En la actualidad, una de las quejas más frecuentes en las familias es la falta de comunicación. Sin embargo, en numerosas ocasiones, el motivo de esa ausencia de diálogo es la falta de empatía, es decir, la dificultad que los padres encuentran para conectar con sus hijos. La mejor manera de afrontar estos problemas es la búsqueda de puntos de encuentro con los hijos, el empleo de un lenguaje positivo y la huida de los juicios sobre su conducta.

El control de las emociones

Todo el mundo sabe que existen diferentes formas de decir las cosas. En función del momento en el que una persona se encuentre puede expresarse de una u otra manera, generando de este modo respuestas muy diversas. Existen situaciones en las que el tono de voz delata un gran enfado y los padres se dejan llevar por un lenguaje imperativo en el que sólo exigen en lugar de fomentar el diálogo.

Cuando los padres se dejan llevar por las emociones negativas pierden grandes oportunidades de comunicación con sus hijos, dejan pasar el momento en el que poder reflexionar con ellos sobre lo ocurrido y sobre cómo sus actos no sólo les afectan a ellos, sino también a los que les rodean. Si en los momentos de rabia y frustración solo se les recuerda lo que hacen mal y se les manda castigados a su habitación, no se les está proporcionando ninguna manera de actuar alternativa, ninguna vía de mejora, ninguna salida al comportamiento que se critica.

El control de las emociones proporciona a los padres la oportunidad de razonar con sus hijos desde la calma, así como la ocasión de ofrecerles un modelo de comportamiento adecuado.

El empleo de la empatía

El primer paso para establecer una buena comunicación es haber creado unos cimientos de confianza y respeto. Partiendo de estas premisas es más sencillo entablar una conversación sincera y productiva, pero para ello es necesario aprender a ponerse en la piel del otro, o dicho de otro modo, aprender a usar la empatía.

Las funciones de la empatía son mejorar la comunicación y el entendimiento entre dos personas, lo cuál evita en gran medida la frustración personal ante determinadas situaciones.

Para entender realmente en qué consiste esta capacidad, es importante tener en cuenta que para ser empático no se debe juzgar a la persona por sus motivaciones, no se trata de compartir los razonamientos de otros, sino de comprenderlos.

Las claves del diálogo

Pilar Guembe y Carlos Goñi, profesionales dedicados a la enseñanza, en su libro No se lo digas a mis padres, escriben: "En la relación entre padres e hijos la clave está en el diálogo. Hablar de un problema es tenerlo ya medio solucionado. Pretender educar sin propiciar el diálogo es como intentar construir una casa sin una segura cimentación".

Para establecer un buen diálogo deben tenerse en cuenta los siguientes aspectos:

  • El momento más adecuado no es el que los padres elijan, sino en el que los hijos lo necesiten.
  • Lo importante no son las formas, sino el fondo.
  • Razonar con hijos adolescentes no consiste en proporcionarles buenas razones desde el punto de vista de los padres, sino en encontrar razones que tengan un significado importante para ellos.
  • No se trata de ganar o perder, es preferible ceder en algunos aspectos y alcanzar compromisos que generen mayor unión con los hijos.
En ocasiones los padres no tienen en cuenta que existen diferentes formas de decir las cosas, y de su manera de expresarse dependerá en gran medida la forma en la que actuarán aquellos a los que se dirijan. Por ello, es importante cuidar el lenguaje que se emplea. No es lo mismo escuchar "no deberías de haber hecho esto" a "la próxima vez procura hacerlo mejor". De esta forma, si los padres intentan ver lo positivo de cada situación es más probable que la respuesta que obtengan sea más satisfactoria que si solo se centran en los aspectos negativos.

Comunicación asertiva

Para frenar las situaciones que desbordan a las familias y utilizarlas como modo de aprendizaje, resulta muy útil emplear una comunicación asertiva. Este tipo de comunicación se basa en que las personas expresen sus pensamientos, sentimientos y necesidades, de manera firme y segura, pero evitando agredir a los otros o dejando que se aprovechen de ellas. Con ello consiguen que sus opiniones, sentimientos y necesidades sean conocidas por sus interlocutores, tenidas en cuenta y valoradas socialmente.