El título y la fotografía de la portada con que ha sido publicada en España la novela "Austerlitz", del escritor alemán W.G. Sebald (1944-2001), no ayudan mucho a formarse una idea previa del contenido del libro. Después de leer la novela, el lector descubre que el título no se refiere a la célebre batalla napoleónica, sino a ese niño que mira al lector desde la portada del libro con gesto serio de hombre adulto, vestido con un estrafalario disfraz de cortesano.

Yo sé quién soy

La literatura universal pone a nuestra disposición una variedad casi infinita de tipos humanos. En esta fabulosa capacidad para mostrar los diferentes rostros del ser humano radica en gran medida su poder de atracción. Encontramos en los libros hombres y mujeres que viven desde muy jóvenes con la certeza de sí mismos; personas o personajes para quienes su lugar y su destino en este mundo se muestran diáfanos desde que toman conciencia de sí mismos, aquellos que saben desde niños quiénes son y quiénes quieren ser. Para otros, en cambio, la existencia se convierte en una fatigosa y en ocasiones dolorosa búsqueda de sí mismos. Van, como Diógenes, con la lámpara encendida, en pleno día, atraviesan las calles y las plazas de la ciudad buscándose a sí mismos porque dudan acerca de su propia identidad y aquello que en verdad son les resulta escondido y oscuro. Les ocurre lo que a Don Quijote, que queriendo afirmarse, nos revela la terrible inconsistencia de su personalidad: "Yo sé quién soy -respondió Don Quijote-, y sé que puedo ser, no sólo los que he dicho, sino todos los doce Pares de Francia, y aun todos los nueve de la Fama, pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno por sí hicieron, se aventajarán las mías." Los primeros viven, digamos, en línea recta, mientras que estos últimos viven a tientas, como quien, perdido, da vueltas en medio del bosque sin tener en ningún momento la certeza de caminar en la dirección correcta.

Castillos, estaciones, bibliotecas

Austerlitz, el protagonista de la novela de Sebald, pertenece a esta segunda categoría de personas. Cuando todo parece desmoronarse a su alrededor, levanta, quizás inconscientemente, una ciudadela interior que le ayude a proteger y conservar las migajas de sí mismo. Manifiesta un gran interés por la arquitectura, en particular por el diseño de las fortificaciones levantadas en el pasado para la defensa de las ciudades medievales, y llega finalmente a la conclusión de que no existe la fortaleza perfecta que nos asegure la victoria en una guerra, porque cuanto más nos protegen las murallas del posible enemigo, más nos encierran en nosotros mismos y nos aíslan, haciéndonos consecuentemente más vulnerables. Austerlitz se interesa también por las modernas estaciones de ferrocarril, lugares de paso en cuyas plataformas los viajeros van y vienen sin encontrar nunca reposo duradero, transeúntes incansables bajo las altas bóvedas de hierro. Y recorre archivos y bibliotecas en los que se conserva la memoria colectiva y se rinde culto al rastro de lo que algún día fue y ha dejado ya de ser.

La vida como viaje a través de la memoria

La novela de Sebald narra un viaje a través de Europa en el que Austerlitz, que no siempre fue Austerlitz, se busca a sí mismo siguiendo el rastro de sus padres, de los que tuvo que separarse a causa de la guerra. Austerlitz es judío, y su viaje nos conduce por viejas ciudades de Europa Central, guetos, deportaciones... el rastro se pierde en lugares hoy casi abandonados mientras el viajero se esfuerza en reconstruir biografías traspapeladas, suprimidas o simplemente olvidadas. Al final del viaje, Austerlitz consigue solo parcialmente reconstruir su identidad mutilada y, en el camino, pierde la razón o al menos el sosiego. Constata que la historia se conserva en pequeños objetos desgastados por el uso, en testimonios humildes, en caminos poco transitados y no en los altares de la memoria oficial, siempre selectiva y mezquina con los perdedores.