Pocos dudan de que el perro es el mejor amigo del hombre, el más leal, el menos egoísta. Lo puede comprobar cualquiera que se acerque a uno sin malas intenciones, con el corazón en la mano y una palabra amable en la boca. Ahora bien, ¿tiene el perro la misma opinión con respecto al hombre? Normalmente sí salvo que, ladridos aparte, esté educado por un cretino o cumpliendo el compromiso innato de defender su territorio y su gente.

Bondad natural

Sucede que el perro es tan buena persona, tan noble, que le resulta imposible pensar mal de su amigo. Encima, ni siquiera le tiene en cuenta las múltiples canalladas a que éste pueda someterlo: “No se habrá fijado”, “Se habrá confundido, “Se le ha ido un poco la mano”, suele reflexionar el pobre tras sufrir alguna perrería.

Sin embargo, si al perro se le pegara algo la malicia humana no cabe duda de que cambiaría su benévolo criterio. Así conoceríamos lo que realmente pensarían estas mascotas humanizadas sobre quienes los tienen a su cargo, clasificándolos según su categoría ética y el nivel de inteligencia que manifiesten ante ellas. O sea, su grado de mala leche. Y lo harían así:

Amigo responsable

Es aquel que quiere bien a su perro, y lo cuida, lo educa y lo considera como uno más de la familia: un ser vivo generoso que a veces hace sus necesidades donde no debe -igual que el bebé de la casa-, pero con unas cualidades que hay que respetar. Corresponde de esta forma a su constante, desinteresada y amorosa entrega; a sus lametones entusiasmados, a sus saltos nerviosos, a sus ladridos alborozados, a su vigilancia constante.

Además, también lo lleva a la clínica veterinaria a vacunar o según haga falta. En vacaciones, si no lo puede tener por múltiples razones, lo ingresa en un buen hotel para perros. Al final, con la vejez, la enfermedad terrible o el fin irremediable, procura evitar que su amigo sufra y, cuando no hay otro remedio, se preocupa de que lo duerman definitivamente y en paz.

Amo indiferente

Su introducción con los animales empieza al comprar un cachorro para satisfacer un capricho. Al principio, suele atenderlo, pero cuando ya es adulto más bien le importa un comino. Se aprovecha de él, de sus facultades, de sus aptitudes, sin hacerle mucho caso y manteniendo las distancias porque le da asco o porque lo considera una cosa, un mueble con pulgas.

No obstante, tiene la lucidez suficiente para darse cuenta, en la hora final o cuando el chucho estorba, de que abandonarlo no tiene perdón de Dios: esas carreteras, esos campos sin comida ni agua, esos pueblos insensibles... Y entonces, en un gesto de generosidad que le borra la mala conciencia, se rasca el bolsillo y lo lleva a que lo duerman por postrera vez, o le busca otra persona que, con un poco de suerte, lo tratará menos fríamente.

Tirano miserable

Por último aparece esta bestia parda, este individuo pequeño en todo menos en su imbecilidad intrínseca, este ser mínimo con corazón de psicópata que merecería no ser considerado ciudadano, pues carece de sensibilidad para disfrutar del cariño de su perro. Suele dejarlo atado, se despreocupa de sus enfermedades y lo maltrata porque le sale de ahí mientras se lucra miserablemente de sus habilidades como guardián o cazador o simple juguete de sus desgraciados niños.

Su pequeño cerebro de alimaña es incapaz de comprender que el can, como su familia, como él mismo a pesar de todo, tiene unos derechos inalienables. Y cuando ya no es útil, lo abandona a la angustia de pensar que su amo se ha perdido, al hambre, a la sed... o, como hacen algunos cazadores inmisericordes, lo cuelga de un árbol y le procura una muerte lenta y atroz que no se merece ni siquiera su siniestro dueño.