El cuento “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz”, publicado por primera vez en 1949 en “el Aleph”, cuenta la historia de un gaucho que, como tantos otros, participó en las guerras civiles que caracterizaron gran parte del siglo XIX argentino.

Pero, a medida que va leyendo, el lector avezado descubre progresivamente que no es cualquier gaucho el protagonista de esta historia: es el compañero con el cual Martín Fierro decide cruzar la frontera e internarse en territorio bárbaro.

La progresión narrativa

Lo primero que asalta al lector al enfrentarse por primera vez a este cuento es la sorpresa experimentada al descubrir que su protagonista es nada más y nada menos que el sargento Cruz, personaje inmortalizado por la célebre obra de José Hernández. Este efecto lo consigue Borges a partir de una progresión narrativa en la cual, poco a poco, va arrojando pistas sobre la verdadera identidad del protagonista del relato.

El primer indicio es el apellido del protagonista, que coincide con el del personaje del “Martín Fierro”. Pero este hecho por sí solo no alcanza: por un lado, el apellido Cruz es muy normal en países hispanohablantes; por el otro, en la obra de José Hernández nunca se da el nombre de Cruz, sólo se da el apellido.

Un segundo indicio es la referencia temporal: el lector sabe que el protagonista nace en 1829 y muere en 1874. Si bien en la obra de Hernández no se dan referencias precisas sobre la fecha en la que muere Cruz, lo cierto es que, por el contexto histórico en el cual se desenvuelve el “Martín Fierro”, 1874 es una fecha verosímil para ubicar la muerte del sargento.

Un tercer indicio es la causa de su muerte: al igual que en la obra de Hernández, el protagonista de este relato muere de viruela. Como cuarto indicio puede citarse el nombramiento de sargento de la policía rural, cargo que también ostenta Cruz en el Martín Fierro. Finalmente, en el último párrafo, directamente se explicita la relación que el lector ya podía intuir a partir de los indicios enumerados: el protagonista del cuento es el sargento Cruz, compañero de exilio de Fierro.

Paralelismos entre la vida de Cruz y la de Martín Fierro

Además de la progresión narrativa, otro elemento que contribuye a la grandeza del presente cuento es el paralelismo que puede trazarse entre la vida de Martín Fierro esbozada por Hernández, y la vida de Cruz, delineada por Borges.

La primera similitud, y probablemente la más obvia, radica en el hecho de que ambos son gauchos. Pero la identidad a este respecto es más profunda: no sólo son gauchos sino que ambos comparten un pasado matrero. Efectivamente, Cruz, al igual que Fierro, cuenta con una muerte en su haber y eso lo pone al margen de la justicia. En segundo lugar, ambos son personajes que se caracterizan por su coraje: tanto Cruz como Fierro deciden luchar antes de entregarse a los agentes del orden. De hecho, el enfrentamiento entre Cruz y la partida que va apresarlo es muy similar al enfrentamiento descrito en el “Martín Fierro” entre el héroe homónimo y la partida dirigida por Cruz.

El encuentro

El paralelismo que puede trazarse entre su vida y la del desertor a quien tiene que apresar también se le hace patente a Cruz. Hacia el final del cuento, Cruz termina reconociéndose en el otro. A partir del grito del chajá, grito que él ya había escuchado aquella otra noche en la cual lo apresaron, Cruz comprende hasta qué punto está relacionado con Fierro.

El resto de la historia es de sobra conocido para todo aquel que haya leído la famosa obra de Hernández: Cruz decide cambiar de bando, ayudar al bandido, y ambos deciden partir juntos hacia el desierto, cruzando la frontera, lugar donde habitan los indios. Quizá, lo que resulte más interesante del relato de Borges en este tramo final no sean los hechos en sí sino la interpretación que da de los mismos el autor.

El reencuentro

El autor argentino, hacia el final del relato, decide presentar el encuentro entre ambos hombres como una manifestación del destino. Para Borges, el encuentro con Fierro marca un punto de inflexión en la vida de Cruz: “Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es”; para el sargento, ese momento es aquella noche en la que conoce a Fierro. Es recién ahí cuando descubre su verdadero destino: “Comprendió que las jinetas y el uniforme ya lo estorbaban. Comprendió su íntimo destino de lobo, no de perro gregario…”. Desde este punto de vista, el encuentro con Fierro puede ser entendido como un reencuentro: el de Cruz con su naturaleza matrera.

La ética de la resignación

Hacia el final del cuento, se encuentra una afirmación que parece alcanzar las proporciones de una máxima moral: “... un destino no es mejor que otro, pero (…) todo hombre debe acatar el que lleva adentro”. Para entender cabalmente esta afirmación, primero es necesario entender la ética estoica, de sobra conocida por Borges.

La filosofía estoica, entre otras cosas, se caracteriza por su concepción determinista del cosmos. En la misma, el azar no tiene cabida: todo está determinado de antemano y el hombre no puede hacer nada para cambiarlo. Desde esta perspectiva, la actitud que debe adoptar el sabio es la de aceptar su destino; intentar escapar de éste no sólo sería infructuoso sino que también implicaría una desarmonía con el cosmos.

Cruz, al vestir el uniforme y buscar ser un perro gregario, no hace más que intentar huir de su destino de lobo. Desde esta perspectiva, como se adelantó anteriormente, el encuentro con Fierro marca un punto de inflexión en la vida de Cruz: la aceptación de su propio destino.