Para el diseñador Philip Treacy, Carmen Dell´Orefice es "una leyenda viva, una de las mujeres más bellas del mundo". El ilustrador de moda David Downton declara que "es el Taj Mahal de la belleza. Trabajar a su lado es recibir una “master class”". El diseñador Stéphane Rolland alaba sus "rasgos fuertes, el dramatismo de su figura… Ella personifica el glamur eterno. Es delicada e intensa". Según el fotógrafo y bloguero Ari Seth Cohen, Carmen es "increíblemente atractiva e intuitiva".

¿Quién es esta modelo que, a sus 80 años, sigue protagonizando reportajes en las mejores revistas de moda?

“Tienes orejas de Dumbo"

Carmen nace en 1931; su padre es un violinista italiano y su madre una bailarina húngara, de ellos hereda su aire bohemio. La relación de sus padres es tormentosa, marcada por rupturas y reconciliaciones continuas, por lo que Carmen a veces vive en casas de acogida o con otros parientes.

En 1942, se traslada a vivir a Nueva York con su madre, una mujer que ambiciona que su hija triunfe en el ballet (Carmen castigó sus articulaciones haciendo puntas y hoy padece las secuelas en forma de una grave artritis). Es muy severa con su hija: “Tenía la mano larga”… “A mi madre no le gustaba la forma en que mi cuerpo se estaba formando. Me decía que tenía las orejas de Dumbo y los pies como raquetas de tenis. Me hacía reproches continuos. Fui una niña triste. Sólo quería que mi madre me quisiese”.

Un viaje en autobús

Una mañana, Carmen se dirige en autobús a su clase de ballet en Manhattan. La mujer del fotógrafo Herman Landschoff, de la revista Harper´s Bazaar la observa atentamente. Antes de bajar, le tiende a Carmen un papel con un número de teléfono. Landschoff le hace unas pruebas que su revista rechaza, por no considerarla fotogénica. El fotógrafo, convencido de su potencial, llama a las puertas de Vogue.

En 1946, con sólo 15 años, Carmen firma un contrato con la revista por 7,50 dólares a la hora. Un año después, es portada de Vogue, caracterizada como Caperucita Roja (fue una de las modelos de portada más jóvenes de la revista, al igual que Brooke Shields o Niki Taylor). Con el tiempo, protagonizaría otras cinco portadas.

Carmen Dell´Orefice rompe moldes en el mundo de la moda

Carmen, lejos de la imagen de las pin-ups de la época, se anticipa a su tiempo, encarnando un nuevo canon de mujer. Posa para los más grandes: Richard Avedon, Cecil Beaton, Helmut Newton o Irving Penn; incluso desnuda para Salvador Dalí: “Lo de Dalí fue de lo más inocente. Le estoy agradecida porque con ese dinero pude ir al Instituto". Y costearse la ortodoncia.

El fotógrafo Horst P. Horst tiene que rellenar su cuerpo con papel para las sesiones de fotos. Sin embargo, su delgadez no es fruto de la anorexia: está malnutrida. Su madre y ella tienen lo justo para vivir: trabajan como costureras, carecen de teléfono (Vogue enviaba mensajeros a su casa) y Carmen acude patinando a sus citas de trabajo, para ahorrar el dinero del transporte.

A pesar de su temprano éxito, la agente Eileen Ford le da de lado y la revista Vogue también. Empieza a trabajar en catálogos y lencería (a 300 dólares la hora) y se une a la agencia de modelos Ford.

Carmen Dell´Orefice, el ave fénix de la moda

Después de su tercer matrimonio, retoma su carrera como modelo. En los años ochenta, pierde gran parte de sus ahorros en la bolsa, viéndose obligada a subastar sus famosas fotos en Sotheby´s. En 1993, comienza una relación con Norman F. Levy, amigo de Bernard Madoff, a quien confía su dinero.

En 2008, Carmen se da cuenta de que ha sido estafada: “Por segunda vez en mi vida, he perdido todos mis ahorros. ¿Arruinada? De acuerdo. No es la primera vez. Saldré adelante. Tuve la suerte de crecer durante la Depresión. Aprendimos algunas cosas básicas entonces".

El secreto de belleza de Carmen Dell´Orefice

Luce con orgullo canas y arrugas. Nunca ha pasado por el quirófano. Confiesa que su único secreto de belleza es un ungüento que los veterinarios utilizan para lustrar las crines de los caballos e hidratar las ubres de las vacas. Pero más allá de la genética o la pomada para caballos, en su mirada misteriosa se atisba su fuerza interior: "Soy una persona positiva. Pongo al mal tiempo buena cara o, al menos, lo intento. Me encanta vivir… No me considero una víctima. Miro lo que puedo cambiar y cómo puedo hacer las cosas de otra manera".

Y, a pesar de seguir siendo un icono, no olvida sus orígenes humildes ni adopta poses de diva: “Intento ser consecuente con los años que tengo sin hacer el ridículo y llevo ropa que me sienta bien a un precio que puedo pagar. Porque ¿quién se compra de verdad esos vestidos tan caros?" Y desafía con elegancia el paso del tiempo: "La edad no es más que un número que no me hace sentir mejor ni peor. Importa más la actitud que tengas ante la vida".