Siempre buscaron para vivir lugares bajos y templados como las costas y los valles de los ríos. Nunca se unificaron bajo ningún tipo de organización política o social y cada aldea tenía costumbres diferentes, jerarquías propias y hasta distintas expresiones religiosas.

Los grupos más importantes

Los pueblos más destacados entre la gran familia de caribes colombianos fueron los Muzos, que se ubicaron entre los ríos Magdalena, Sogamoso, Ermitaño y Suárez; los Pijaos habitaron en los actuales departamentos de Tolima y Caldas; los Panches vivieron entre los ríos Negro, Guarimó, Coello y Fusagasugá; los Quimbayas se establecieron en el departamento de Quindio, y los Motilones, cuyos descendientes siguen viviendo hoy en día a orillas del río Catatumbo. Todos ellos eran nómadas, tanto que algunos de estos grupos fueron los caribes que llegaron, tras atravesar el continente, a formar parte de los indios antillanos. Tan sólo los Quimbayas se volvieron sedentarios y consiguieron grandes adelantos en las artes de la cerámica y la orfebrería.

En cuanto a sus características físicas, puede decirse que eran corpulentos y musculosos, de mayor tamaño que el de los chibchas, de nariz aguileña y facciones más finas. Algunas tribus acostumbraban a deformarse el cráneo, las orejas, los brazo o los pies.

Forma de vida

El vivir siempre cerca del mar y las cuencas fluviales los convirtió en expertos navegantes y pescadores, pero también eran grandes cazadores y cultivaban algodón, ñame, yuca, maíz, tabaco y frutas.

La orfebrería caribe alcanzó una gran perfección en el acabado y la originalidad. Grupos de la familia caribe como los Quimbayas, los Pijaos, los Panches y los Muzos fueron grandes maestros en estos trabajos. También consiguieron unas piezas bellísimas en alfarería; pero, sobre todo, fue en la preparación de venenos en lo que no fueron superados por ninguna otra colectividad indígena. Sus flechas resultaban fatales no sólo por la punzada sino por el curare en el que iban untadas. El curare era una mezcla de hierbas tóxicas y de jugos de animales ponzoñosos. También preparaban veneno a partir de una glándula de una especie de rana. Quien era alcanzado por tales sustancias sufría dolores terribles, convulsiones, asfixia, paros cardiacos y paralización del sistema nervioso.

Guerra, comercio y religión

Los caribes eran valerosos guerreros y opusieron una enorme resistencia al dominio español. Usaban como armas flechas incendiarias y otras envenenadas. Asistían al combate adornados con penachos de plumas y, durante la guerra, que para ellos formaba parte de la vida, ponían en práctica costumbres feroces como la antropofagia y la reducción de cabezas de los enemigos muertos, sin que perdieran sus facciones naturales, tal y como es común entre los Jíbaros de Ecuador. Lucían collares de dientes humanos y celebraban banquetes con prisioneros engordados en jaulas. La ofrenda preferida de sus dioses era el corazón sangrante de sus adversarios.

Los caribes solían andar desnudos. Como mucho, los hombres se cubrían con un pequeño taparrabos y las mujeres con una falda de algodón y, a veces, con una manta. Ambos sexos se pintaban el cuerpo caprichosamente y lucían todo tipo de adornos en nariz, orejas, cuello, labios, brazos, etc.

Los caribes desarrollaron también relaciones comerciales. Se transportaban velozmente sobre sus piraguas y cambiaban perlas, caracoles, esmeraldas, tabaco y algodón por mantas, plumas y alimentos. Algunas tribus comerciaban también con oro y cerámica.

Adoraban al Sol, la Luna, las estrellas y las piedras. También veneraban a los muertos. Sus brujos, médicos y chamanes se llamaban mohanes y eran los encargados de llevar a cabo las ceremonias. La religión no les imponía ningún freno de tipo moral a su comportamiento, lo que sin duda influyó en el temor que inspiraban a las tribus vecinas que eran testigos de su libertinaje.