Las últimas estadísticas de la Unión Europea (UE) sobre suicidios en la comunidad revelan un horripilante aumento en la cantidad de suicidios, que colocan a los fallecidos por muerte voluntaria muy por encima del número de víctimas de accidentes de tráfico o crímenes.

Por su parte, la OMS ha publicado recientemente los resultados de unos estudios que proyectan una desesperanzadora previsión de futuro: para el año 2020 la depresión, principal motivación subyacente tras la mayoría de los suicidios, podría ser la segunda causa de discapacidad en el mundo, solo superada por las enfermedades cardiovasculares.

La Asociación Europea de la Depresión calcula que uno de cada seis europeos padece actualmente o padecerá en algún momento durante su vida una depresión de cierta intensidad, y lo que es peor, un notable porcentaje de afectados nunca llegará a ser diagnosticado ni tratado médicamente.

El asesino invisible

Parece que los afectados de depresión no son capaces de identificar lo que les sucede, o tienden a subestimar su problema, quitándole paja al asunto. A esto se unen otros problemas añadidos, que no dependen de la autoindulgencia del enfermo, sino a veces de la experiencia de los psiquiatras, sobre todo cuando son jóvenes o noveles: por ejemplo, que sepan descubrir las patologías escondidas tras la depresión, enfermedad normalmente acompañada de otros factores como trastornos bipolares o drogadicción.

En general, la depresión parece afectar más a las mujeres que a los hombres, aunque habría que manejar estos datos con cautela, pues las féminas suelen padecer más depresiones leves en lugar de graves como los hombres, y además reconocen más fácilmente el problema, buscando ayuda antes, mientras que los hombres suelen encerrarse en sí mismos, o drogarse, como paliativo.

Esta enfermedad mental suele manifestarse entre los 16 y los 65 años, a menudo por una circunstancia traumática como la pérdida de un ser amado, o estresante como tener un hijo. Su cuadro sintomático, no siendo siempre igual en cada caso, puede presentar un vasto conjunto de trastornos como culpabilidad, baja autoestima, pérdida del sueño o carencia de apetito sexual.

En un documento de enero de 2005 se observaba que 58.000 personas se quitaban la vida en Europa cada año, mientras que los muertos por accidentes de tráfico apenas llegaban a 51.000, y las víctimas de crímenes solo eran 5.350. El entonces comisario europeo de Salud, Markos Kyprianou, declaraba en ese informe que "las enfermedades mentales son el asesino invisible de Europa". El informe corroboraba, asimismo, la relación entre casi todos los suicidios y alguna enfermedad mental, fundamentalmente depresión, añadiendo que el 56% de las personas deprimidas intenta suicidarse, y un 15% lo logra, a veces tras varias tentativas frustradas.

Aquel informe advertía que todos los países europeos se enfrentaban al mismo acuciante problema, aunque las estadísticas mostraran datos bastante variables entre unos y otros estados. Y se deducía que, si bien la depresión era el motor principal del suicidio, no se deben infravalorar otros tan sencillos como la desesperación, la soledad, el estrés. Factores todos ellos normalmente presentes sobre todo en las grandes ciudades, en donde el número de personas solas y estresadas crece exponencialmente.

Los costes

Estudios recientes (2007, 2010) señalan que una persona de cada cuatro en Europa experimentará al menos un episodio de enfermedad mental durante su vida, con los consiguientes costes económicos en cuanto a atención sanitaria. Actualmente, 30 millones de europeos padecen depresión grave, aunque se trata de meras estimaciones, puesto que la mayoría de ellos no acude al médico, imposibilitando su diagnosis y tratamiento. En todo caso, los porcentajes conocidos se revelan tanto más alarmantes en cuanto que la UE es la región teóricamente más desarrollada y avanzada en seguridad social del mundo, aunque según parece derivarse de estos datos, no necesariamente sea la que mejor asegure la felicidad y bienestar de sus habitantes.

La depresión es uno de los principales productores de bajas médicas (12%), lo que redunda en una terrible pérdida de productividad para la sociedad. De los 300.000 millones de euros de presupuesto anual que se destinan en Europa a enfermedades mentales, 120.000 millones se invierten en tratar la depresión y sus efectos.

Suicidio en cifras

Este comportamiento autodestructivo no tiene una explicación unívoca, sino que responde a un complejo conjunto de causas subyacentes vinculadas a una red de factores independientes, psiquiátricos (depresión, drogadicción, esquizofrenia,...), genéticos (antecedentes familiares), psicológicos (conflictos interpersonales, malos tratos,...) y sociales. De todas ellas, sin embargo la depresión y la ansiedad son las que más peso suelen tener.

Si bien este problema parece últimamente agravarse en los países europeos, se observan ciertas diferencias estadísticas entre unos y otros. Los países escandinavos son los que se llevan tristemente la palma. En Finlandia, el caso más brutal, se contabilizan tasas de 30 suicidios consumados por cada 100.000 habitantes, y de 400 intentos no consumados/100.000 habs. para ambos sexos. En Alemania el índice de muertes voluntarias supera las 11.000 personas y cerca de 120.000 intentan anualmente hacerlo sin éxito. En Francia, 160.000 personas intentan suicidarse cada año, y de ellas 12.000 lo logran, entre ellos muchos jóvenes.

España, Italia, Grecia e Irlanda son los países que menos muertes por suicidio contabilizan, con unos 3.800-5.000 cada año. En España, con una media de 3.500, sin embargo las muertes voluntarias se han convertido ya en la primera causa de muerte no natural, tras la reducción (20,7%) en accidentes de tráfico.

Mundialmente, las tasas más elevadas se concentran en Europa del Este y Norte, y en Japón (30.000/año) y las más bajas en América Latina y algunos países asiáticos. Según la OMS, un millón de personas se suicida en el mundo anualmente, causando más muertes que las guerras.

Pese a todos estos escalofriantes datos, algo positivo: la depresión se puede curar -y con ello disminuir las tasas de suicidio- mediante terapias psicoanalíticas y psiquiátricas controladas por expertos. Pero no se debe olvidar aquí el papel fundamental que juega la familia, los amigos y la sociedad en su conjunto. Mostrar atención y comprensión al enfermo, velar por su seguridad y bienestar, son deberes de la más básica humanidad.