Podría decirse que las crisis de pánico forman parte de las perturbaciones físico-emocionales más frecuentes de nuestro siglo. Mucho se ha publicado sobre la sensación de terror profundo y desamparo repentinos, sin aparente causa, acompañados de sudoración, taquicardia, agitación y diversos síntomas asociados. Y el consenso general es que el tratamiento de la ansiedad debe reforzar a los neurotransmisores inhibitorios cerebrales para restablecer el balance emocional.

Sin embargo, poco se ha hablado sobre aquellas crisis de extrema ansiedad, también consideradas de pánico, que se expresan camaleónicamente remedando a patologías corporales de definida entidad.

La mayoría de los médicos, guiados por su criterio clínico y en base a organigramas de referencia, solicitan estudios que -si bien son necesarios para descartar enfermedades clínicas- suelen desorientarlos del real diagnóstico, y aumentar así la ansiedad del paciente.

Histeria versus crisis de ansiedad con compromiso corporal

Es común en la jerga médica utilizada en los servicios de emergencias, que se denominen con la letra "H" a aquellos pacientes que ingresan con sintomatología variada y un claro compromiso emocional. La letra "H" funciona como código de histeria, el viejo y ya gastado concepto que Freud introdujera para denominar a las dolencias del cuerpo originadas en conflictos psicológicos.

Muchas investigaciones han logrado que la Psicología y la Psicosomática, entre otras ciencias, hayan abandonado tal término y concepto, para abarcar al ser humano como un todo, sin discriminar sus dolencias o minimizarlas por ser de naturaleza mixta. A pesar de ello, dentro de algunos ámbitos médicos y en la ideología popular, la histeria sigue siendo considerada -erróneamente- como una entidad que roza la falsedad, lo histriónico.

Para Freud, cuya valiosísima contribución a la humanidad fuera bucear en la mente humana y abrir el campo de su investigación hacia horizontes ilimitados, toda "somatización histérica" e incluso toda neurosis, nacía en un conflicto sexual no resuelto del pasado.

Contrariamente, para muchos científicos, terapeutas y médicos, que desde hace décadas investigan la ansiedad en sus diferentes manifestaciones, la teoría de Freud carece ya de peso, para dar paso a las diversas causas pasadas o presentes que pudiesen relacionarse al origen de la ansiedad, y a la elección inconsciente de cada individuo para expresarla en la afección de un órgano en particular.

En un esfuerzo mancomunado para utilizar un mismo idioma, el DSM IV clasifica las enfermedades mentales a modo de guía, pero cada ser humano es un mundo con una constelación de interacciones internas y externas. Las excepciones que se escapan a las clasificaciones generalizadoras se ven a diario en el consultorio médico o psicológico, y depende de la flexibilidad mental e intuición científica del profesional, el hecho de determinar si su paciente puede o no ser encuadrado en un diagnóstico preestablecido arbitrariamente.

Cómo diferenciar una crisis de ansiedad de una dolencia física

Ante todo: no deben minimizarse o subestimarse los síntomas y signos físicos ni psíquicos. El ser humano es una comunión de ambos aspectos. Debieran sumarse los hallazgos corporales y emocionales, para así llegar a un diagnóstico certero, realidad que, en general, no está establecida por una falta de formación integral de los profesionales de la salud. Infelizmente, no se ha roto aún el paradigma médico en su esencia separatista de la mente y el cuerpo.

Es muy importante aclarar que dada la característica dual del ser humano, toda crisis de ansiedad que supera su autocontención psíquica puede desencadenar en un cuadro físico severo, por ejemplo: desde un ataque cardíaco o un accidente cardiovascular secundario a un pico de hipertensión arterial.

La interrelación entre cuerpo, mente y espíritu es indisoluble y poderosamente íntima.

Sería aconsejable, de poseer el tiempo para realizarlo, encarar en primera instancia una anamnesis (interrogatorio dirigido) profunda que aporte datos al profesional y a su vez le proporcione calma y contención al paciente. De ser un cuadro que requiera intervención médica urgente, debieran comenzarse los estudios diagnósticos pertinentes (laboratorio, electrocardiograma, etc.) sin que el paciente sea transformado en un objeto de estudio al que no es necesario escuchar por el momento. Ese rol obligatorio de "paciente objeto" no hace otra cosa que empeorar su cuadro de ansiedad y dolor psíquico.

Idealmente, los estudios objetivos debieran aportar sus datos para encausar un diagnóstico y tratamiento mientras que la participación humana de los profesionales de la salud debiera ofrecer la contención psicológica necesaria hasta que el cuadro se definiese, situación que, salvo en contadas excepciones, no es la real.

Conclusión

Las crisis de pánico, consideradas como una de las expresiones más elevadas dentro de los trastornos de ansiedad, no siempre se presentan en su forma clásica, y no todos los profesionales de la salud, médicos o psicólogos, logran diagnosticarlas durante su aparición o posteriormente al desencadenamiento de las mismas. Surge la controversia de si tal falla en el diagnóstico de estas crisis atípicas se centra en la falta de coincidencias entre los paradigmas médicos y psicológicos, y en la no aceptación total de la multidimensionalidad de la naturaleza del ser humano.