El carnaval es una fiesta que, como muchas otras, hunde sus raíces en el paganismo, cuando el hombre vivía apegado a un contacto mayor con la naturaleza y la observación de los ciclos naturales tenía una mayor importancia para la vida cotidiana e incluso para la supervivencia del individuo y la colectividad.

Orígenes paganos del Carnaval

Las primeras manifestaciones del Carnaval se hunden en la noche de los tiempos, ya que, tal como lo conocemos hoy día aparece su celebración en los comienzos de la Edad Media, pero, muchas fiestas de culturas precristianas tienen la misma raíz aunque no hayan sido denominadas como Carnaval. Las Bacanales romanas o las celebraciones en torno al dios Apis egipcias, arrancan exactamente del mismo significado y la puesta en escena de la fiesta tampoco difiere demasiado de nuestro Carnaval.

El Carnaval en sí, como estas pioneras celebraciones paganas, celebra el invierno en el momento en el que, desde el interior de la tierra, comienza a germinar la semilla que después eclosionará en un vergel, consagrándose así la primavera.

El Carnaval y la Semana Santa

Según los ciclos vitales, esta culminación irrumpe con la primera luna llena de esta estación, cuando todo lo que germinó en el interior se presenta ante la vista y una nueva generación de flores, frutos, brotes de árboles y plantas, eclosiona. Por eso su gran simbolismo es el huevo, la llegada de la Pascua, con todo su colorido y vitalidad.

Los cristianos han transformado enormemente el significado de estos rituales y han hecho coincidir la fiesta de la primavera con la celebración de su Semana Santa. Bajo un entramado triste se encierra un hermoso simbolismo de primavera, el de la muerte de un año de frutos resurgiendo o resucitando en el brote siguiente, un nuevo año de vida que surge del anterior. Con la muerte del hombre, hijo de Dios, resucita la divinidad, es decir, el ciclo eterno continúa, muriendo lo concreto para generar vida eterna que eternamente se reproducirá.

Don Carnal y doña Cuaresma

Ante estos acontecimientos, el carnaval cobra un significado religioso. Cuarenta días antes de esta irrupción de la luna llena, o de la Semana Santa cristiana, muere el carnaval. Con su fin, con el entierro de la sardina, se inicia el período de la Cuaresma. Coincide con el miércoles de ceniza cristiano, en el que se recuerda que todo fue polvo y en polvo se convertirá.

Este período es un período de reflexión, es el tiempo de espera en el que los nuevos brotes van germinando hasta la eclosión, un período que se opone a la voluptuosidad de los brotes transformados.

Por eso en el Carnaval hay una transformación, la semilla se convierte lentamente en otra cosa, flor, fruto, animal, y este es el significado que da explicación al disfraz. Hay que invertir el orden, disfrazarse de lo que no se es, dar paso a la alegría y a la fiesta que se opone a la Cuaresma. De esta simbología da muchos testimonios la literatura, como en el Libro de Buen Amor con las brillantes y simpáticas disputas entre don Carnal y doña Cuaresma.

El Carnaval por el mundo

Hay muchas y variadas formas de celebrar el Carnaval atendiendo a la manera de sentirlo, organizarlo, o incluso a la misma climatología. Desde los voluptuosos desfiles de las tierras cálidas como Río de Janeiro en Brasil, Tenerife, o Gran Canaria, hasta los profundos carnavales de Galicia, el País Vasco o Castilla, donde el disfraz se alía con la crítica mordaz. En Cádiz son del mismo estilo las murgas que cantan las chirigotas, donde no se deja títere con cabeza, ni propia ni ajena, a la hora de criticar.

El Carnaval de Venecia

Hay carnavales con personalidad desbordante, como el de Venecia, en el que la belleza se engalana en disfraces maravillosos, con una elegancia y delicadeza extrema, como en ningún otro carnaval del mundo. El frío y la humedad de los canales de la ciudad obliga a su exhibición en suntuosos palacios privados, aunque para regocijo de todos los que la visitan por esas fechas, los disfrazados se dejan ver entre los puentes y entre las callejas todos los días, y en el brillante desfile de la Plaza de San Marcos se vive un momento espectacular.

La calle y la música como su esencia

La languidez, el atrevimiento, la belleza desnuda, el arte, la bohemia, la música atronadora y espectacular del Carnaval de Nueva Orleans, las calles de las que se apodera el deseo desnudo y el sueño, componen el abanico del Carnaval. Cada tierra y cada habitante lo vive de la manera que más le place.

En un mes donde el frío quiere abandonar pero aún no lo hace, donde los días, ya despertando, aún no terminan de despertar, donde la noche se disfraza con sus charcos helados, de una nostalgia infinita, el Carnaval irrumpe, como una luna gigante, llenando el alma oscura de luz.