Se marchó para siempre, angustiado, con un terrible sentimiento de derrota. Tenía 71 años y había hecho mucho por hallar una felicidad plena, por huir de un pasado tenebroso en el que la víctima y el verdugo pertenecían al sexo femenino.

Tennessee Williams, el mayor autor teatral de la historia de Estados Unidos, poeta de enorme talento, llevaba tiempo manteniendo económicamente a su hermana ingresada en un psiquiátrico, a pesar de sus múltiples crisis emocionales y económicas, pero ya no la visitaba; ella no le reconocía y no podía tolerar ese sufrimiento. Años atrás había muerto su pareja durante 14 años, un hombre más joven que le ayudó a encontrar fascinantes momentos de reencuentro con las mejores cosas de la vida.

Crónica de sus grandes amores

Su primer éxito fue El zoo de cristal, 1945 -llevada al cine en 1950 y en 1987-, donde ya desarrolla temas que le perseguirán toda su vida: una familia disfuncional bajo el dominio de la madre, una hija débil, enfermiza, y un hijo que las mantiene económicamente pero que necesita volar con alas propias. No se trata de una historia absolutamente real, sino de una obra de alta tensión emocional, cuyas raíces reales eran mucho más dramáticas, pues incluían padre alcohólico agresivo y una represión sexual asfixiante.

Esta es una crónica in memoriam de T. Williams concentrada en sus dos mayores amores: dos personas por las que hubiera dado su vida: su hermana Rose y su pareja durante 14 años, Frank Merlo.

Rose, la hermana adorada

Rose Williams quedó disminuida mentalmente tras la lobotomía que le fue practicada en 1943; murió el 4 de septiembre de 1996, a los 87 años de edad; llevaba en esa situación desde los 25 años, y la noticia apenas traspasó las paredes de la Bethel Methodist Home (en Ossining, Nueva York), un edificio de ladrillo rojo en lo alto de una colina.

Había sido víctima de la decisión de su madre ante la conducta "trastornada" que no convenía a sus intereses puritanos. Eran tiempos en los que la decisión de un familiar adulto bastaba para aplicar esos métodos. Es el tema principal de otra de sus grandes obras, De repente, el último verano, clave en la historia del teatro y del cine.

El patronato que el dramaturgo dejó constituido a su muerte en 1983 -con toda su herencia: una fortuna más los derechos de autor que seguiría produciendo-, se encargó de que a Rose Williams no le faltase nada: todos los días recibía un ramo de sus flores preferidas, tenía enfermeras las 24 horas, muebles confortables, mucha luz, un ambiente aniñado y ensoñado con una gran fotografía sobre el televisor con su actor favorito, Tristan Rogers, de su serie preferida, Hospital general, en la que encarnaba a un médico cariñoso y sabio.

El poeta Williams había escrito: "Rose. Su cabeza cortada abierta. Una navaja punzando en su cerebro. Yo. Aquí. Fumando". Un poema que revela el dolor que le supuso la operación a la que su hermana dos años mayor fue sometida, al parecer sin conocimiento del dramaturgo y con la sola autorización de su madre, Edwina Dakin (quien siempre tuvo la certeza de que su hijo jamás la perdonó).

En la biografía Tom, el desconocido Tennessee Williams, Lyle Leverich retrata el sofocante ambiente habitado por los hermanos, ambos vírgenes con 24 y 22 años, bajo la presión puritana de la madre, dueña de una personalidad bipolar, y el temor a un padre tan violento como psicológicamente débil (T. Williams acabaría descubriendo su homosexualidad y Rose entraría en un declive psicótico consecuencia de su sexualidad frustrada).

"Tom [Tennessee] había idolatrado a su hermana desde que era un niño, y disfrutaba con cualquier imagen de ella", escribe Leverich, para quien "con el tiempo se fue desvelando que el amor que sentían Tom y Rose el uno por el otro fue el más profundo de sus vidas".

En sus Memorias, T.W. habló muy claro: "Mi madre y mi abuela materna eran incapaces de sospechar los peligros a los que nos enfrentábamos por el hecho de tener la sangre turbulenta de nuestro padre. Energías irreconciliables luchaban por la supremacía dentro de nosotros. La paz no podía conseguirse nunca: como mucho una especie de armisticio, de fuego latente alcanzado tras numerosas batallas".

Búsqueda desesperada del amor

Esa violencia interior, la represión, la aspiración delirante a la santidad, la histeria, los tranquilizantes, la opresión ambiental y el fracaso de los débiles desprotegidos forman parte de los rasgos con los que Tennessee Williams dibujó algunos de sus mejores personajes. Varios de ellos se inspiraron en su hermana Rose, sobre todo Laura en El zoo de cristal, pero también Blanche du Bois en Un tranvía llamado deseo (actualmente en gira por España en una excelente versión), Hannah Jelkes en "La noche de la iguana" y Alma Winemiller en "Verano y humo".

Prácticamente en cada obra de Williams pueden seguirse las huellas de su hermana, en personajes principales o secundarios. En otro poema le habla en medio de la noche: "¿Quién vendrá, temprano y suavemente, a tranquilizar mi casa / mientras ando por las habitaciones en sombra con el corazón abrumado?".

Un amigo, un amante, un gran amor

Frank Merlo era hijo de sicilianos; había servido en la Marina de los EE.UU. en la Segunda Guerra Mundial. Tenían muchas cosas en común, además del pleno entendimiento en sus relaciones sexuales. Les unía un gran sentido del humor, y Frank, más joven, gobernaba con delicadeza los cambios de ánimo de su compañero. En 1948, Williams estrenó "La rosa tatuada", vivamente inspirada en este amor por un hombre, aunque en la obra se trata de una pasión hetero en la vida de una familia de inmigrantes sicilianos.

Merlo fue confidente y asesor artístico, así como un socio en varios negocios. Lo compartían todo. El dinero nunca fue un problema entre ellos, y tampoco el éxito enorme de Williams. En una ocasión, en una cena con mucha gente, el magnate de Hollywood Jack Warner le hizo una pregunta clave a Frank, "¿Y usted qué hace, joven?", y Merlo respondió: "Yo sólo sueño con el Sr. Williams".

Después de 14 años juntos, Merlo murió de cáncer de pulmón; Williams lo cuidó hasta el último minuto; su espíritu y creatividad fueron devastados por su pérdida. Williams padeció una depresión que duró diez años. Su recuperación fue más aparente que real, ya que se mantuvo en pie con psicofármacos alternando con altas dosis de alcohol.

El genial dramaturgo pasó sus últimos años en amarga crisis, pero nunca perdió el norte: dejar a su hermana el dinero necesario para mantenerla lo mejor posible en una habitación de amplios ventanales donde la habían echado a vivir-morir durante más de 60 años, y donde cada día recibió un ramo de sus flores preferidas.