Ya desde el Neolítico el ser humano reconoció la superioridad de las fuerzas de la naturaleza. La necesidad de un mediador con aquellos grandes poderes y las características que hacían de la mujer un sujeto mágico, determinaron la creación del concepto de hechicera.

¿Y cómo no elegir a la mujer para que fuera la intermediaria? Algo misterioso había en ellas; no sólo tenían ciclos menstruales acompasados con los ciclos lunares, si no que poseían la asombrosa capacidad de dar a luz y de amamantar al recién nacido.

La Diosa madre

Durante el Paleolítico, bajo el mandato del dios Cornudo, se habían hecho pequeñas figuritas de mujeres sin rostro, con prominentes pechos y grandes caderas. Eran representaciones de la Magna Madre que para el Neolítico, con la aparición de la agricultura, se multiplicaron y alcanzaron su auge.

La diosa encerraba en su gran vientre los misterios de la vida y los secretos de la tierra que proveía los frutos. Sus representantes directos eran la mujeres y fue a ellas a quienes se les reveló la agricultura.

Las hechiceras y el conocimiento de las plantas

Los conocimientos sobre las plantas fueron haciéndose cada vez más sofisticados, especialmente los usos medicinales. La población femenina por los embarazos, los partos y las enfermedades de los niños, requería de una variedad de curas. Pero como toda medicina, las plantas utilizadas de cierta manera podían sanar, y utilizadas de otra forma podían matar.

La mujer había estado convirtiéndose en un sujeto demasiada poderoso para ser confiable. El conocimiento pasaba de madres a hijas y de maestras a discípulas.

El manejo de las plantas podía incluir recetas anticonceptivas o abortivas. Claramente el asunto se estaba convirtiendo en una amenaza contra los intereses del patriarcado que necesitaba el mayor número posible de hijos para multiplicar la mano de obra.

Hechiceras y sus poderes

Eventualmente, ya para los tiempos de los griegos, los conocimientos anticonceptivos comenzaron a considerarse malignos y trasgresores. Las mujeres poseedoras de esa sabiduría fueron llamadas hechiceras.

Pero las hechiceras hacían mucho más que anticonceptivos. Sus poderes habían llegado a ser tan grandes que conseguían incluso cambiar el rumbo de los astros. A diferencia de las sacerdotisas, no estaban regidas por una organización religiosa. Las hechiceras curaban o mataban a placer, atraían a los espíritus de los muertos si querían y dominaban los destinos de los vivos.

Si bien su mala fama y la desconfianza que inspiraban fue creciendo con el paso del tiempo, nunca ninguna de ellas llegó a ser víctima de la persecución y tortura que más tarde padecieron sus herederas, las brujas.

Inquisición, herejía y brujas

A través de Roma el cristianismo fue expandiéndose hacia toda Europa y las religiones previas, la religión olímpica, la céltica y la escandinava, fueron transformándose en clandestinas.

Fue en el siglo XIII que nació la Inquisición. Inicialmente estuvo destinada a ocuparse sólo de los herejes. Pero para el año 1484, Inocencio VIII emitió una bula contra las brujas y la brujería. El Papa encargó a dos inquisidores, Heinrich Kramer y Jacob Sprenger, que actuaran con severidad contra ese mal que azotaba a Europa.

Unos años más tarde, obedeciendo al Papa, Kramer y Sprenger publicaron el Malleus Maleficarum o Martillo de las brujas, un tratado que delimitaba las características de las brujas e instruía acerca de cómo tratarlas.

El diablo

La principal característica de una bruja, especificaba el Malleus Malleficarum, era el pacto que había celebrado con el diablo. La bruja por sí misma carecía de poder, su magia provenía en su totalidad de su alianza con el Maligno.

Las brujas, a diferencia de las hechiceras, se reunían en los aquelarres, donde realizaban toda suerte de prácticas aberrantes, desde la orgía hasta el canibalismo.

El diablo les otorgaba sus herramientas, principalmente sus animales “familiares”. Sapos, gatos, lechuzas, ratones o perros que eran encarnaciones de un demonio menor destinado a ayudar a la bruja en la realización de sus hechizos.

Lunares; la marca del diablo

La manera de reconocerlas, como lo explicaba el Malleus Maleficarum, era a través de la marca que el diablo les producía durante su iniciación, la llamada “marca de la bruja”. Esta marca podía ser un punto insensible al dolor o una variante de cualquier tipo en la textura o pigmentación de la piel, incluso un lunar.

Toda bruja conocía las artes de la hechicería, el uso de las plantas o de las partes de un muerto, pero ya no eran libres como las hechiceras. Su destino estaba marcado por el juicio de dios o el castigo del diablo.