estos y otros países donde prestó sus “servicios”, denunciando la falsedad del artículo de fe que mueve actualmente el mundo: “el de que todo crecimiento económico es beneficioso para la humanidad, y cuanto mayor sea ese crecimiento, más pronto se difundirán sus beneficios”.

En nombre de ese artículo se comenten toda clase de tropelías: “El gansterismo económico, los chacales y los ejércitos prosperan en la medida en que se demuestre que sus actividades generan crecimiento económico, como casi siempre ocurre”.

Claro que, a juzgar por los hechos, no parece que sus fieles de todo el mundo estén dispuestos a revisar el dogma que tantos beneficios les ha reportado. Sobre todo a algunos.