Ejemplos históricos y ejemplos delictivos, o que rozan lo delictivo, no nos faltan. Pero, ¿y el resto de políticos? A nadie le interesa la vida amorosa de Ruiz Gallardón, o de cualquier otro, siempre que no se traspase la barrera de la legalidad. O de la moralidad. O de la torpeza: como Clinton que, más que por hacerlo, pasará a la historia de los amores ovalados por hacerlo mal. Kennedy ha quedado en el recuerdo como un mujeriego, aunque más de una de sus amantes sacadas del catálogo hollywoodiense se quejaban de su acoso. Una incluso se arrojó del coche oficial en marcha mientras su mano intentaba trepar por dentro de su falda. Quizá en vez de un conquistador fuera un baboso, pero sus esfuerzos hicieron para esconderlo.

El caso de Kennedy es significativo también para estudiar las mentiras de las que se rodea el poder. Cuando le propusieron hacer una película sobre las acciones heroicas por las que se le habían condecorado en la II Guerra Mundial declinó la oferta. En principio podría parecer que le restaba importancia a aquel episodio en el que rescató a su pelotón y lo mantuvo con vida en una isla desierta del Pacífico: "Simplemente se hundió mi barco", decía. Quizá fuera que todavía tenía algo de vergüenza: en realidad, es que la historia era falsa. La había inventado su padre, comprando los testimonios necesarios, durante la carrera presidencial de su hijo. Aun así, ha quedado para la historia como un gran presidente de los Estados Unidos... hasta la publicación de su última biografía.

Cuando las tropas estadounidenses entraron en Roma durante la II Guerra Mundial, uno de sus coroneles se mostró sorprendido por la cantidad de consignas políticas, que colgaban casi de cada balcón. La gente estaba demasiado politizada. Para que la democracia funcione, dijo, lo que la gente tiene que saber es el champú que usa su actriz favorita y cosas así. Si todo el mundo quiere estar en política, la política no funciona.

Quizá tuviera razón y, para nuestra democracia, sea más importante Belén Esteban que todas las Bibianas Aído que puedan surgir.

Porque, ah, las mujeres no se escapan a esta taxonomía endocrinológica. Y no sólo porque se sientan atraídas por la erótica del poder, sino porque por sus venas también corre el torrente de la ambición y las ansias de mando en forma de hormonas. Algunas se conforman con aspirar a ser Carla Bruni, otras no bajarían de Cleopatra. En ambos casos las secreciones intravenosas son primordiales.

Pero, por favor, no pensemos que el poder corrompe. "Es exactamente al revés: el juego del poder selecciona a sujetos que ya llevan de por sí unos rasgos que les predisponen a servirse del esfuerzo y el entusiasmo ajenos en provecho propio. Dicho de otro modo, los envites por el poder favorecen a los que ya acarrean talentos óptimos para practicar el parasitismo y el pillaje". Perdonen que cite otra vez a Tobeña (esto es como cuando Cansado hace un chiste sobre Don Juan Carlos y Faemino le recuerda al público que ha sido el bajito el que ha dicho eso: señores políticos, recuerden, no soy yo el que dice que son ustedes, por definición, unos fanfarrones).

En esta selección natural de los más aptos para engatusar, engañar o amedrentar a los demás (que se puede dar en muchas profesiones, pero sobre todo en la del político) da igual que estemos hablando de una democracia o de cualquier otro sistema político. Cuando, una vez, preguntaron a Fraga cómo había pasado tan alegremente de la dictadura a crear un partido político en democracia dijo, tras pedir que la respuesta no saliera de allí, que, en el fondo, no hay tanta diferencia. "Lo que pasa es que en la dictadura éramos mil los que mandábamos y, en la democracia, seremos diez mil los que mandemos". Estará un poco más repartido el poder, nos tendremos que turnar... pero "no hay tanta diferencia".

Sí hay una grandísima diferencia: que, como decía Karl Popper aplicando su principio científico de falsabilidad a la política, cada cierto tiempo, si un político no convence, se le puede hacer que cese en el cargo. La grandeza de la democracia no está en que se pueda elegir a los gobernantes (no sabemos siquiera cómo se van a comportar una vez que tengan el poder), sino en que se les pueda echar sin derramamiento de sangre.

Incluso de Pericles, uno de los padres, si no de la democracia ateniense misma, al menos sí de su grandeza; de Pericles, la principal representación escultórica que nos ha quedado le muestra con su casco de estratega levantado. Ya entonces el poder político estaba indisolublemente unido a la fuerza. Y desde entonces se lleva pretendiendo disimular esta unión. Pericles se levanta el casco de guerrero y muestra su cara. Los políticos, hoy día, ya no llevan esas armas. Pretenden haberse quitado esas máscaras. Y todo disfraz. Incluso alguno hay que ha pedido el voto en pelota picada.

En la Atenas de Pericles la mayoría de los cargos públicos se establecían por sorteo. Eso sí que era democracia. Lo malo es que nos podía tocar mandar a usted o a mí. Gente que, quizá, no tenemos muy claro en qué extremo del látigo preferiríamos estar. Gente, en fin, que no tenemos la disposición de ánimo necesaria para mandar. Gente honrada, vamos. Quizá por eso siempre Esparta vence a Atenas.

Continúa en... "Política y poder (III)"

(Este artículo fue publicado en agosto de 2011 en la desaparecida www.contraportada.com.es)