El estado de locura o exaltación suprema nunca llega de improviso a la vida de nadie. Lo que se entiende por locura es un proceso lento, que va dejando rastro de sus avisos desde mucho tiempo antes de manifestarse. La enfermedad mental es la respuesta que el individuo muestra ante el dolor y la desesperación.

Predisposición genética y golpes de la vida

Se dice que los avatares de la existencia desgastan a cada ser en una medida o en otra, y en ese desgaste, las células nerviosas que despliegan su sensibilidad ante el mundo externo, sufren la carga más importante. Hay individuos que están más predispuestos genéticamente a acelerar este proceso, y ante ciertas vicisitudes de su mundo cotidiano, se sienten atrapados y responden ante lo que para ellos es un ataque externo, con un fuerte golpe de defensa que se parece a la ira, o con una absoluta evasión. Esta ira extrema o esta evasión que lleva a una fantasía desbordada, es lo que el mundo llama locura.

Para los psiquiatras, la enfermedad mental de cada paciente dependerá de los síntomas concretos que presente o del cuadro de gravedad. Así, según su criterio, etiquetan con nombre y apellidos los distintos tipos de dolencias según su patología, y hablan de esquizofrenia, trastorno bipolar, ansiedad, depresión, amnesia, demencia, y un buen número de diagnósticos más, que van a parar todos en lo que humanamente conocemos como trastornos o enfermedades de la mente. Detrás de todos ellos se esconden siempre dos fantasmas: miedo y dolor.

Trastornos pasajeros y trastornos graves

No hay una edad determinada para entrar en estos estados. Tampoco está nadie libre. La depresión la padecen hombres y mujeres de cualquier edad, habiendo personas que han presentado un fuerte cuadro de esquizofrenia en su edad madura cuando lo normal es que esta enfermedad haga su presentación en la juventud.

Los trastornos menos agresivos son los más comunes. Una depresión puede llegar por cuestiones de trabajo, falta de salud, aparición de la vejez o un desorden sentimental. En cambio los trastornos más graves aparecen más bien por cuestiones genéticas, entre los 17 ó 18 años, cuando el individuo se enfrenta cara a cara con la vida. Es el momento crucial, en el que, como una crisálida, debe abandonar su traje de niño, para conquistar un reino, aquel en el que enfrentará su propia lucha contra la lucha que libra a su vez, el mundo exterior.

Los síntomas del desorden

El primer síntoma percibido es precisamente que no se puede expresar lo que pasa con claridad. Un dolor profundo y una ansiedad que aparece y desaparece, acompañan a la persona tanto de día como de noche; el sueño se despide de la mente y una acelerada crisis interna cubre de dudas al individuo, paralizando ideas y sentimientos, armándole en guerra contra sí mismo y contra el exterior.

El bloqueo y la confusión pasan a ocupar la totalidad del pensamiento y es el momento crucial en el que surgen las primeras alucinaciones, el sonido de voces y ecos, el viaje hacia la fantasía desbordada porque lo que se siente ya no se soporta más. Es el caos, la completa evasión, el desdoble de la personalidad.

Robo de pensamiento, confusión y dolor

El pensamiento propio se camufla detrás de otro pensamiento y los desórdenes que se suceden son los monstruos que se despiertan cuando la razón no sirve ya para nada. Podría decirse que se trata de la defensa que tiene el cerebro cuando tiene demasiada información recibida desde el exterior. Demasiado dolor le ensombrece, le eclipsa, y hace brotar un conflicto de guerra ante el cual no se tienen armas para luchar.

El individuo queda disminuido; se abre la fantasía; se dan rienda suelta a los miedos, que muestran con nueva forma, otro matiz de la realidad.

Imágenes y visiones como en los sueños

Las imágenes de los sueños son parecidas a los estados de la locura. Son proyecciones de duras preocupaciones, de deseos frustrados, de temores reproducidos en un lenguaje desconocido, aunque no por ello, menos real.

El paciente vive con tal intensidad estos hechos, que en ese momento los cree como auténticos. Cuando tiene una visión, lo que le preocupa no es el hecho de tener esa visión, sino, lo que la visión en sí le está transmitiendo a su mente. Cuando está escuchando el eco de su voz, le preocupa lo que esa voz le dicta, sin pararse a pensar de dónde sale esa voz.

A partir de ahí ya todo es perderse. Confusión total de la que cuesta tiempo y entusiasmo despertar. Es un viaje que la mente realiza como una defensa interior cuando ya no reconoce sus enigmas y, como el sueño, habla un lenguaje distinto pero, no por ello, ni menos humano, ni menos auténtico, aunque no sea, lo que vulgarmente se llama real.

La entrada en la locura es un viaje desesperado, cuando todo es negro, hacia la libertad.