Es duro enfrentarse al público. Si ya lo es teniendo vocación de actor más aún cuando no se tiene. En este último caso, no obstante, el conocimiento de algunas técnicas actorales puede jugar un papel importante en la preparación de una presentación cara al público.

Sin embargo, sea cual sea el tipo de actuación, tanto si se es profesional de la escena como si no, tanto si se trata de un trabajo regular como de una actuación puntual, un buen punto de partida para ir perdiendo el miedo es no crearse falsas expectativas. Cuando nos invade el pánico tendemos a anticipar mentalmente situaciones desagradables. Pero el miedo llega a más: consigue que las exageremos. Y llegado este punto estamos predisponiéndonos tanto que ya comenzamos a cometer errores mucho antes de la aparición en público. No podemos dejar que esta situación irreal que nosotros mismos hemos creado nos bloquee.

Concentrarse en lo importante

Hay mucho trabajo por hacer y no es conveniente estar con el ánimo trastocado. Hay que centrarse en las cosas importantes y reales. Quizás haya que preparar el material necesario, ampliar información, memorizar textos, ensayar frente al espejo, etc. En cualquier caso, hay tantas cosas por hacer que uno no se puede permitir el lujo de amedrentarse ante algo que solo vive en nuestra imaginación y que solo está ahí para molestar.

Por tanto, la atención debe ponerse en las cosas que verdaderamente pueden ayudar a que nuestra actuación sea un éxito. Son éstas en las que deberemos centrarnos, alejando así otros pensamientos que solo pueden hacernos daño. Es importante recapacitar y concluir que la diana de nuestra acción no se encuentra en nuestro interior, sino fuera. Nuestro blanco es la audiencia, hacia ella es a la que debemos dirigir nuestros esfuerzos. Por tanto, el hecho de que nuestro trabajo vaya enfocado hacia algo externo minimizará nuestras preocupaciones puesto que, a partir de aquí, no estaremos centrados en nuestro miedo ni todo lo que éste conlleva sino que el foco de atención estará en intentar complacer al público. Se trata de un ejercicio de altruismo que redundará en el beneficio de todos. No se trata de anteponer los demás a uno mismo. Es dejar de estar tan pendiente de uno hasta el punto de la obsesión que es, al fin y al cabo, lo que nos produce gran tensión.

Si bien una visualización previa nos ayudará a calmarnos y a predisponernos positivamente hay que ser consciente de que puede que tengamos que enfrentarnos a aspectos que se escaparán de nuestro control. El público es uno de ellos.

La respuesta del público

Es lo que más puede llegar a preocupar cuando nos enfrentamos a una aparición en público. El feedback, como también se le suele llamar, es lo que atormenta a muchos antes de actuar. ¿Cómo reaccionará la audiencia?, ¿les gustará?, ¿se reirán de mí?... y tantas otras dudas que nos asaltan antes de llevar acabo si quiera una pequeña acción.

La respuesta del público es sencillamente imprevisible, no podemos anticipar cuál será, así que lo mejor es no obsesionarse con ella.

El arte de la improvisación

No obstante, ante la posibilidad de vivir situaciones que no tenemos previstas y que pueden hacer peligrar nuestra actuación, puede resultar muy útil ejercitar la improvisación. La capacidad de improvisación queda demostrada cuando se logra gestionar con destreza la intrusión de algo no planeado. Aunque elevar la improvisación a la categoría de arte puede sonar exagerado es innegable que quien posee esta cualidad posee un don para adaptarse a una gran variedad de situaciones.

Improvisar no es más que salirse de un guión preestablecido sin que nadie se de cuenta o sin que esto afecte al transcurso natural de la actuación. Supone incluir "novedades" que enriquecen un discurso sin por ello dejar de transmitir el mensaje original. La base de la que parte es la capacidad de escuchar lo que sucede a nuestro alrededor e integrarlo fácilmente en nuestra acción si con ello conseguimos captar la atención de los oyentes. A veces hay que utilizar esta herramienta por necesidad y a veces sale espontáneamente sin ninguna pretensión.

Nadie puede anticipar que sucederá "el día de" pero lo que es incuestionable es que a mayor preparación menor será el riesgo de que la actuación salga mal. Concentrarse en lo relevante y no situarnos en el centro de la vorágine que genera el miedo así como ejercitar nuestra capacidad de adaptarnos a los imprevistos serán los aliados perfectos para una buena consecución de los objetivos que se persigan con la aparición en público.