Clara Campoamor nace en el madrileño barrio de las Maravillas, en el actual barrio de Malasaña, en 1888. De familia humilde, hija de un contable y una modista, pierde a su padre a los 13 años. Tras ello comienza a trabajar en diferentes trabajos, hasta que consigue una plaza en el Cuerpo de Correos y se traslada a San Sebastián.

Mi ley es mi lucha”

En 1914, con 26 años, consigue la plaza número uno de la oposición para profesora de adultas pero, como no tenía Bachillerato sólo puede ser mecanógrafa, lo que la lleva al diario “La Tribuna”, lugar que cambia su vida. Su puesto de secretaria del director le pone en contacto con gente de todos los ámbitos de la sociedad del momento. La política comienza a resultarle interesante y, en unos pocos años, consigue una Licenciatura en Derecho. Se convierte en 1925 en la primera mujer que intervino ante el Tribunal Supremo.

De ideología de izquierdas, funda la Unión Republicana Feminista, para trabajar por el voto femenino. Su ideal era la total equiparación legal de los sexos, sin que ninguno prevalezca sobre el otro, ni siquiera cuando la beneficiada sea la mujer. Participa también en la Liga Femenina por la Paz. Mantiene una gran actividad como conferenciante en la Asociación Femenina Universitaria y la Academia de Jurisprudencia, defendiendo siempre la igualdad de la mujer y la libertad política.

Por sus ideales republicanos, rechaza en 1927 la Cruz de Alfonso XIII, que se le otorga por su Premio Extraordinario.

Tras la sublevación de Gabriel y Galán en Jaca de 1930, se pone al frente de la defensa de los imputados, entre los que estaba su propio hermano Ignacio.

República. República siempre”

Tras el triunfo republicano en 1931, es elegida diputada por Madrid. Se convierte así en una de las primeras mujeres en obtener escaño, junto con Victoria Kent (conservadora) y Margarita Nelken (socialista) por el Partido Radical al que consideraba “republicano, liberal, laico y democrático”.

Como parte de la Comisión Constitucional se esforzó en cambiar las cosas para las mujeres: igualdad de los hijos dentro y fuera del matrimonio, la no discriminación por sexo, el divorcio y el sufragio femenino.

Se hace conocida después de defender en sus importantes casos de divorcio de Concha Espina de Ramón de la Serna y Josefina Blanco del dramaturgo Valle- Inclán.

Por el derecho al voto de la mujer se enfrenta en las Cortes a Prieto, Azaña, incluso a su propio partido. Eran famosos en esos días sus debates con la diputada Victoria Kent (La Clara y La Yema para la prensa de la época).

De su discurso ante las Cortes para la discusión de la aceptación del voto femenino destaca su claridad de ideas y su forma de expresarlas: “me siento ciudadano antes que mujer… sería un error político dejar a la mujer al margen de este derecho”.

Su propio partido (El Partido Radical) votó en contra, así como otras diputadas mujeres como la socialista Margarita Nelken. Su miedo, que las mujeres votaran atenazadas por el miedo o las creencias religiosas y se decantaran por posiciones conservadoras.

Tras una apretada victoria por 161 votos a favor y 121 en contra, se aprueba el derecho al sufragio universal, lo que implicaba el derecho de las mujeres a votar. Así, el artículo 36 de la Constitución Española de 1931 recoge que: “los ciudadanos de uno y otro sexo, mayores de 23 años, tendrán los mismos derechos electorales…”. Hasta entonces, las mujeres sólo podían ser elegidas, no electoras.

Cuando en el año 1933 los conservadores de la CEDA ganan las primeras elecciones con voto de las mujeres, se le culpa de la derrota puesto que se la considera la cabeza visible de la derrota de las izquierdas. De esa acusación generalizada se defendió en el Heraldo de Aragón, dando su visión del descalabro de los partidos de izquierdas. Para Campoamor, gran crítica de la época en la que vivía, el gobierno de la República falló, entre otras cosas, en la reforma de la Ley Agraria, pieza angular de las reformas emprendidas en esos años.

Durante la Rebelión de Asturias en 1934, se traslada a Oviedo para socorrer a los hijos de los mineros muertos o heridos. Allí toma plena conciencia de los desmanes para controlar a los sublevados, se opone fuertemente a ello y abandona el Partido Radical.

Cuando estalla la Guerra Civil Española (1936) se exilia en París (Francia), de donde acaba marchando a Buenos Aires (Argentina), donde se dedicará a escribir biografías, entre las que destacan las de Concepción Arenal y Quevedo. Después de algún intento fallido por volver a la España de Franco, se instala finalmente en Lausanne (Suiza) en 1955, donde muere en 1972.

Se muestra muy crítica con la República y con la posterior etapa franquista: “creo que lo único que ha quedado de la República fue lo que hice yo: el voto femenino”. En su libro “El voto femenino y yo. Mi pecado mortal” define lo que, para ella, significó el fracaso del ideal republicano: un sistema democrático que acabó arrasado por los fanatismos a izquierda y derecha.

Aunque se la identifica habitualmente con el Partido Socialista, nunca militó en él y se enfrentó varias veces a ellos, sobre todo a las mujeres socialistas de su época, que consideraban que las mujeres no debían tener ese derecho al voto. Según ella misma defiende en su libro “La Revolución española vista por una republicana”: “estoy tan alejada del fascismo como del comunismo”.

Luis Español, uno de los mayores conocedores de la figura de Campoamor asegura que: “toda su vida trabajó, no vivió de los bienes saqueados por Negrín. Si fuera estadounidense habría ya decenas de películas sobre ella”.

Luchadora infatigable por la igualdad de derechos, es considerada una de las madres del feminismo español. Defendió hasta el final la emancipación y liberación de la mujer, siendo el derecho de sufragio para las mujeres su mayor logro.