Horacio Castellanos Moya nació en 1957 en Tegucigalpa, Honduras. Criado en El Salvador, ha vivido desde 1979 en varias ciudades de América y Europa, en particular en la Ciudad de México, donde ejerció el periodismo durante doce años. De 2004 a 2006 residió en Frankfurt, Alemania, como escritor invitado por la Feria Internacional del Libro de esa ciudad. Ha impartido clases en la Universidad de Pittsburgh, Pennsylvania, y en otras universidades estadounidenses, y ha sido investigador invitado en la Universidad de Tokio, todas actividades que le resultan interesantes y divertidas, «entre otras cosas porque nunca terminé las dos carreras universitarias que comencé, en El Salvador y en Toronto, Canadá, así que como autodidacta que sobrevive a tantos torbellinos es una satisfacción muy grande que tanta gente considere que tengo cosas que enseñarles».

Las heridas abiertas de la memoria

Es autor de diez novelas, de las que siete han aparecido en Tusquets Editores, han sido traducidas a varios idiomas y han alcanzado un destacado éxito de crítica internacional. Sus relatos se reunieron en el volumen «Con la congoja de la pasada tormenta». En 2009, la versión en lengua inglesa de su novela «Insensatez» mereció el XXVIII Northern California Book Award.

En El Salvador vivió desde los 4 años a los 21, luego anduvo mucho mundo, y sin embargo sus obras están marcadas a fuego por los trágicos episodios de ese país que padeció el tormento de guerras explícitas (diez años de guerra civil) y no declaradas, pero lacerantes, a causa de un feroz abuso de poder de la clase dominante. Cuando le preguntan al respecto, contesta con claridad: «Mi mundo narrativo parte de las heridas de mi memoria, y las heridas que aún supuran me fueron producidas mientras viví en el país o mientras mantuve una relación intensa con él».

La barbarie contada por un hombre corriente

«Yo no estoy completo de la mente, decía la frase que subrayé con el marcador amarillo, y que hasta pasé en limpio en mi libreta personal, porque no se trataba de cualquier frase, mucho menos de una ocurrencia, de ninguna manera, sino de la frase que más me impactó en la lectura realizada durante mi primer día de trabajo (...) Yo no estoy completo de la mente, decía la frase que subrayé con el marcador amarillo, y que hasta pasé en limpio en mi libreta personal (...) Yo no estoy completo de la mente, me repetí, impactado por el grado de perturbación mental en el que había sido hundido ese indígena kaqchikel testigo del asesinato de su familia...».

Así comienza «Insensatez», una novela que tiene el color y el paisaje de la barbarie cometida por la oligarquía sobre los indígenas y la izquierda de América Latina. Aunque aquí palpita El Salvador, en el ambiente se refleja perfectamente una criminalidad propia de toda Hispanoamérica, algo común en toda la obra de Castellanos Moya, quien a menudo esgrime el humor blanco o negro que surge de la vida cotidiana, las necesidades más rudimentarias de personajes que atraviesan tragedias ajenas pero que también necesitan vivir su propia vida, sus pasiones sexuales y sus frustraciones, en una especie de carnaval surrealista que, sin embargo, surge de la propia cotidianidad, como si la vida imitara al arte y la ficción fuera una pesadilla de la que es difícil despertar.

«El vikingo», ex luchador al servicio de las fuerzas del orden

«La sirvienta y el luchador» entrelaza las historias de varios personajes cuyas relaciones forman un microcosmos donde lo más entrañable se codea con la ferocidad de "agentes del orden" que actúan con implacable primitivismo para defenderse de una rebelión en la que coincide el afán de justicia con ciega desesperación. Además, «La sirvienta y el luchador» culmina un ciclo de novelas («Donde no estén ustedes», «Desmoronamiento» y «Tirana memoria»), peculiar saga de personajes y situaciones entrelazadas en la que cada novela tiene vida propia.

"La sirvienta y el luchador" empieza exhibiendo al ex luchador envejecido y enfermo, comienzo de una serie de trepidantes acontecimientos con creciente protagonismo de María Elena, la sirvienta leal y valiente que se mete en aprietos en medio de una incipiente guerra civil:

«Todos quieren enviarlo al hospital o a su habitación o a la morgue, a donde sea. Sacarlo de circulación, como si ya no sirviera, como si no hiciera bien su trabajo, como si en nada fuera útil su experiencia, como si ser el más viejo no tuviera valor.

Le gustaría ver a uno de esos recién llegados recibiendo sus morongazos, a puño limpio, incluido ese capitancito Villacorta, su nuevo jefe. Si lo hubieran visto luchar en la Arena Metropolitana cuando derrotó al Hijo del Santo, si lo hubieran visto machacar a sus contrincantes con el candado al cuello y la quebradora, sus llaves favoritas, le tendrían más respeto. Sus primeros jefes en la policía siempre iban a verlo y se sentaban en primera fila, frente al cuadrilátero.

Camina lentamente, atento a la inminente contracción de sus tripas, bajo el solazo maldito. Por suerte el Palacio Negro está a sólo dos calles. Echa un vistazo a sus espaldas, a la acera de enfrente: nadie lo sigue. Un autobús pasa zumbando cerca de la cuneta. Escupe hacia donde pasó el autobús; la baba amarga, purulenta. Y quién se cree esa Gorda: ¿su madre?, ¿su mujer?, ¿qué le pasa? Tiene que estar muy mal para aguantarle a esa fofa los consejos que nunca le ha aguantado a nadie. Lo que le faltaba.

Entonces lo paralizan el retortijón, el escalofrío, la náusea. Tiene que llegar hasta los baños del Palacio Negro. Pero no llegará; se apoya en la pared: vomita. Y entre arcada y arcada echa un ojo a su alrededor. Lo último que quisiera es que en esas condiciones lo sorprendieran por la espalda. Que ahora ni cerca del Palacio Negro se está seguro, que los cabroncitos pasan ametrallando como si estuvieran de fiesta».

Horacio Castellanos Moya, un gran escritor afincado en un estilo que domina de manera excepcional, entre el monólogo fluido, donde combina tiempos reales y rica imaginación con una plasticidad asombrosa, y una gran habilidad coloquial. En cualquier caso, toda su obra es un testimonio de situaciones políticas primitivas que perviven en el siglo XXI, y a la vez, relatos apasionantes, llenos de furia, humor y lirismo.