
- Controlar el destino - google images
La autoestima podría definirse como el concepto positivo que alguien tiene de sí mismo. Definición correcta, pero insuficiente.
Los avatares de la vida ponen constantemente a prueba la capacidad del ser humano para resolver situaciones cotidianas más o menos complejas, pero otras veces tiene que lidiar con experiencias devastadoras que exigen un esfuerzo máximo de superación. En ambos casos, la autoestima juega un papel fundamental a la hora de dar una respuesta adecuada.
Cuando el centro de control está en uno mismo, cuando se confía en la propia capacidad para hacer frente a la adversidad, las probabilidades de salir airoso son notablemente mayores que si se deja en manos del destino, de la suerte o de Dios.
El valor de la autoestima
La autoestima, como ya se apuntaba, va más allá del concepto positivo que se pueda tener de uno mismo; está inextricablemente ligada a la confianza en los propios recursos que posee cada persona. Quedarse únicamente con esa imagen positiva puede sugerir egocentrismo, vanidad o incluso, en casos más extremos, patologías narcisistas.
La confianza se adquiere a través de las experiencias; más concretamente, a través del uso que se hace de las mismas. Nadie nace con un don para superar todo contratiempo que se le presente ni con la suerte de no tener que superar ninguno. La clave, entonces, está en la gestión de dichas experiencias, tanto si son altamente gratificantes como si son profundamente traumáticas y, como es obvio, en su utilización positiva aplicada a los futuros acontecimientos.
Superar las adversidades o resignarse
Es digno de estudio comprobar como, ante unas mismas circunstancias particularmente graves, por ejemplo la pobreza extrema, abusos infantiles, limitaciones físicas, rupturas sentimentales o malos tratos, un individuo puede quedar atrapado en la depresión y el victimismo o, por el contrario, tener la capacidad de superarlo y salir fortalecido de la experiencia.
Las dos vías para enfrentar cualquier adversidad pueden resumirse en dos posicionamientos bien diferenciados: el que confía en los propios recursos y el que se resigna a la acción de los factores externos.
Autoestima o el destino: superación
A veces se aduce que el destino ya está escrito, despojando al ser humano de cualquier posibilidad de incidir de un modo u otro en su futuro. Esta ideología, no exenta de cierto grado de fatalismo, tiene mucho que ver con la huida, la resignación y, en definitiva, con la negación de las responsabilidades inherentes a la propia naturaleza humana. A fin de cuentas, si el destino está escrito y nada puede hacerse por modificarlo, se podría concluir que la vida carece de sentido.
La resignación, en ocasiones, se equipara a una virtud, afirmación ciertamente opinable y que siempre dependerá del contexto en que se sitúe. Si el único argumento se basa en dejarlo todo en manos del azar, la resignación adquiere su carácter más negativo.
Quizá no sea malo fantasear de vez en cuando con la idea de que un día tocará la lotería, pero lo cierto es que el valor de las cosas se mide por el esfuerzo que se invierte en ellas.
La fe en cualquier creencia, que para una buena parte de la humanidad es esencial para entender y dar sentido a su vida, también puede convertirse en un elemento limitador. La conocida frase “Dios proveerá”, sustituye muchas iniciativas que, indudablemente, resultarían más efectivas.
