
- Oro sintético - Wikimedia
Codiciado y admirado elemento desde los inicios de la civilización, el oro no ha sido solo objeto de deseo a lo largo de la historia por su escasez o exclusividad, sino también por sus propiedades físicas y químicas: su gran maleabilidad, su ligereza, su alta conductividad eléctrica o su alta resistencia a la corrosión y la humedad son características que con los años han ganado protagonismo en distintas facetas de la industria, por lo que la presencia del elemento áureo ha dejado de limitarse a la acuñación de monedas y joyería.
La fiebre del oro
Utilizado en comunicaciones, ingeniería espacial, fotografía, microscopía, satélites, tratamientos médicos o incluso más recientemente en cremas faciales y alta cocina, este gran rango de posibilidades y usos del oro ha incrementado su demanda y necesidad en muchos campos, por lo que las mejoras en su búsqueda y obtención y el refinamiento de los procesos para comprender sus propiedades han sufrido un empuje durante los últimos años.
Fruto de ese interés por la química del oro y pensando siempre en las ventajas prácticas de su comprensión, son muchos los equipos de investigación que han vuelto la mirada hacia la propia naturaleza y el estudio de organismos microscópicos que también hacen uso del dorado elemento: las bacterias.
Bacterias doradas
El estudio más reciente publicado en este campo, obra del equipo de Frank Reith (Universidad de Adelaide, Australia) en 2010, intenta averiguar de qué manera las bacterias que viven sobre el oro conviven con él a nivel metabólico, y cómo su dinámica puede afectar al propio metal. Según el propio Reith, la presencia de dos poblaciones de Cupriavidus metallidurans (una de las bacterias estudiadas) tan alejadas entre sí daba a entender una relación muy estrecha entre los organismos y su sustrato dorado, por lo que una investigación más detallada de los procesos de su relación les pareció interesante.
Los experimentos llevados a cabo permitieron observar cómo estas bacterias acumulan depósitos de oro que son tóxicos para ellas, induciéndose a sí mismas un estrés oxidativo que da lugar a procesos celulares activos que acaban aislando, en nanopartículas extracelulares, el metal. Esta microscópica expulsión de partículas hacia el exterior se ha relacionado con los “procesos de movimiento/migración” observados en el medio natural, en el que el elemento parecía desplazarse a través del terreno. Del mismo modo, la agregación de estas partículas bacterianas podría relacionarse con la formación de las pepitas de oro.
Sensores bacterianos
Este nuevo enfoque de los procesos celulares puede ayudar, indican los investigadores, al desarrollo de biosensores más específicos y precisos para la búsqueda de nuevos yacimientos de oro. Para llevar a cabo este decisivo paso, los investigadores necesitan caracterizar todo el trasfondo genético y proteómico que subyace a los procesos de agregación y precipitación del metal. “Si se logra financiación para este propósito, creo que podremos producir un biosensor viable en el plazo de 3 a 5 años”, indica Reith.
Otros sensores para el mismo fin han sido testados en otras bacterias como Salmonella typhimurium. Esta bacteria dispone de un sistema que le otorga una gran resistencia a los efectos tóxicos del oro gracias a un regulador transcripcional de gran selectividad para este elemento. En el estudio llevado a cabo por S. Cerminati et al. en 2011 para Biotechnology and Bioengineering, el equipo de investigadores se vale de estas propiedades genéticas para crear una cepa alterada de Escherichia coli capaz de usarse como biosensor.
Pequeñas fábricas de oro
Pero la investigación del equipo australiano no ha sido la primera en medir los procesos celulares de las bacterias agregantes de oro. En 2007, un equipo de investigadores chinos encabezados por Shiying He, caracterizó las condiciones adecuadas para la biosíntesis de partículas de oro puro de la bacteria Rhodopseudomonas capsulata. El estudio, en el que la bacteria era suspendida en una solución de HAuCl4 a distintas concentraciones, tenía como objetivo un mayor control en la producción de las nanopartículas de oro, debida la importancia de su forma y propiedades ópticas en usos a pequeña escala en laboratorio. El estudio acabó concluyendo que el parámetro decisivo para el control de la forma y tamaño de las partículas era el pH al que se suministraba la solución.
