Todos han oído y utilizado la palabra inteligencia. Todos la comprenden, pero si hubiera que explicar qué es exactamente la inteligencia, la tarea ya no parece tan sencilla.

Hoy en día la inteligencia empieza a abarcar campos que años atrás nadie hubiera imaginado. Así pues, hoy se habla de edificios inteligentes o de coches inteligentes. La inteligencia, de este modo, se está convirtiendo en algo difuso que parece estar al alcance de cualquier objeto, lo cual no deja de tener una cierta peligrosidad, pues al fin y al cabo los conceptos nos sirven para describir la realidad.

¿Qué es realmente la inteligencia?

Una forma de explicar qué es la inteligencia podría ser esta: la capacidad de recibir información, procesarla y dar respuestas adecuadas y efectivas para cada situación. No estaría desencaminada esta descripción, pero se quedaría corta.

En qué medida y contexto se es más o menos inteligente tampoco es una cuestión exenta de dificultades. Está demostrado que la inteligencia no puede circunscribirse con exactitud a los parámetros valorativos de un test, por poner un ejemplo de todos conocido. La clave está en la diferencia entre lo que se puede hacer y lo que se hace. Así pues, la inteligencia no está ligada exclusivamente a la capacidad de cada individuo. Poseemos otras muchas características que nos definen y que, en el fondo, van a determinar lo que en realidad interesa: lo que se hace.

En el hacer entran factores como la disciplina, el razonamiento, la imaginación, la autoestima, la tenacidad y otros muchos elementos que, independientemente de la capacidad de cada cual, resultan indispensables para alcanzar los objetivos.

Un Ferrari, sin todas las piezas que componen su motor, no va a ninguna parte. Una gran inteligencia, sin más, tampoco. La inteligencia, en definitiva, requiere un desarrollo; un proceso activo que determinará el éxito. Y el éxito no siempre precisa de una gran inteligencia, sino de una gran capacidad de desarrollar la que se posee.

Inteligencia viva

No es nada extraño aplicar el término inteligente cuando se habla de los animales, ya que, a su manera, también lo son. La definición hecha anteriormente se puede aplicar sin problemas a un animal. De ahí que sea necesario ir más allá cuando el ser humano entra en juego y, por supuesto, hacer las oportunas distinciones que permitan entender que no todas las inteligencias son iguales. ¿Qué distingue, pues, al ser humano?

Si bien los animales poseen la capacidad necesaria para sobrevivir, unos con una inteligencia más elaborada y otros menos, dicha inteligencia no deja de ser una técnica efectiva, pero heredada a través de miles de años de evolución, repitiendo siempre los mismos patrones con apenas variación alguna. Las aves hacen sus nidos y los castores sus presas, pero por complejo que sea el proceso, carece de innovación. El hombre, sin embargo, posee la capacidad de idear lo inexistente, planificar metas y elaborar técnicas concretas para lograr dichos fines.

El poder de la inteligencia

Se podría concluir que la inteligencia es el paradigma de lo más excelso. Se podría, pero desgraciadamente no es así. No únicamente, al menos. Basta con repasar la historia de la humanidad para comprender que la inteligencia no está inextricablemente unida al progreso, a lo bueno o a lo sublime.

La inteligencia faculta al ser humano para alcanzar la grandeza, pero también es un arma de doble filo que en su lado más oscuro puede conducirlo a la crueldad más absurda y aberrante.

Desde el altruismo hasta el asesinato, todo pasa por el complejo entramado de la inteligencia.

La inteligencia humana

La evolución siempre se ha regido por las mismas reglas; todo ser vivo se adapta al medio, la excepción es el ser humano, que ha decidido adaptar el medio a sus propias necesidades.

Todo ser vivo se adapta y vive en el presente. No hay una noción consciente de otra posibilidad temporal. Sólo el ser humano tiene conciencia del futuro y pretende determinarlo y ajustarlo a sus propósitos. Para tal fin proyecta, previene y produce. El ser humano se anticipa, crea y, como bien dice José Antonio Marina, se autoseduce con el porvenir. La realidad, de la mano de la inteligencia, se expande cada vez más hasta límites difíciles de predecir.

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