Nos han enseñado que una vida provechosa es ir deprisa, no detenernos demasiado en ninguna acción, acumular experiencias y actividades. La sociedad industrial y de consumo fomentó desde sus comienzos la competitividad y la prisa, el supuesto valor de llegar el primero, lo que conlleva a un aumento de la impaciencia, la irritabilidad y el estrés que todos hemos asumido. Estamos enfermos de prisa y todo lo queremos de inmediato.

La enfermedad del tiempo

Llenamos nuestro tiempo de multitud de cosas. La jornada laboral no parece productiva si no hemos conseguido, al menos, hacer todo lo que se nos reclamaba para ese día, o mejor más. No importa si apenas hemos tenido tiempo en todo el día de pensar en algo más que la empresa, el trabajo asignado, el que queda pendiente…Y no llegar tarde a ningún sitio, para empezar, aunque sea a costa de comer rápido una comida rápida.

Luego, en casa, nos preguntarán cómo ha ido el día y responderemos que ha sido frenético, pero hemos hecho muchas cosas. Y casi sonreiremos de satisfacción al decirlo. Esperamos ansiosos durante meses las vacaciones, para tener días “libres” para hacer muchas más cosas que no hacemos el resto del año. Porque, claro, no es divertido que los días de asueto no tengamos planes. Viajamos, hacemos largas colas en aeropuertos, carreteras o estaciones. Llegamos a un punto de destino y buscamos actividades lúdicas para no parar en todo el día. Damos por supuesto que tenemos que atender nuestro trabajo fuera y dentro de casa, más la vida social mínima, más los compromisos imponderables. Y que los niños deben tener actividades extraescolares, para que aprendan a “aprovechar el tiempo”.

Vivimos atrapados por las prisas, por el tiempo cronológico ocupado y frenético. Llamamos ocio a media hora frente al televisor, viendo vidas que no nos importan, mientras pensamos en lo que nos queda por hacer mañana o dentro de un rato. El entorno y las acciones del momento se diluyen ante nuestros ojos, mientras visualizamos ya lo próximo que haremos cuando acabemos la labor presente.

Larry Dossey, un médico estadounidense, lo llamó “enfermedad del tiempo” y, en 1982, diagnosticó el síntoma característico y extendido en la población de creer que el tiempo se nos va de las manos sin hacer más de lo que hacemos, que no aprovechamos suficientemente nuestra vida si no vamos más rápido, hacemos más cosas, y llegamos a más sitios.

Vivir deprisa es sobrevivir

En la sociedad del siglo XXI, la psicología colectiva considera que ir rápido equivale a eficiencia.

Esa afirmación no es siempre cierta, ya que todos sabemos que hay trabajos que requieren un cuidado y un tiempo que no suplen la rapidez y la cantidad. Muchas de esas tareas se han ido dejando de hacer, suplantadas por sucedáneos modernos, fáciles de elaborar y de menor calidad.

Nos hemos pasado a la cocina rápida, las reparaciones rápidas, las dietas rápidas, el software rápido. La industria informática ha acabado reconociendo que, la urgencia de tener que sacar al mercado sus productos sin apenas probarlos, para mejor competir, ha provocado una epidemia de errores, fallos y virus informáticos que cuesta a las empresas millones de dólares, cada año.

Los médicos advierten que dormir poco, menos de seis horas al día, provoca irritabilidad, indigestión, diabetes o depresión, así como acaba por dañar el sistema inmunitario y cardiovascular. El consumo de medicamentos y drogas estimulantes se dispara en el mundo civilizado.

Estos y otros datos aporta el libro de Carl Honoré, Elogio de la Lentitud, publicado en el 2005, y que aboga por un novedoso movimiento llamado Slow Down (ralentizar, ir más despacio).

Entre sus reflexiones y como en su obra, utilizada ya como texto académico en disciplinas como Psicología, Periodismo o Comunicación, Honoré dice: “Creo que vivir deprisa no es vivir, es sobrevivir. Nuestra cultura nos inculca el miedo a perder el tiempo, pero la paradoja es que la aceleración nos hace desperdiciar la vida.”

¿Qué es la Filosofía Slow?

No se trata, como aclara el autor, de una crítica a la rapidez, ni de ir contra la sociedad de consumo, el capitalismo o el progreso, sino de convertirlo en algo más humano, saber frenar a tiempo, equilibrarnos, no dejarnos consumir por las prisas, dedicar a cada cosa el tiempo que precise para ir mejor. Empezando por nuestras vidas.

Es lo que pretende mostrar la filosofía Slow, o filosofía de la lentitud. No se trata de no actuar con prontitud en lo que se pueda o se quiera, sino de repartir mejor el tiempo del que disponemos, aceptando que hay cosas que precisan otro ritmo, y que no dejar que nos pueda la impaciencia nos permite hacer mejor nuestro trabajo y relajar nuestro cuerpo y nuestra mente.

Esta filosofía es la que ha dado origen a diversos grupos que se forman en todo el mundo, para difundir sus principios de serenidad, lentitud y disfrute del paso del tiempo en cada área de la existencia. Hay grupos que se centran en aspectos concretos de esa filosofía, como la Slow Sex, la Slow Education, o la Slow Food, pero también se extiende este modo de pensar como modo de vida general, y poco a poco toman forma, con sus sedes, páginas web y principios, como en el caso de Slow Madrid.