Corría el año de 1972, un momento en el cual el mundo civilizado se dividía en dos partes completamente claras y opuestas. De un lado el denominado comunismo con su firme objetivo de propender por la comunión de los medios sociales de producción y la antagónica Sociedad Capitalista, propendiendo por el capital como relación social básica de producción. El escenario político y económico mundial estaba repartido entre estas dos vertientes.

El mundo observaba la lucha por la imposición de ideales y estilos de formaciones académicas, militares, sociales, políticas y deportivas en torno a las dos potencias que representaban estos esquemas. El ajedrez, una disciplina férreamente enmarcada como una guerra mental sobre los sesenta y cuatro escaques tenía profesionales, estudiosos, campeones, directivos, profesores y casi cien millones de aficionados en la Unión Soviética. Un país que estaba en la ruina, pero donde se aprendía a escribir y a jugar al ajedrez casi a la vez. Se trataba de un deporte intelectual y barato.

La hegemonía soviética

El ajedrez para el bolchevique era un elemento de la cultura proletaria y la hegemonía soviética era devastadora, pues desde 1937 hasta entonces, el ajedrez no había visto campeones diferentes a los soviéticos. Empezando por Alejandro Alekhine y manteniéndose en aquel momento con Boris Spassky, quien ostentara el título del mundo.

Spassky representaba la unidad nacional. El mismo Kremlin determinaba a sus campeones a mantener aquél poderío que representaba de una u otra forma la permanencia de un sistema político con réditos intelectuales en el deporte ciencia. No obstante, el Campeonato Mundial de 1972 mostraría otra cara al planeta y volcaría las miradas en un contendiente venido de Brooklyn (Nueva York); el hasta entonces desapercibido en los círculos no ajedrecísticos Bobby Fischer.

El retador

Para los soviéticos, aquel retador no era húngaro ni yugoslavo ni checoslovaco, era un americano excéntrico quien ganó el torneo de candidatos y retaba a toda una nación, a todo un sistema. La decisión en torno a la ciudad que figuraría como sede del campeonato no podía tener otro lugar que un país neutral para aquel entonces. De esta forma se designaba la pequeña ciudad de Reikiavik. En cuanto al premio, este no le era suficiente al americano de origen judío, quien amenazó con no jugar el campeonato a causa del pobre incentivo económico.

El match

En este punto, la realización del match se veía amenazada, pero un millonario inglés duplicó la bolsa del premio. Se trataba de algo tan sencillo como que los pueblos no podían quedarse sin ver la contienda de dos mundos.

Las apuestas estaban diez a dos a favor del ruso. Fischer se quejaba del recinto en el cual se llevarían a cabo las partidas, de la posición de las cámaras de televisión, del cuarto de su hotel, de la prensa, de la organización, etc.

El match se pactó a veinticuatro partidas, siendo ganada la primera por Spassky en un cerrado final. En la segunda, Fischer no se hace presente y el marcador registra dos a favor del soviético. Henry Kissinger toma el teléfono e insta al americano a defender su bandera. Es así como Fischer vuelve en competición ganando siete partidas mientras Spassky sobre el tablero finalmente triunfaría en dos; las demás irían a tablas. Se trataba de un marcador sin precedentes para un campeonato mundial. El americano no sólo derrotó, sino que destruyó el orgullo soviético encarnado en la humanidad de Spassky.

Fischer

El mundo miraba con asombro que el nuevo monarca no era soviético, que había ganado el campeonato mundial holgadamente y que probablemente el mejor ajedrecista de la historia (dolorosamente para ellos) era un americano que volvió como héroe nacional a su país, en el momento cumbre de la Guerra Fría y que desaparecería hasta ser declarado traidor a la nación que alguna vez lo alzó en hombros. Fue perseguido por amor a su deporte y aceptar un match en la entonces Yugoslavia, hecho que lo puso en la mira de los Estados Unidos.

La defensa de su título frente al entonces candidato Anatoli Karpov nunca se dio. Este fue declarado campeón sin jugar. Para Fischer el ajedrez enmarcaba la máxima expresión de la voluntad, el arte y la perfección, razón por la cual posiblemente se fue siendo el mejor. Se fue sin enfrentar a las super computadoras de ahora y sin haber jugado la gran partida frente a Kasparov.

El Campeonato Mundial de 1972 se va, Fischer también, Spassky rara vez aparece en público, pero el ajedrez no sería hoy lo mismo sin la guerra simbólica que se libró en Reikiavik, entre los treinta y dos soldados blancos y negros en ese minúsculo campo de batalla.