El test de Voight-Kampff, un examen ficticio de la capacidad de empatía que ha generado fascinación y artículos a partes iguales, se basa en el análisis de las contracciones del iris, el ritmo cardíaco y el de la respiración, y la presencia de rubor en la piel. Ante una batería de preguntas dirigidas a provocar una reacción emotiva, un humano y un replicante darían distintos resultados en las mediciones de esos parámetros.

Sobre su fiabilidad también cabría preguntarse, sobre todo cuando en una de las escenas iniciales, Rachael consigue burlarlo durante un buen rato, hasta que definitivamente Deckard descubre que es una replicante tras haberle hecho cinco veces la cantidad normal de preguntas. ¿Entonces, los replicantes más avanzados son capaces de simular la empatía?

Emociones verdaderas sobre recuerdos falsos

Tyrell, el visionario creador de los replicantes, le explica a Deckard que a los nuevos replicantes se les incorpora recuerdos falsos para conseguir una mayor estabilidad emocional. Estabilidad que está claramente ausente en Roy Batty, el jefe de los replicantes huídos, cuando le hunde a Tyrell los ojos en el cráneo con la presión de sus pulgares. Su padre y creador le acababa de confesar que era incapaz de alargarle la vida.

En la novela original, el personaje de Roy tiene una dimensión mucho menos trágica que su alter ego cinematográfico (caracterizado por Rutger Hauer, en uno de sus mejores trabajos). Uno de los grandes aciertos de los guionistas Fancher, Peoples y Kibbee al trasladar esta historia del papel al celuloide fue convertir al jefe de los replicantes en una figura con ecos shakespearianos, mitológicos y nietzscheanos, enfrentándole desde su condición de réplica de un ser humano (por lo tanto, un ser inferior) a las grandes incógnitas de la vida, "¿de dónde vengo?, ¿a dónde voy?, ¿cuánto tiempo me queda?" (preguntas que formula la voz en off de Deckard en la primera versión de la película).

El aspecto que convierte a este personaje en figura clave de la historia se encuentra en su propio final. Cuando ya se sabe a las puertas de la muerte, tras haber perseguido a Dick Deckard por todo el edificio de viviendas abandonado, con la intención de hacerle pagar por la muerte de Pris, su compañera y amante (a la que dio vida una estupenda Daryl Hannah), Roy trasciende su propia condición de réplica al conseguir desarrollar la empatía. La barrera establecida entre hombres y replicantes, la ausencia de la capacidad de ponerse en lugar del otro, se viene abajo en una tensa escena que culmina cuando la máquina homicida agarra la mano del blade runner, suspendido sobre el vacío, y le salva de una muerte segura.

"Es toda una experiencia vivir con miedo, ¿verdad?" (Roy Batty)

Mientras observa cómo Deckard se aferra desesperadamente a la viga que cuelga sobre una caída de vértigo, Roy Batty sufre una transformación. Tras haber ejercido de soldado en los conflictos galácticos que luego mencionará, después de una fuga en compañía de otros cinco compañeros, todos ellos ya "retirados", y con un rastro de crímenes considerable a sus espaldas, el replicante renuncia a su deseo de alargar su vida. Sabe que ya no tiene tiempo, y se enfrenta al miedo del que lleva huyendo toda su vida. La certeza de la muerte.

El mismo miedo que ve en la expresión de Deckard, el hombre que ha matado a todos sus compañeros. Está claro que para un androide deicida (si Tyrell, el padre y creador de los replicantes, puede ser considerado como el Dios de los mismos, al que dirigen sus súplicas de inmortalidad) poco puede importar una vida humana. Pero cuando ve reflejadas sus emociones en el rostro del blade runner, Roy establece un nexo con Deckard más allá de su condición. Alarga la mano y le salva.

Y una paloma voló hacia los cielos

Ante un atónito Deckard, Roy hace un recuento de los momentos que atesora en su recuerdo, y de cómo el tiempo los borrará "como lágrimas en la lluvia". Es su canto de cisne particular, donde desvela sus asombrosas experiencias, inimaginables para la mayoría de los humanos, al tiempo que se enfrenta, digna y calladamente, con el mismo destino que los hombres. "Es hora de morir", anuncia.

De sus manos inertes vuela una paloma, que huye en pos del lejano cielo. Una cuidada y estudiada metáfora, cuya interpretación más obvia es que el espíritu de Roy asciende al reino de Dios, uno al que él no había matado, pero que puede interpretarse también como que enfrentarse a la muerte hace libres a las personas. Aunque no necesariamente en el sentido físico de la expresión, claro.

Roy Batty no consigue alargar su vida, pero con su muerte demuestra hasta qué punto fue creado a imagen y semejanza de los humanos.