Si nuestros ojos fuesen microscopios tal vez nos daría una gran repugnancia observar nuestra piel. Veríamos corretear sobre ella millones de bacterias, unas rodantes, otras impulsándose con hélices, algunas más colgándose de la cara mediante finas cintas, las menos, saltarinas; todas, en fin, reproduciéndose con pasión y dando lugar a generación tras generación en pocos horas. Viven diez minutos, pero se reproducen cada 30 segundos.

Según el lugar al que dirijamos nuestros amplificadores ojos descubriríamos más o menos cantidad de bacterias: 1.200 por centímetro cuadrado en las piernas; unas 6.000 por centímetro cuadrado en el pecho; un millón largo en la frente; y unos dos millones en la mejilla, el mentón o la nariz. Pero también mueren por millones con los desprendimientos de escamas cutáneas o el simple roce de una mano por la frente. Cuanto más maquillaje en esta zona del cuerpo, más bacterias proliferan, ya que la capa de grasa impide que llegue hasta ellas el peor de los venenos, el oxígeno.

Gérmenes en la comida

Louis Pasteur siempre llevaba una lupa cuando iba a comer a casa de sus amigos. Y no es para menos, dado los millones de bacterias que pueden pulular en un trapo de cocina o que florecen en un estofado de carne mientras se enfría sobre la mesa. Los escrupulosos más vale que no piensen en ello. Según los expertos, antes de ser ingerida, hasta 14 especies distintas de gérmenes aterrizan sobre la comida. Pero el espectáculo más chocante tiene lugar sobre la piel de los comensales.

Para nosotros, el cutis puede ser liso o arrugado, pero no tiene mayores misterios. Sin embargo, armados con un microscopio observaríamos lagos cenagosos, colinas de células cutáneas y profundas cavernas sudoríparas de las que surge un sustancioso alimento para los diminutos seres que se deslizan por la piel. El sudor les proporciona sodio, potasio, zinc, glucosa, aminoácidos o vitamina C. Las piscinas de limo y grasa conforman un auténtico paraíso para las bacterias.

En ese paraíso también se desarrollan cruentas guerras. Una salmonella que vaya a parar allí es atacada de inmediato por las bacterias que habitan el lugar desde hace generaciones (varios días en nuestro cómputo de tiempo, incluso meses). Estos microbios residentes les lanzan chorros concentrados de antibióticos que acaban con las salmonellas, o bien las rodean consumiendo todo el alimento de su alrededor para matarlas de hambre.

Bacterias en las axilas

Otras bacterias famosas con las que convivimos a regañadientes se encuentran en las axilas, dónde defecan amoníaco que provoca el desagradable olor de los sobacos. Las combatimos con agresivos desodorantes que en ocasiones acaban con bacterias, células y cualquier otra cosa viva que allí exista, aunque sea benéfica. Muchas bacterias escapan resguardándose en la tela u ocultándose en la base del vello, desde donde generan nuevas colonias.

Bastantes bacterias conviven con nuestro organismo de las que nos beneficiamos. Se trata de una simbiosis, llamada mutualismo, de la que ambos nos aprovechamos. Ellas nos facilitan los procesos digestivos fundamentales para nuestra salud, a la vez que nosotros les ofrecemos un cobijo adecuado, pero a la vez cada miembro puede llevar vida libre.

Pero no sólo bacterias viven en simbiosis o parasitismo con el ser humano: hongos, diminutas arañas como los ácaros, gusanos, protozoos o insectos han aprendido a vivir y alimentarse en nuestro organismo.