El problema del acoso escolar es un tema que preocupa cada vez más a la sociedad. Sin embargo, la tasa de incidencia en los centros educativos no es tan alarmante como a simple vista puedan transmitir los medios de comunicación. Esto no significa que no haya que volcar todos los recursos necesarios para afrontar dichas situaciones ante el menor indicio, como es obvio, sino que hay que tener en cuenta que afortunadamente no es lo habitual.

A veces, los conflcitos entre el alumnado se tachan rápidamente de acoso escolar cuando en numerosas ocasiones son roces normales fruto de la interacción social que los niños deben aprender a resolver de manera autónoma y, por tanto, sin la intervención del adulto. Es importante estar alerta, pero no por ello alarmarse ante la más mínima confrontación, pues los niños pueden aprender a utilizar esta, a veces, excesiva preocupación de los padres para llamar la atención de estos. Por ello, lo primero que hace falta es clarificar qué se entiende por acoso escolar.

¿Qué es el acoso escolar?

Según la normativa vigente en Castilla La Mancha, "se considera que existe maltrato entre iguales cuando un alumno o alumna se ve expuesto de forma repetida y durante un tiempo, a diferentes formas de acoso u hostigamiento por parte de un compañero o grupo de compañeros de manera que la víctima se encuentra en situación de inferioridad respecto al agresor o agresores". Como ya se ha dicho anteriormente, es conveniente no confundir esta definición con otras agresiones esporádicas u otras manifestaciones violentas fruto de los conflictos típicos que surgen entre los niños y que no suponen inferioridad de uno de los implicados en el suceso.

Por lo tanto, para poder hablar de maltrato como tal o de acoso escolar, es necesario que estén presentes ineludiblemente las siguientes características:

  • Intención clara y deliberada de hacer daño físico o psicológico. Es decir, es algo que implica cierta premeditación, no es simplemente el fruto directo de la rabia provocada durante una discusión o una pelea puntual.
  • La reiteración de dichas conductas, es decir, que se reproduzcan con cierta periodicidad y durante determinado tiempo.
  • Desequilibrio de poder que impide a una de las víctimas salir por sí misma de la situación. Suele darse un componente colectivo o grupal en las distintas formas de maltrato. Por lo tanto, una de las partes se encuentra en situación de indefensión.
¿Qué se puede hacer para prevenir estas situaciones? Aunque no existe una fórmula exacta, a continuación se ofrecen algunas recomendaciones que es preciso tener en cuenta para lograr una prevención primaria activa desde la más tierna infancia.

Prevención primaria como herramienta clave

A veces resulta complicado saber cómo se pueden prevenir este tipo de situaciones en la escuela. Sin embargo, atendiendo al sentido común, resulta que no es tan difícil. Las familias pueden contribuir de manera vigorosa a través de la puesta en práctica de algunas medidas. En primer lugar, es fundamental que el niño sea educado bajo un clima democrático, en el que se le pongan límites claros que le dan seguridad, en el que se le escuche y en el que prime la negociación y el diálogo como modo habitual de comunicación y de resolución de conflictos. Esto generará una autoestima positiva y una confianza en sí mismo necesarias para enfrentarse a los avatares de la vida. Además, es de vital importancia asignarle responsabilidades y enseñarle a asumir las consecuencias de sus acciones para favorecer su maduración personal.

En segundo lugar, es importante que en el hogar haya tiempo para contar las cosas que han ocurrido cada día. Muchas veces, por culpa del ritmo vertiginoso en el que se mueve la vida de gran parte de la sociedad, no hay tiempo apenas de conversar con los hijos. Otras veces, se conversa, pero sin estar presente una auténtica escucha activa por parte del adulto. Esto provoca que, en última instancia, los niños consideren que no vale la pena hablar sobre la forma en la que se va desenvolviendo su día a día.

En tercer lugar, conviene acostumbrar al niño desde pequeño a que resuelva sus conflictos con la menor interferencia posible del adulto. Esto ayuda a que genere estrategias para afrontar los problemas y resolverlos, lo que favorece su independencia, le ayuda a ganar seguridad y potencia el desarrollo de un autoconcepto ajustado.

Finalmente, la comunicación fluida con el centro educativo y los profesores es una baza imprescindible que hay que jugar. Esto servirá para hacer un contraste de la información que el niño o sus amigos puedan facilitar a los padres. No se trata de acudir al colegio o instituto para hacer reproches, sino para buscar soluciones conjuntas. Además, la familia no debe olvidar que los profesores también persiguen el mismo fin que ellos, que no es otro que proporcionar a los niños la mejor educación y la mejor atención posible.

Entre el colegio y la familia debe sugir una férrea alianza para resolver el problema cuando la prevención primaria ha fallado o ha sido insuficiente, y dicha alianza sólo surge cuando los canales de comunicación están abiertos y se da una mutua confianza entre todas las partes implicadas.