Esta Christine es heredera del mejor teatro psicológico de Tennessee Williams o Arthur Miller. Deambula por las cornisas suicidas de la diva de Dulce pájaro de juventud, o la vertiginosa Maggie de la obra de Arthur Miller, Después de la caída, una libre versión del autor sobre su esposa Marilyn Monroe, o la Blanche Dubois, también de Williams, montada recientemente en este mismo teatro Español, atribulada en Un tranvía llamado deseo.

Christine es incapaz de buscarse a sí misma, es hermosa, de una sensualidad ingenua, de una ternura impresionante y de una dureza no menos implacable. Y a la vez una niña perdida en busca de un amor obsesivo que se ha inventado, más allá del bien y del mal, como a menudo sucede en estas obras con las mujeres —jóvenes o maduras— que se aferran a un ideal, a una imagen que ha brotado en un instante "mágico" de prometedora comunión con otro ser, pero sin base real.

Christine se prostituye en Ámsterdam, en el célebre Barrio Rojo, y allí la contrata Daniel: están juntos unas horas "lo hicimos tres veces, pero como no se corrió ninguna vez sólo le cobré una".

— ¿Y tú te corriste alguna vez?

— Yo sí. (Y sonríe extasiada).

Sin embargo, ese ser que ella encuentra fascinante es un tipo pasado de rosca, que sólo la ha "catado" para ofrecérsela con todos los gastos pagados a su amigo, el tímido Matt, a quien previamente le había "robado" la novia.

Fracasos sexuales que devienen en amores idealizados. Humor negro, angustia, violencia... y una venganza inesperada que quien la comete hubiera preferido no hacerlo, hubiera preferido mil veces seguir soñando.

Sobresaliente actuación de Aura Garrido

El cinismo del atropellado Daniel, la indefensión de Matt, y la ambigua capacidad de seducción de Christine son los pilares en los que el autor edifica una comedia negra siguiendo las pautas del gran teatro psicológico norteamericano. No sólo de la mano de los autores mencionados, sino también de muchos otros como Clifford Odetts (El gran cuchillo), William Hanley (Danza lenta en el patíbulo), Edward Albee (¿Quién teme a Virginia Woolf?), y el maestro de todos ellos

Eugene O´Neill (1888-1953): poetas de la desesperanza, de una visión trágica de la vida cotidiana carcomida por la imposibilidad de entenderse, y por el abuso de poder de los más fuertes, con doloroso protagonismo femenino.

Es esta una versión traducida y adaptada por uno de los actores, a su vez productor, Gonzalo de Santiago, que se ha tomado una libertad que daña a la función: el convertir en madrileños a dos personajes y en argentino al ruin y perverso Daniel, eje de la tragedia en que se convierte el drama, interpretado con gran sobreactuación por Alejandro Botto, quien se esfuerza de tal manera en una línea bufonesca que torna confusa, estridente, la rara dependencia entre los amigos. Ya en el acto segundo y en su desenlace, controla más y cierra la representación con alguna fuerza, aun así innecesariamente "argentinizada".

Todo ello es producto de una concepción a mi parecer errónea que desarticula la potencia de una obra que respeta en todo momento la clásica estructura del teatro realista estadounidense, con una carga sentimental profunda en la que los personajes más soñadores se muestran débiles, incapaces de afrontar el avasallamiento del fuerte, cuya fortaleza se cimenta en la brutal manipulación de los demás, pero en un contexto que aquí se difumina, sobre todo en el subrayado con que se concibe la interpretación de Botto.

El gran valor de la iluminación de Pedro Yagüe

La bella prostituta es también una pobre chica enferma, una casada como mujer florero de un rico homosexual y la ensoñada enamorada de un sádico, aunque ella asegura haber visto en él el rostro de la melancolía y de la bondad... Dos universitarios de Nueva York, donde se desarrolla el segundo acto. El primero en Ámsterdam, Holanda: y una muchacha en busca de una salvación imposible.

Una representación que se sigue con mucho interés en todo momento, a pesar de la limitada concepción escénica de la directora Marta Etura. Son las luces de Pedro Yagüe y la tensión emocional de la protagonista, Aura Garrido, quienes plasman lo que me parece más interesante.

La iluminación da la clave al comienzo de los dos actos: se inicia de tal manera que la luz asemeja el amanecer a través del ventanuco de una cárcel. Simbolismo que acompaña perfectamente a Christine y al tímido Matt, prisioneros de sus obsesiones por mucho que sus cuerpos crean que van a alguna parte.

Mientras Aura Garrido se fortalece en todas las facetas, de la primera a la última, es decir, de la gloriosa seducción del comienzo hasta el declive final, pasando por varios momentos diferentes, una canción francesa incluida, Gonzalo de Santiago es el hombre paralizado por sus idealizaciones, en un grado realmente interesante de fragilidad, como si fuera a romperse en cualquier momento. Alejandro Botto, en cambio, no parece encontrar el tono adecuado y su manera de entender el personaje (visión de toda la producción, seguramente) desordena la férrea composición de la obra.

En cualquier caso, Invierno en el barrio rojo, ya estrenada en Madrid el pasado año, con otros protagonistas y en otra sala, tiene el atractivo de un estreno llevado a cabo con notable esfuerzo por una Compañía con poca experiencia teatral, bien dispuesta a un teatro contemporáneo poco transitado en Madrid.

En la Sala Pequeña del Teatro Español hasta el 17 de marzo:

fracasos sexuales, amores idealizados, soledad, violencia, venganza impensada y un epílogo fuera de escena, bajo la nieve.