Quien más quien menos experimenta celos en algún momento de su vida con relación a su pareja. Por una parte es una respuesta lógica y razonable cuando existe el amor y ese sentimiento no traspasa ciertos límites. En una relación de pareja la sensación de pertenencia es una de los pilares que la cohesionan, de ahí que los celos surjan como respuesta a que esa necesidad corra algún peligro.

Los celos, hasta cierto punto, pueden observarse como un aspecto positivo. Podría decirse que tal sentimiento viene a demostrar que uno es importante para el otro; de lo contrario solo habría indiferencia o, sencillamente, no habría pareja. Ahora bien; cuando los celos se anteponen a cualquier razonamiento para convertirse en la primera opción ante cualquier sospecha, muchas veces sin el menor fundamento, es cuando surge el problema: los celos patológicos.

Entre la pertenencia y la posesión

Aunque cada pareja es un mundo, en general no cabe imaginar una relación de pareja sin el nexo que supone el sentimiento de pertenencia; saber que cuentas con el otro, que eres lo más importante y, sobre todo, que es recíproco y voluntario. Pero la pertenencia es una cosa y la posesión otra muy distinta.

La posesión implica un pensamiento rígido donde no tiene cabida el razonamiento lógico; la pareja es interpretada y asumida como una propiedad, como algo que se cosifica y que nos pertenece como si de un objeto se tratara. El Dr. Héctor Castillo hace un retrato de esta realidad al manifestar que: “cuando una persona siente celos, es porque ve a su pareja como algo que le pertenece. Los celos surgen porque dejamos de ver a nuestra pareja como un sujeto y lo empezamos a ver como un objeto de nuestra propiedad. Sin embargo los celos y la infidelidad no son propios del ser humano, sino que son conductas aprendidas”.

El miedo a la pérdida y la autoestima

Habría que preguntarse porque unas personas sienten un tipo de celos que podríamos considerar normales y, en cambio, otras experimentan celos enfermizos que, a la postre, pueden acabar destruyendo la pareja.

Probablemente, en el fondo, subyace un miedo irracional a la pérdida y una inseguridad latente que puede afectar a todos los ámbitos de la persona o, en ocasiones, solo a las relaciones de pareja. Los celos no son innatos; de ahí que las experiencias vividas en el pasado o incluso en la infancia, como postulaba Freud, pueden determinar el futuro comportamiento de una persona con respecto a su pareja. En este sentido, tratar de evitar o prevenir una situación indeseable del pasado, que muchas veces es inconsciente, lleva al individuo a situarse justo en el polo opuesto, hasta provocar lo que, precisamente, se trataba de evitar a toda costa.

También parece claro que ese temor irracional tiene mucho que ver con la autoestima. Situar a la pareja en el eje de la propia existencia hasta el punto de pensar que sin esta ya no hay nada, denota un problema que tiene mucho que ver con el auto concepto; con el valor que se otorga a uno mismo. Y es que solo se puede amar de verdad cuando uno empieza a amarse a uno mismo.

Celotipia; una enfermedad real que requiere tratamiento

Los celos patológicos, sin duda, constituyen una enfermedad de carácter psicológico. Se reconocen porque en la mayoría de ocasiones son infundados y, aún en el caso de que lo sean, no se manejan con un mínimo de racionalidad, sino que se convierten en una obsesión, haciendo ver al que los padece todo tipo de indicios en el comportamiento de su pareja que, por más inocentes que estos sean, siempre terminan reafirmando sus sospechas.

Los síntomas del celoso patológico abarcan la victimización, culparse uno mismo y a la pareja, comportamientos hostiles o agresivos hacia el supuesto rival, sea real o imaginario, y toda una serie de sentimientos negativos que deterioran progresivamente la relación hasta acabar con ella en muchos casos.

El peor enemigo de un celoso es su propia imaginación. Esa realidad imaginaria puede convertirse en un comportamiento enfermizo. A partir de ahí, y como sucede con muchas enfermedades, no es fácil salir de ellas sin una ayuda profesional. Sin embargo es frecuente que la persona afectada no quiera reconocer su problema. Reconocerlo, en muchos casos, supone reconocer muchos aspectos de uno mismo que tienen raíces muy profundas e implicaciones que no se quieren enfrentar.

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