Las brujas han inspirado muchas historias y cuentos. Para algunos pueblos estas hechiceras tienen el don de la eterna juventud pero en la mayoría de los relatos aparecen como viejas que adoran al diablo y van siempre acompañadas de un animal de color negro. Así son representadas las bruxas asturianas aunque algunas de ellas practican la magia blanca.

Rasgos y costumbres de las brujas

En Asturias las mujeres dedicadas a la brujería son ancianas solitarias que habitan en parajes ruinosos y apartados aunque deambulan por las aldeas ofreciendo sus servicios a los incautos. Su piel está arrugada, caminan encorvadas y muestran una sonrisa desdentada.

No consumen alimentos que lleven sal, no lloran y cuando se reúnen para llevar a cabo sus impíos cultos prorrumpen en alaridos y risas siniestras que hielan la sangre a todo el que las oye.

Normalmente, tienen algún tipo de mascota que suele ser un gato negro. Hoy en día, este animal esta plenamente domesticado pero en el siglo XVII eran criaturas salvajes que según la creencia popular sólo obedecían a las brujas.

A veces, estas mujeres asistían a los oficios religiosos para enmascarar su relación con el diablo pero si el sacerdote dejaba el misal abierto o si alguien arrojaba una moneda a la pila bautismal quedaban atrapadas en la iglesia sin poder moverse.

Sin embargo, también existe otro tipo de hechicera dedicada a la magia blanca cuyas fórmulas y pociones servían para comunicarse con los ángeles y demás poderes divinos para mayor beneficio de la comunidad.

Los hechizos y el mal de ojo

Según las tradiciones asturianas las bruxas diabólicas eran temidas por su conocimiento de la magia negra. Podían lanzar el clásico mal de ojo o bien conformarse con pronunciar una simple maldición.

La capacidad para atraer la desgracia se encuentra en uno de los ojos de la hechicera y no puede emplearse a voluntad ya que aparece de improviso. Este tipo de mal de ojo afecta tanto a los animales como a las personas provocando que las vacas den sangre en lugar de leche o que los niños enfermen sin posibilidad de curación.

El remedio en el caso de las personas contra esta clase de encantamiento consiste en atrapar a la bruja en cuestión para que pronuncie la frase “¡Dios te bendiga!”. En el caso de las bestias la invocación se cambiará por “¡San Antón te guarde!”.

Objetos como el cuerno de vaca lleno de agua bendita, la mano de Fátima, los espejos o las herraduras con los extremos hacia arriba hacen las veces de talismanes protectores contra estos conjuros.

Por otro lado, las maldiciones consistían en pronunciar una serie de invocaciones en voz alta que despertaban a los espíritus malignos. Estas fórmulas se recogían en grimorios como el Libro de San Cipriano.

La celebración de un aquelarre

La fecha elegida por las brujas luciferinas para estos rituales colectivos era la noche del 31 de abril. Entonces, las ancianas untaban su ingle con una suerte de potingues inmundos y montaban en sus escobas voladoras para acudir a la cita.

Mientras que las brujas asturianas de la parte oriental organizaban su aquelarre en los encinares, las de la zona occidental se desplazan hasta la llamada Fonte das Bruxas de la Veiga del Palo.

En estas macabras ceremonias las asistentes podían adoptar la apariencia de lechuzas, culebras, murciélagos o cuervos. Para terminar, las brujas participaban en una orgía sexual dirigida por el diañu burlón o diablo, aunque las brujas occidentales eran menos promiscuas.

Los viejos relatos han olvidado la magia blanca de las ancianas místicas. Preparados repugnantes, libros repletos de hechizos malignos y un dominio de la magia negra digna de una aprendiz del diablo. Estos son los poderes que los asturianos asocian tradicionalmente a las brujas y que impregnan las leyendas de esta tierra de misterios.