El término cirrosis se empleó por vez primera en 1805 por el médico francés René Laënnec –inventor del estetoscopio–. El nombre, que traducido del griego hace referencia al color amarillo anaranjado, fue acuñado por Laënnec cuando estudiaba la cirrosis hepática, observando la presencia de unos gránulos amarillentos en el tejido hepático, debido a la intervención de pigmentos biliares.

La progresión de la enfermedad hace que el hígado se vaya deteriorando. El tejido sano, al ser sustituido por tejido cicatricial, bloquea parcialmente la circulación de la sangre en el hígado, deteriorando a su vez su capacidad para controlar las infecciones, eliminar las toxinas de la sangre, procesar los nutrientes, hormonas y fármacos, fabricar proteínas y producir bilis que ayude a absorber las grasas –incluido el colesterol– así como las vitaminas solubles en grasas.

A partir de los datos aportados por la OMS se sabe que anualmente pierden la vida 27.000 personas a causa de la cirrosis hepática en los países desarrollados, siendo esta la doceava causa de muerte por enfermedad. En España padecen esta enfermedad 4 de cada 10.000 personas, la mayoría debido al abuso del alcohol. Su incidencia es algo superior en hombres que en mujeres.

Etiología de la cirrosis hepática

Existen varias causas susceptibles de generar una cirrosis, no obstante, las más comunes son el alcoholismo o la hepatitis C crónica. En el caso del alcohol están en riesgo aquellas personas que consumen una gran cantidad durante un largo periodo de tiempo, aunque también hay que considerar las variaciones que existen de una persona a otra.

La hepatitis C se transmite por contacto con la sangre de otra persona infectada. Esta enfermedad provoca daño e inflamación en el hígado, pudiendo causar, con el tiempo, cirrosis.

La hepatitis B y D pueden también degenerar en una cirrosis, al igual que la hepatitis autoinmune, que afecta en un porcentaje considerablemente superior a las mujeres.

La enfermedad del hígado graso no asociada con el alcohol provoca un aumento de grasa que igualmente puede terminar desarrollando una cirrosis. Esta afección hepática tiene mucho que ver con la obesidad, la diabetes, la desnutrición proteica, los corticosteroides o enfermedades de las arterias coronarias.

Las enfermedades que dañan o destruyen las vías biliares también son susceptibles de ocasionar cirrosis.

Algunas enfermedades hereditarias que de un modo u otro interfieren en el buen funcionamiento del hígado son otras de las causas de la cirrosis. Algunas de estas enfermedades son la fibrosis quística, la enfermedad de Wilson, la hemocromatosis o la galactosemia, entre otras. Y finalmente, medicamentos, toxinas e infecciones, bien por reacciones o por exposición prolongada, pueden terminar también causando cirrosis.

Sintomas o signos de la cirrosis

Los síntomas de la cirrosis se van presentando gradualmente, a medida que se ve comprometido el hígado y sus funciones. Entre las más destacables están:

  • Náuseas y vómitos.
  • Dolor abdominal.
  • Confusión mental.
  • Impotencia.
  • Hemorragia nasal o encías sangrantes.
  • Heces de color claro.
  • Vasos sanguíneos rojos y en forma de araña.
  • Edema y ascitis.
  • Debilidad general.
  • Pérdida de peso.
  • Ictericia.

Diagnóstico y tratamiento de la cirrosis

Para el diagnóstico de la cirrosis se efectúan pruebas como el conteo sanguíneo completo, pruebas de la función hepática, resonancia magnética, tomografía computarizada y ecografía del abdomen. Finalmente, una biopsia del hígado servirá para confirmar la presencia de la cirrosis.

El tratamiento debe empezar por el cambio de hábitos, como la eliminación del consumo de alcohol, la reducción de sal en la dieta o una buena alimentación. Dependiendo de las complicaciones, el tratamiento deberá adaptarse, como el uso de diuréticos y la restricción de agua y sal en los casos de ascitis, antibióticos en el caso de las infecciones, hemoderivados o vitamina K cuando se presente una coagulopatía, lactulosa para la encefalopatía hepática, betabloqueantes o nitrato para la hipertensión portal o endoscopia digestiva alta en el caso de las varices esofágicas sangrantes.

El trasplante de hígado será necesario cuando el tratamiento se muestre insuficiente para hacer frente a las complicaciones, como por ejemplo cuando la cirrosis progresa a enfermedad hepática terminal.

Medicamentos para la cirrosis

A pesar de que la cirrosis no puede curarse, hay medicamentos para controlar la causa subyacente y prevenir un posible daño hepático. También pueden prescribirse para tratar los síntomas o las complicaciones de la cirrosis.

Por lo que se refiere a las causas están medicamentos antivirales como alfa-interferón, ribavirina o lamivudina. Entre los corticosteroides está la prednisona. Y entre los agentes quelantes de metal, la penicilamina, la deferoxamina y la trientina.

Por lo que se refiere a las complicaciones están los diuréticos como la furosemida, la bumetanida, la clorotiazida, la hidroclorotiazida, la amilorida y el triamtereno. Para la vitamina K está la fitonadiona. Entre los laxantes tenemos la beta-galactosidofructosa y como antihipertensivos, el atenolol, nadolol, propranolol, metopropol y timolol.

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