Los más jóvenes tal vez crean que la cadena de escándalos protagonizada por Silvio Berlusconi es un fenómeno exclusivo de la Italia actual. Pero en realidad se trata solo del último capítulo en una larga historia cuyos comienzos se remontan al final de la segunda guerra mundial.

La Italia de la posguerra

Según muestra el profesor y periodista mexicano Jorge Gutiérrez Chávez en su espléndido trabajo “Corrupción en Italia. La muerte de un régimen”, durante algunos de los juicios contra la mafia salió a la luz algo sorprendente.

La Democracia Cristiana, el principal partido de la derecha, habría pactado con esta en Sicilia acabada la guerra para utilizar sus redes y su influencia sobre la población con el fin de ganar las elecciones y frenar así el avance de la izquierda.

La medida contó con el apoyo de los Estados Unidos y posteriormente de la OTAN, que veían con preocupación la posible llegada al poder en Italia de los partidos socialistas y comunistas.

Las consecuencias del pacto

Las consecuencias fueron aciagas: “Promovieron el incremento de la corrupción en la isla, el surgimiento de una auténtica “casta” y también irreversibles deformaciones en el sistema político del país. El clientelismo y los grandes “negocios” orquestados para favorecer a Cosa Nostra se convirtieron en una fuente inagotable de votos y en el sólido soporte electoral de la organización católica en Sicilia”.

El caciquismo creció en niveles exponenciales, quedando casi todas las funciones e instituciones de la isla - hospitales públicos, empleos, concesiones estatales y hasta la mismísima justicia - bajo su imperio,

Algunos de sus exponentes se encumbraron en este período no tanto por sus dotes políticas cuanto por sus fuertes vínculos con Cosa Nostra. Otros lo consiguieron por ser auténticos mafiosos disfrazados de políticos.

Los años del desarrollo económico

El sistema de corrupción se extendió pronto al resto del Estado. Para acceder a sus beneficios ya no era necesario pertenecer a la cúspide del partido o ser un alto funcionario público.

Como dice el citado autor: “Bastaba la inscripción a uno de los partidos en el gobierno, demostrar lealtad, carecer de escrúpulos, ser hábil en las negociaciones “financieras” y, sobre todo, mostrar un gran deseo de “trabajar” para la organización política a la que se pertenecía. El padrino político del aspirante se encargaba de crear las condiciones para que éste pudiera ejercitar sus “cualidades”.

Bettino Craxi

Pero el sistema alcanzó su mayor grado de “perfección” cuando en los años 80 el PSI de Bettino Craxi accedió por fin al gobierno, después de haberse mantenido en la oposición prácticamente al margen de la corrupción.

“Fue justamente en el decenio de los 80, años en los que el craxismo imponía sus reglas, cuando el fenómeno de 'Tangentopoli' desborda todos los límites. Se hará incontrolable y provocará el desplome moral y financiero de la Nación…( ). Su delirio de grandeza y su ilimitada sed de poder, como a tantos otros personajes de la historia, lo llevarán a la ruina personal. Para Italia el craxismo representará el definitivo abandono de sus últimos reductos de dignidad y moralidad”.

Berlusconi

Es en este clima de corrupción generalizada (salvo el PCI) cuando aparece la figura de Silvio Berlusconi, un hábil empresario milanés de la construcción que desembarca espectacularmente en el mundo de los medios audiovisuales comprando cadenas de televisión que emiten ilegalmente, pagando sobornos a los dirigentes políticos y cometiendo numerosas irregularidades que lo llevaron ante los tribunales.

Cuando en los años 90 la operación Manos Limpias acometida por los ciudadanos y la justicia italianos, con el juez Di Pietro a la cabeza, acabe con este estado de cosas, solo él sobrevivirá, presentándose además a las elecciones y ganándolas.

El resto es de sobra conocido: control de los medios de comunicación, juicios por irregularidades financieras, acusaciones de soborno a testigos, abogados y jueces, promulgación de leyes ad hoc para evitar condenas, escándalos sexuales... apenas una variante actualizada de la vieja “gobernanza”.

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La fuerza de la costumbre?

Tal vez sea este el secreto de su éxito, porque se diría que los italianos, al no haber conocido otra cosa consideran natural que actúe así, y no conciben más que una actitud de resignación ante tanto exceso.

Aunque también puede ser –y este ya no sería solo el caso de Italia– que muertos los ideales y acabadas las ideologías, solo quede el Dinero como el único poder capaz de imantar las conciencias.

Y ello sin importar que haya sido acumulado en las peores cloacas, pues, como decía el viejo emperador Vespasiano: “pecunia non olet” (el dinero no huele).