Según la ley de la gravitación universal de Newton, “cualquier cuerpo con masa ejerce una fuerza de atracción sobre otro objeto, directamente proporcional a la masa de ambos e inversamente proporcional a la distancia”. Esto implica que dos planetas se atraen mutuamente, pero también que, del mismo modo en que nuestro planeta nos atrae, nosotros atraemos a nuestro planeta. La diferencia está en que pesamos mucho menos que la Tierra, y la fuerza que ejercemos sobre ella es prácticamente nula.

Sin embargo, cuando estudiamos masas de mayor tamaño, (como la de la Luna y la del Sol), el efecto que tienen sobre la Tierra sí es apreciable. En el primer caso, el astro rey es el causante del desplazamiento de nuestro planeta a su alrededor, y, por ende, de las distintas estaciones del año. En el segundo caso tenemos el movimiento de la Luna alrededor de la Tierra, y las mareas.

Cuál es el origen de las mareas

Para entender mejor el fenómeno que origina las mareas, vamos a suponer una luna estática, lo cual es una buena aproximación durante 24 horas.

El agua de los océanos se siente atraída por la Luna, lo cual provoca un “abombamiento” en la zona que se encuentra bajo ella: es la pleamar o marea alta. Esta perturbación se “refleja” en el otro lado del planeta, de manera que en las antípodas de una marea alta habrá otra marea alta.

Al producirse estos abombamientos, el agua situada entre ambos puntos sufre un descenso: es la bajamar o marea baja.

Ahora bien, la Tierra gira sobre sí misma. Y esto hace que el punto que se encuentra más cerca de la Luna sea otro al cabo de cierto tiempo. De manera que la pleamar se desplaza a este nuevo punto. El efecto es que la marea “cambia”, aunque un observador que se encontrara sobre la superficie lunar, siempre vería una marea alta bajo él. Este es el motivo por el que una pleamar se repite cada 12 horas (lo que tardan las antípodas del punto original en situarse bajo la Luna y viceversa).

Mareas vivas y mareas muertas

Hasta ahora hemos supuesto que la Luna permanecía estática, pero sabemos que no es así: gira alrededor de la Tierra, y esta, a su vez, gira alrededor del Sol. Pues bien, la Luna es la principal causa de las mareas, pero el Sol también contribuye a su intensidad (solo a la intensidad, puesto que se encuentra a una distancia mucho mayor que la Luna). Cuando los dos se encuentran en línea, sus efectos se suman y se producen lo que se denominan “mareas vivas”. Son unas mareas especialmente intensas (mareas altas más “altas” y mareas bajas más “bajas”). Sin embargo, cuando ambos se encuentran formando un ángulo recto, sus efectos se restan y se producen las “mareas muertas”, cuyos efectos son los opuestos a los de las mareas vivas: son mareas bajas más “altas” de lo normal, y mareas altas más “bajas”. Entre estos dos puntos extremos se dan muchas variaciones, lo cual explica por qué no todas las mareas son iguales. Estudiando los movimientos de la Tierra con respecto al Sol y de la Luna con respecto a ambos, se pueden predecir (y de hecho se hace), las horas de las pleamares y de las bajamares y su intensidad.

Efectos de resonancia en las mareas

La posición de los astros no es la única causa de las distintas mareas que se dan en el mundo. El tamaño de las masas de agua tiene mucho que ver (en masas de agua de pequeño tamaño como lagos o embalses, la marea no es apreciable). Es lo que ocurre en el Mar Mediterráneo: al ser un mar tan pequeño, las mareas son también pequeñas.

Además, el relieve de las orillas puede afectar a la intensidad de las mareas. Algunas cuencas actúan como enormes amplificadores, haciendo que el efecto sea mucho mayor de lo esperado. Es lo que se denomina “efecto de resonancia”. La pleamar de mayor tamaño del mundo es producto de este efecto, y se da en la Bahía de Fundy, en Canadá. Allí la diferencia entre la bajamar y la pleamar puede llegar a ser de 19 metros. Y en Rance, en el norte de Francia, se aprovecha la enorme diferencia entre mareas para producir energía.