A lo largo del día se toman más de 100 decisiones, muchas de ellas cuando aún no se ha salido de la propia casa. El hecho de que no se recuerden no significa que no se hayan elegido, solo que han sido en su mayoría decisiones inconscientes (como por ejemplo levantarse de la cama, calzarse, lavarse los dientes o no, desayunar una cosa u otra, etc.).

La mayoría de las personas suelen recordar aquellas elecciones más difíciles, que fueron tema de análisis mental o discusión, con uno mismo o con los otros. Y es allí donde las cosas se tornan complicadas.

El precio de la indecisión

A la hora de determinar cuán importante es una elección, se deben tener en cuenta las consecuencias o el alcance que pueda tener la misma en la vida. Por eso se entiende que algunas decisiones requieran más tiempo y otras puedan hacerse automáticamente.

Sin embargo, posponer la toma de decisión genera un alto grado de estrés, ya que la mente no libera ese espacio para otra cosa que no sea lo que se está pensando, y de ese modo gasta valiosa energía. Es decir, ni se concentra en otra cosa, ni resuelve lo que tiene pendiente.

Causas del bloqueo mental

  • Miedo a las consecuencias. Muchas elecciones pueden rectificarse o revertirse fácilmente, pero otras no. O, si es que se puede, generan una gran pérdida de tiempo y dinero.
  • Miedo al fracaso. A nadie le gusta decir que se ha equivocado y a veces el orgullo es una piedra en el camino del elector eficaz.
  • Falta de coraje para entrar en acción. Pasar del pensar al hacer es un paso que genera incomodidad en más de uno. Entonces suelen decidir no hacer nada o posponen el asunto para más adelante.

Guía para aprender a decidir

El mejor método es poner todo por escrito y comparar las opciones. La mayoría de las elecciones se resuelven con dos soluciones contrapuestas.

  1. Dividir una hoja en blanco en dos columnas con una línea vertical en el medio. Luego, colocar en la parte de arriba las dos opciones que se van a comparar (si hay más de dos, colocar las dos más diferentes, el resto serán pequeños matices).
  2. Primero, anotar las ventajas o desventajas de cada una.
  3. Después, puntuar cada ítem con un número de 1 a 5, siendo 1 poco o nada importante y 5 muy importante. Cabe aclarar que los conceptos de “importancia” o “no importancia” son totalmente subjetivos y dependen del elector. Por ejemplo, para alguien que está decidiendo cambiar de trabajo, viajar 2 horas hasta la oficina puede no molestarle, pero a otro sí, y entonces usarán diferentes valores. Además, depende también del momento que está viviendo quien elige, porque puede prescindir de tiempo libre a cambio de más dinero y luego, más adelante, preferir pasar más tiempo con sus hijos a expensas de un ingreso menor.
  4. Por último, sumar el total de los números en ventajas o desventajas.
  5. La solución es matemática pura: el número más alto en ventajas o más bajo en desventajas inclinará la balanza.

Cómo ayuda la intuición

Otro método que funciona muy bien es intentar relajar la mente en el proceso de decisión. Muchas de las mejores ideas y creaciones han surgido cuando la persona dormía, meditaba, se daba un baño de inmersión o simplemente se desconectaba del problema en sí y ocupaba la mente en otra cosa. Otras veces, al permitir que actúe la intuición, las respuestas aparecen más claras que nunca. Y todo eso se consigue dando un respiro a las neuronas.

Ya sea de manera matemática o intuitiva, tomar decisiones no tiene que ser difícil o estresante. Se debe recordar que lo peor es dilatar la toma de decisión y la puesta en acción de lo decidido, ya que eso tiene como consecuencia la falta de energía.

Así que, ¿qué decides?