Cuando una persona experimenta interés sexual, su tono muscular se altera, como si el cuerpo realizase acopio de energías como preparación. El acto de atildarse se hace más abiertamente: los hombres se ponen derecha la corbata o tiran hacia arriba del cinturón, y las mujeres se pasan la mano por el cabello o alisan la falda. La sincronización de los gestos constituye un indicativo eficaz que conviene vigilar a la hora de ejercer el juego de la seducción. Indica una analogía de actitudes; de hecho, nos sentimos más próximos a las personas que suponemos similares a nosotros mismos que a las que no parecen serlo.

Por su parte, cruzarse de brazos se interpreta como un gesto defensivo, aunque algunas personas lo hacen cuando se interesan por lo que están escuchando; en ese caso, el gesto suele ir acompañado de una ligera inclinación de cabeza. En cuanto a las mujeres, se dice que adoptan la postura de «brazos sueltos» con las personas que las agradan, y que generalmente se cruzan de brazos cuando se sienten incómodas, intranquilas, o en compañía de alguien que les resulta antipático.

En lo que respecta a la autoconfianza, esta se demuestra con una postura erguida y la cabeza ligeramente levantada; por el contrario, la inseguridad, depresión o vergüenza se detectan fácilmente en la postura agachada, el cuerpo encorvado, los hombros caídos y la barbilla inclinada.

Sin embargo, no debemos olvidarnos de la colocación. Según donde una persona se sitúe respecto a las personas con quienes está dice mucho de cuál es su rango en esa circunstancia. En situaciones de competencia, la gente normalmente se encara directamente, mientras que en situaciones de cooperación optan por situarse una junto a otra.

Espacio personal

Algo que dice mucho sobre nuestra manera de relacionarnos es hasta qué punto permitimos a las personas invadir nuestro espacio personal. Al amante se le permite una proximidad extraordinariamente cercana (si no se produce, la pareja pensará que algo va mal), mientras que los extraños han de mantenerse a una distancia prudencial. Si un desconocido, o alguien que nos desagrada o no nos inspira confianza, intenta aproximarse demasiado, retrocederemos con objeto de mantener una distancia prudencial. Los policías se aprovechan de la proximidad como una treta para intimidar al sospechoso.

Probablemente, uno de los problemas más frecuentes del lenguaje corporal es el de detectar la mentira, pues un gesto aislado no proporciona evidencias concluyentes. No obstante, hay gestos más comunes cuando una persona intenta deliberadamente engañarnos. Por ejemplo, rascarse o tocarse un lado de la nariz, pasar el dedo por el cuello de la camisa, manosear el collar, frotarse un ojo, humedecer los labios, agarrarse a los brazos de la butaca, o tamborilear los dedos sobre la mesa. Las investigaciones también demuestran que, cuando la gente está mintiendo, en general habla menos, o más despacio que en una conversación normal, y confunden algunas palabras; asimismo, es menos probable que usen el contacto, y ni siquiera se aproximan demasiado.

Centrándonos en la utilización del lenguaje corporal para atraer a miembros del sexo opuesto (o del mismo, según gustos), conviene decir que la gente que nos mira nos parece más atractiva que la gente que evita nuestra mirada, de manera que si una persona desea ganarse el interés de otra deberá mirarla tan franca y frecuentemente como crea que esa persona puede soportar. Las personas que sonríen a menudo y tienen modales afectuosos, francos y amigables son más atractivas que las otras; de manera que, si deseamos despertar el interés de alguien, debemos dejar que nuestro propio interés se manifieste en su cara y en su sonrisa.

Postura

Otra recomendación es que, cuando hablemos con una persona que consideramos atractiva, procuremos no adoptar una postura defensiva, como la de las piernas o los brazos cruzados. Conviene hacer uso de tantos ademanes amigables como se pueda sin llegar a caer en la exageración, inclinar levemente la cabeza hacia un lado cuando se hable y asentir para dar a entender que comprendemos y animamos a continuar. Si se está sentado, inclinarse ligeramente hacia nuestro interlocutor para demostrar nuestro interés.

Cuando se trata de hablar, la gente atractiva tiende a hablar más que la que no lo es; pero, si lo que pretendemos es captar el interés de una persona, debemos dedicar tanto tiempo a hablar como a escuchar, y no hablar demasiado ni muy deprisa. El tono de voz ha de ser agradablemente bajo, pero comprensible, sin hablar tan bajo como para que nuestro interlocutor tenga que esforzarse tanto que llegue a sentirse irritado y deje de atender.

Finalmente, si deseas conocer mejor a una persona, ésta se sentirá mucho más a gusto cuando llegue el momento de sincerarse y revelar cómo es si la animas empezando por revelar un par de cosas de ti mismo; pero no hay que caer en la tentación de abrumar a esa persona con demasiada información personal de buenas a primeras, pues así sólo se conseguirá su rechazo. Para sincerarse, hay que elegir el momento oportuno, y las personas deben hacerlo consecutivamente, revelando cada cual un poco de sí misma por turnos.