Aparentemente, José Antonio Rodríguez Vega era el yerno ideal, educado, servicial, sociable y con cara de no haber roto un plato en su vida. Pero lo que nadie sabía era que Rodríguez Vega, durante su infancia, había desarrollado una relación viciosa con su madre a la que odiaba, temía pero también deseaba sexualmente. Más tarde experimentaría un sentimiento parecido hacia su suegra, pero esta vez sin contenido sexual.

El violador de la moto

En sus inicios, Rodríguez Vega fue conocido con este sobrenombre. Comenzó su carrera criminal con una larga lista de violaciones, hasta que el 17 de octubre de 1978, fue arrestado y condenado a 27 años de prisión. No obstante, su poder de convicción y su encanto, consiguieron que todas las denunciantes a excepción de una le perdonaran. El Código Penal Español vigente en 1978, consideraba el perdón de la víctima como una circunstancia eximente de responsabilidad criminal en determinados delitos, esto, sumado al buen comportamiento del que hizo gala en prisión, permitió que de los veintisiete años de cárcel a los que en un principio fue condenado, solo cumpliera ocho.

El Mataviejas

En menos de un año, José Antonio Rodríguez Vega, asesinó al menos a dieciséis ancianas. Como las víctimas vivían solas y el método utilizado para asesinarlas era la asfixia, la mayoría de las muertes fueron confundidas con óbitos naturales. Pero el fallecimiento de tantas ancianas, de edades comprendidas entre los 66 y los 93 años de edad, de forma tan similar y en tan corto espacio de tiempo, llamó la atención de la Fiscalía de Santander.

García Vega se hacía pasar por electricista, fontanero o simplemente por un vecino agradable, entablaba amistad con las víctimas y así se ganaba su confianza, de esta manera conseguía que le dejaran entrar en sus domicilios.

El 6 de agosto de 1987, Rodríguez Vega consiguió que voluntariamente, Margarita González de 82 años de edad, le permitiera entrar en su domicilio, tras violarla , la asfixió cubriendo con las manos sus orificios respiratorios, llegando incluso a conseguir que esta se tragara su dentadura postiza.

El 30 de septiembre de 1987, violó y asesinó también en su domicilio a Carmen González Fernández, de 80 años. A finales de ese mismo año, Rodríguez Vega también violó y asesinó a Natividad Robledo Espinosa de 66 años.

En enero de 1988, el cadáver de Carmen Martínez González fue encontrado con signos de asfixia en su domicilio. En abril de 1988, Rodríguez Vega contrató los servicios de Julia Paz Fernández de 66 años, que se dedicaba a la prostitución, también la violó y la asesinó asfixiándola, siendo encontrado su cuerpo desnudo. La identidad del resto de las víctimas no fue revelada.

El 19 de mayo de 1988 fue arrestado mientras daba un paseo y en Comisaría confesó sus crímenes.

Un psicópata de manual

En su domicilio, José Antonio Rodríguez Vega, tras asesinar a sus víctimas robaba uno de sus objetos personales como trofeo. Normalmente se trataba de pertenencias sentimentales de las ancianas, como rosarios, muñecas de porcelana o figuras de aparador. En su domicilio guardaba todos esos recuerdos en una habitación, especialmente destinada al efecto, cuyas paredes estaban pintadas de color rojo. La policía mostró una filmación del interior de esta habitación a los familiares de las mujeres ancianas muertas por asfixia en aquéllas fechas en Santander. Los parientes de muchas de esas mujeres identificaron objetos personales de ellas entre los trofeos de Rodríguez Vega, de esta manera fueron conscientes de la verdadera causa de su muerte.

José Antonio Rodríguez Vega fue juzgado y condenado a 432 años de prisión de los que solo cumpliría veinticuatro.

Era un psicópata de libro, frío y calculador, nunca asumió su culpa. Se tenía por una estrella mediática e incluso llegó a amenazar a un psiquiatra de los que le trató con matarle cuando saliera de la cárcel, porque le ofendió calificándole de esta manera.

Su muerte en prisión

Rodríguez Vega nunca tuvo una buena relación con los demás reclusos en la cárcel. A la dura vida en prisión, se sumaban su carácter cínico y su prepotencia. A menudo solía provocar psicológicamente la ira ajena. Entre otros comentarios morbosos, a Rodríguez Vega le gustaba repetir con frecuencia que cuando saliera de la cárcel iba a hacerse millonario publicando sus memorias. Por este motivo, fue trasladado en varias ocasiones de centro penitenciario. El 24 de octubre de 2002, cumplía condena en la cárcel de Topas, en Salamanca, cuando fue apuñalado por dos reclusos del centro, supuestamente por incumplir el código legal de los presos en varias ocasiones, siendo un violador y habiendo ejercido de chivato para los funcionarios de prisiones. Durante el juicio, sus asesinos declararon que fueron estos quienes les proporcionaron las armas blancas para acabar con la vida de Rodríguez Vega, que tras su asesinato, fue enterrado en una fosa común. En su funeral solo estuvieron presentes los dos enterradores.