Aventura por Ordesa en otoño

Clavijas de Cotatuero - Miguel Reglero
Clavijas de Cotatuero - Miguel Reglero
Ruta de dos días por Cotatuero y la Fraucata haciendo noche en el refugio de Góriz

Ordesa es aventura. Las montañas de este valle pirenaico tienen algo especial que hace que las rutas por sus senderos no se recuerden solo por su enorme encanto paisajístico. En esta zona, siempre pasa algo, lo que añade ese punto aventurero que las convierte en memorables.

Fuera de la época estival finaliza el servicio de autobuses desde Torla y se permite el acceso al parque en vehículo propio. El nuestro marcaba cuatro grados de temperatura exterior cuando llegamos al parking de la pradera sobre las 9 de la mañana. A pesar de ello, el día pintaba bien, y en cuanto el sol asomase por encima de aquellos imponentes farallones no habría nubes en el cielo para ocultarlo.

Las clavijas de Cotatuero

La subida en zig-zag a Cotatuero en seguida te hace entrar en calor, y mucho más al llegar al paso de las clavijas. En este punto el sendero se termina en una pared vertical infranqueable, y para continuar hay que cruzar aferrándose a los clavos de hierro que aproximadamente cada metro sobresalen de la roca a la altura de manos y pies. Afortunadamente hace unos años se instaló también un cable de vida que aporta una seguridad decisiva para afrontar estos treinta metros de vértigo con ciertas garantías. Lo ideal es llevar un arnés con disipador para amarrarse al cable pero en realidad es un tramo sin dificultad siempre que no se sufra de vértigo y no se hagan tonterías. La adrenalina se pone a tope en Cotatuero.

Las murallas de la Fraucata

En noviembre, nada más ascender sobre la cascada deja de verse el césped y la nieve se hace protagonista absoluta bajo las botas. El paisaje es precioso pero la nieve oculta los caminos y las bajadas de los ríos y la única orientación son algunos hitos desconcertantes. La subida por los canchales es dura y la nieve virgen hace que te hundas hasta media pierna. Alrededor el espectáculo es glorioso, con los ríos serpenteando entre el hielo y la Brecha de Rolando y el Casco en el horizonte.

La ascensión continúa por lugares inverosímiles, pasos estrechos y trepadas complicadas hasta que aparece la ladera norte del Tobacor, como una tarta de piedras desparramadas. Según el mapa hay que dar un rodeo hacia el norte y ascender después dirección sur, pero el camino continua bajo la nieve, invisible a nuestros ojos. Cada paso parece inútil en aquel inmenso pedregal.

Llevamos cinco horas caminando, siempre hacia arriba, y ya desesperados y apremiados por la hora nos detenemos en un saliente a estudiar el mapa de nuevo y localizamos más o menos nuestra posición e intuimos una especie de sendero que discurre unos doscientos metros más abajo. Hemos subido de más pero la perspectiva de haber encontrado el camino nos renueva las energías y cuando llegamos a su altura y comprobamos que, efectivamente, es nuestro sendero, no podemos sino arrodillarnos y besar la tierra que nos llevará hasta el refugio de Góriz.

Ahora que estamos orientados todo ha valido la pena. El paisaje es cautivador. Desde este balcón privilegiado se aprecia todo el valle de Ordesa a vista de pájaro, incluso la magnífica Faja de las Flores, que desde la pradera parece inalcanzable, se encuentra por debajo de nosotros. Y lo mejor es que nos quedan dos horas de llanear al borde del abismo por la cornisa superior de la Fraucata, a 2.500 metros de altitud.

Evidentemente no hay nadie más por allí, solo algunos grupos de sarrios y alguna marmota escurridiza. Hacemos un millón de fotos y vamos encantados y relajados esperando ver el refugio de un momento a otro. Pero el momento no llega, cada vez hay más nieve y ya no parece tan claro que solo con seguir bordeando el Tobacor vayamos a llegar al refugio sin problemas. Ya estamos en horario de invierno y como mucho nos queda media hora de luz. Se avanza muy despacio porque te hundes en la nieve y vamos campo a través entre las rocas, sin un sendero ni unos hitos que nos guíen.

El refugio de Góriz

En plena penumbra avistamos las luces de Góriz, mucho más arriba y a la derecha de lo que pensábamos y de nuevo se olvidan el cansancio y la tensión acumulados y bajamos rápidamente abriendo brecha en la nieve para cruzar por una cascada al otro lado del valle y ascender penosamente entre tinieblas. Por sehunda vez en este día besamos el suelo al llegar y es entonces cuando se descarga todo la tensión y el cuerpo decide terminar su jornada laboral. Las piernas dejan de responder, pero el efecto recuperador de la comida y el descanso son increíbles, y después de un plato de lentejas, ensalada y estofado nos encontramos mucho mejor.

La estufa del comedor está acaparada por prendas que habrá que volver a ponerse mañana y que han llegado empapadas esta tarde. Dejamos nuestras botas y calcetines a secar y nos vamos a dormir, agotados pero felices. Ordesa nunca defrauda.

Regreso por la Cola de Caballo

Al día siguiente está nevando cuando emprendemos la bajada, entre una romería de montañeros que vuelven a la pradera en busca de sus coches. El camino está congelado pero es fácil de seguir, y tras superar sin dificultad las clavijas de Soaso caminamos cómodamente por el precioso sendero de Cola de Caballo, pasando por las Gradas de Soaso y el Bosque de las Hayas hasta la pradera.

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