Un experimento realizado por los neurobiólogos Sally y Bennett Shaywitz, de la Universidad de Yale, Estados Unidos, demostró que hombres y mujeres utilizan diferentes partes del cerebro al pensar y percibir. Mediante imágenes por resonancia magnética (IRM), lograron tomar fotografías del cerebro de hombres y mujeres, y se detectó que se “encendían” distintos lugares del cerebro en ambos sexos.

Los dos científicos presentaron a dos grupos de 19 hombres y 19 mujeres una serie de palabras y les pidieron que las hicieran rimar. Lógicamente, al ser todos diestros, fue la zona izquierda la que se activó. Sin embargo, apareció una diferencia: en once de las diecinueve mujeres, se encendió otra región en el lado derecho, dando a entender que la actividad cerebral de la mujer era menos lateral, menos simétrica. A la actividad del hemisferio izquierdo, considerada tradicionalmente en los diestros como sede del lenguaje, de la aritmética, de la lógica analítica y del razonamiento, las mujeres añadieron una zona derecha, en la que normalmente predomina el campo visual, de lo espacial, el tratamiento de la información y, quizás, el de la emoción. Es decir, al carácter racional del lenguaje, la mujer añadiría un velo de emoción, de sensibilidad.

Nuestro cerebro, escaneado

Gracias a la evolución de las tecnologías, los investigadores observan hoy nuestro cerebro en plena acción y localizan con extremada precisión las zonas activadas por los recuerdos, el miedo, el lenguaje, la imaginación o el dolor. Los mapas cerebrales han descubierto las áreas del cerebro implicadas en las distintas funciones.

Los recuerdos

Es un hecho conocido por los especialistas que existen dos memorias. Por ejemplo, algunos amnésicos que no recuerdan ningún suceso ni información ligados a su historia personal conservan una memoria intacta de todo lo que aprendieron durante su educación. La conclusión es que hay que distinguir la memoria episódica, autobiográfica, y la memoria semántica, cultural.

Se sabía de la existencia, pero estaban pendientes la localización de las dos entidades y la demostración de que cada una de ellas se activa en un área específica del órgano.

El Instituto de Neurología de la Universidad de Londres inició una serie de experimentos que suscitaban alternativamente en el sujeto recuerdos personales y culturales para comprobar tanto la memoria autobiográfica como la memoria cultural semántica. Comparando las imágenes obtenidas, se localizaron las respectivas áreas de ambas. Estos resultados tienen, además, un gran interés terapéutico. En la medida en que los farmacólogos conocen las sustancias que actúan sobre tal o cual parte del cerebro, podemos tener la esperanza de curar mejor las regiones que fallan desde el momento en que están localizadas.

El “tercer ojo”

Como si fuera un tercer ojo, el cerebro es capaz de recrear lo que previamente se le ha hecho observar. Científicos y filósofos se plantearon hace años su existencia. Ahora ya se conoce con exactitud.

Las técnicas de imagen neurofuncional han permitido confirmar intuiciones formuladas hace varios siglos. René Descartes, en el siglo XVII, para describir los procesos de imaginación y, sobre todo, de las imágenes mentales, había pensado en un “tercer ojo” capaz de observar en la conciencia humana, una especie de máquina que ve los paisajes y las escenas inventadas por nuestro cerebro.

Hoy, cuatro siglos después, los especialistas confirman la existencia de un tercer ojo. El lóbulo occipital es la zona del cerebro que se activa cuando deseamos recrear en nuestra imaginación una imagen después de memorizarla. Es decir, sin mirar, se ve con la mente.

Esquizofrenia

La esquizofrenia no es un defecto anatómico, sino funcional. Cuando un esquizofrénico cree oír voces, no se trata más que de su propio murmullo, que no reconoce. Curiosamente, también tiene bloqueada el área que se activa en busca de las palabras. El paciente experimenta dificultades para encontrar las palabras y su mutismo de debe a una dificultad funcional y no a su voluntad de callarse.

Dolor

El sufrimiento no corresponde a una única región cerebral, sino a una red que implica al tálamo, al cíngulum y al córtex frontal. Una vez registrada por el tálamo, la sensación en orientada por el cíngulum y luego hacia el córtex frontal. Solo entonces esa sensación se convierte en dolor. A partir de ahí, se dice que hay dos tipos de tratamientos para aliviar el dolor. Una es investigar sobre sustancias farmacológicas que influyan sobre el cíngulum y acaben en su origen, en la naturaleza misma del dolor. Por otro lado, se puede tratar mediante psicoterapia. Se puede intentar influir sobre el cíngulum, que funciona como un selector de asociaciones, para que no oriente la sensación hacia el dolor, sino hacia algo positivo. Un ejemplo muy sencillo: se puede enseñar a asociar el calor con el sol, más que con el ardor. En Gran Bretaña, algunos estudios han demostrado que estos entrenamientos podrían aliviar mucho el sufrimiento.

Un órgano con una enorme capacidad de adaptación

Nacemos con un número determinado de neuronas, aunque las últimas investigaciones demuestran la capacidad del cerebro de autorrepararse en determinadas circunstancias. En caso de lesión, el cerebro puede desplazar sus funciones de una parte a otra del córtex. En casos extremos, hay niños que consiguen vivir una vida normal con un solo hemisferio.

Cuando un hemisferio se lesiona, el lado opuesto del cuerpo se paraliza. Ahora bien, en determinados casos, el cerebro trasfiere sus funciones desde la parte destruida hasta el hemisferio sano para recuperar el uso del miembro paralizado.