El citomegalovirus acostumbra a atacar las glándulas salivales, y aunque no representa un peligro para la mayoría de las personas sanas, sí puede serlo para los fetos o para aquellas personas que sufren inmunodeficiencia.

Los estudios demuestran que un alto porcentaje de la población ha estado infectado alguna vez por el citomegalovirus, pero en la mayoría de casos tan siquiera se presenta síntoma alguno. Los niños, sobre todo los que están en guarderías, jardines de infancia o centros similares, tienen mayores probabilidades de contagiarse con el citomegalovirus. Los síntomas, parecidos a los de una mononucleosis, no duran más de unas pocas semanas. Una vez se ha contraído la infección el virus permanece indefinidamente en el cuerpo en estado latente.

Contagio del citomegalovirus

Una persona infectada por el citomegalovirus, ya sea actualmente o hace tiempo, puede contagiar el virus a otra persona, aun en el caso de que no presente síntomas. Sin embargo, para que el contagio prospere es necesario un contacto bastante íntimo. El citomegalovirus se puede transmitir a través de la saliva, la leche materna, los fluidos vaginales, el semen, la orina y las heces.

En el caso particular de la lactancia no se aconseja que la madre deje de amamantar al bebé, ya que los beneficios de la leche materna son superiores a los riesgos de un posible contagio. Por otra parte, aunque el contagio se produzca, hay pocas probabilidades de que progrese. La sangre también es otro vehículo para el contagio del citomegalovirus, por lo que las transfusiones y hemoderivados, así como en el caso de los órganos trasplantados, suponen un factor de riesgo.

Sintomatología de la infección por citomegalovirus

Los síntomas por la infección del citomegalovirus son muy variables, dependiendo de la edad, del estado de salud y de cómo se haya producido la infección.

Si bien es verdad que los bebés que nacen infectados por este virus raramente presentan síntomas, algunos pueden desarrollar ciertos problemas de tipo neurológico, visual o auditivos a lo largo del tiempo. Los recién nacidos también pueden contraer la enfermedad en el parto o a través de la leche materna –obviamente si la madre está infectada–. Estos bebés tampoco suelen presentar síntomas, aunque un pequeño porcentaje puede desarrollar neumonía, erupciones cutáneas, hepatitis y ser más propensos a padecer trastornos neurológicos y evolutivos en el futuro.

En niños mayores y adolescentes, los síntomas del citomegalovirus se asemejan a los de la mononucleosis, destacando la fatiga, cefaleas, dolores musculares, fiebre e hígado y bazo hinchados. Se trata de síntomas leves que no suelen ir más allá de las dos o tres semanas.

Diagnóstico y tratamiento de la infección por citomegalovirus

Por lo que respecta a las personas sanas no se contempla ningún tratamiento específico.

En los casos de mayor gravedad el médico puede optar por cultivos de muestras de la garganta, orina, sangre u otros tejidos con el objeto de detectar el virus. Otra medida que se aplica es el control de los niveles de determinados anticuerpos del sistema inmunitario que, además de indicar la presencia del citomegalovirus, a la postre, serán los encargados de combatir el virus.

En cuanto a los pacientes en situación de riesgo –recién nacidos, receptores de trasplantes de órganos y personas sometidas a un tratamiento para el cáncer o con trastornos inmunitarios como el sida–, deberán tratarse con medicación antiviral administrada por vía intravenosa, aunque en el caso de la población infantil debe administrarse con precaución debido a los efectos secundarios.

Citomegalovirus y embarazo

El citomegalovirus puede ser la causa de un parto prematuro o bien provocar el nacimiento de bebés con bajo peso. Más excepcionalmente pueden producirse enfermedades serias o incapacidades permanentes. El citomegalovirus puede transmitirse durante el embarazo por vía transplacentaria, por la ingestión de secreciones infectadas en el nacimiento o a través de la lactancia.

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